Entre la soberbia de Iñárritu y la luz mágica de Calgary

Ocho meses entre Calgary y La Patagonia Argentina, un presupuesto que se disparó desde los 90 millones de dólares hasta los 130 y la historia de un trampero estadounidense a principios del S.XIX. Todo esto ha conseguido que “The Revenant”, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu y Leonardo DiCaprio haya despertado tan altas expectativas.

Iñárritu quería crear desde el principio una película diferente a las demás. Más real, más visceral y, ante todo, mucho menos digital de lo que nos tienen acostumbrados últimamente, donde el artificio del cine dejase lugar al mero rodaje de la naturaleza. Durante cinco años estuvo buscando localizaciones con el equipo. Nada era suficiente, todo estaba modificado por la mano del hombre, ni los ríos, ni las montañas, ni los bosques eran tan salvajes como Iñárritu deseaba, y ese deseo de ir siempre más allá le condujo a llevar las jornadas de rodaje a lo más profundo de Canadá, a Calgary, con un bisonte, una osa grizzly y todo el equipo de grabación a cuestas. Para más inri, la obsesión por lo real también se apoderó de la fotografía, y el deseo de rodar sin luz artificial limitaba espectacularmente las horas de filmación válidas cada día. Solo dos horas de luz mágica era lo que el indómito paraje le proporcionaba a Iñárritu

En efecto, esto alargó el rodaje considerablemente y en Canadá se hizo verano, por lo que se vieron obligados a trasladar todo lo que tenían allí hasta las montañas de la Patagonia Argentina. Una odisea que ha llevado al máximo exponente de dedicación a todos y cada uno de los implicados en la película. Desde el mozo de los cafés a los aclamados Leonardo DiCaprio y Tom Hardy, qué más que actuar, reflejan lo que vivían a cuarenta grados bajo cero con cuatro horas de maquillaje encima. Respecto a esto, el propio Alejandro afirmaba: “Creo que ese nivel de inmersión ayuda. Tienes que llegar a ese estado mental-emocional. Leo quería probar estas cosas. Y puedes ver la reacción: cómo su mirada se tiñe de terror. Hay cosas que no se pueden fingir, y esa es una de ellas”

En posteriores entrevistas a los actores, muchos han confesado que pensaron en múltiples ocasiones en abandonar el rodaje, pero que al final, la manida frase: “el dolor es temporal, pero la película para siempre”, les hacía dar el do de pecho y aguantar sumergidos en aguas congeladas.

Esta obsesión por lo real, llevó a Iñárritu a rechazar los efectos especiales en la medida de lo posible. Lo que, sumado a su dominio incontestable del plano secuencia, nos proporciona escenas absolutamente increíbles. Mención especial merece el ataque de la osa, uno de los momentos más espectaculares que he visto jamás en una pantalla.

El objetivo de todo esto, o mejor dicho, el que debería de haber sido el objetivo de tanta filigrana audiovisual es el de ayudar a la narración del relato. Lo que en muchos momentos resulta discutible.

La historia nos pone en la piel de Hugh Glass, un trampero que es herido por una osa grizzly mientras escapa con su expedición del ataque de los indios nativos Arikara. Sus compañeros le toman por muerto y le abandonan, pero dejan a cargo a dos voluntarios y al propio hijo de Glass -un mestizo fruto de una antigua relación de éste con una nativa- para darle la sepultura que merece. Uno de estos voluntarios es Fitzgerald (Tom Hardy), que temeroso, cede a su instinto de supervivencia y decide abandonarle a su suerte después de asesinar a su hijo, que, como es lógico, no iba a permitir dejar a su padre morir. Sorprendentemente, Glass sobrevive y utiliza el deseo de venganza para comenzar una travesía en solitario en busca de Fitzgerald a través del salvaje paraje norteamericano de principios del S. XIX.

La historia comienza y termina como un torbellino, arrollándonos con secuencias espectaculares, pero deja caer la intensidad en la parte central del relato, un denso camino de penurias del que ya conocemos el final y que en ocasiones nos da la sensación de estar ahí solo para el lucimiento del propio director. Sin duda, más larga de lo necesario y un tanto repetitiva. Nos limitamos a observar como DiCaprio avanza de obstáculo en obstáculo mientras Iñárritu no deja de mover la cámara de un lado para otro durante más de una hora. Lo que hace que lleguemos al final un tanto desfondados y carentes de interés.

Sin embargo se le concede el indulto a tantos planos “prescindibles” por su absoluta belleza. Gracias, sin duda, al maestro Emmanuel Lubezki, que realiza un trabajo simplemente de otro planeta, un preciosismo al que no estamos acostumbrados y que, presumiblemente, barrerá a otros grandes directores de fotografía en la lucha por el Oscar. Si la película fuese un montaje vacío sin ninguna historia, valdría la pena seguir viéndola solo por el trabajo de la luz de este auténtico genio.

Además, las interpretaciones de los dos personajes principales son sobresalientes. DiCaprio, sometido a un personaje con un mundo interior muy amplio, que vaga en la helada soledad de los bastos bosques norteamericanos y que ha enterrado a su hijo, y a la madre de éste, es un trampero con una vida difícil, pero cuyo deseo de venganza le ha hecho sobreponerse a todas las dificultades. Un personaje creado para hacernos reflexionar sobre la soledad y la inmensidad de la naturaleza, reflexiones que, en realidad, son mucho más superfluas de lo que él propio Iñárritu ha creído conseguir. Su escaso diálogo queda relegado a un segundo plano en pos de los graznidos y ruidos guturales que emite. Es una actuación absolutamente física, en la que acapara la mayor parte de tiempo en pantalla sin decir una sola palabra, hace ver lo que hay en su interior con su mirada y sus heridas, y con una serenidad y una profesionalidad ejemplares. Este año sí parece el definitivo, el Oscar lleva grabado su nombre. Aunque el propio DiCaprio afirmá no pensar en eso y solo querer relajarse y tomarse unas vacaciones después de esta titánica interpretación.

Por otra parte, Tom Hardy es el antagonista perfecto. Un personaje mucho más complejo, que solo quiere sobrevivir y cobrar por su trabajo. Sintió en sus propias carnes el sadismo de los indios y lo porta con orgullo en su cabellera, una maravilla. Aunque, las malas lenguas cuentan que tuvo sus más y sus menos con Iñárritu, sobretodo durante las últimas semanas, ya que la prolongación del rodaje le hizo perder su papel y su dinero en “Escuadrón Suicida”. Aún así, afirma que ha merecido la pena.

El resultado global de “The Revenant”, que además ha sido nominada a 12 estatuillas, es el de una película simple en contenido pero brillante en realización, y aunque Iñárritu peque en ocasiones de soberbio y las secuencias oníricas a lo Terrence Malick no terminen de encajar, es un espectáculo absolutamente recomendable, por su belleza, sus interpretaciones y por haber conseguido algunas de las secuencias más espectaculares que se han podido ver en una sala de cine.

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Alberto León Sáez
 De plano en plano. Twitter: @AlLeonSaez


Originally published at novembermagazine.com on February 9, 2016.