Un producto de la crisis de los cuarenta
Mi abuelo solía decirme que para abrir los ojos a la fascinación del mundo primero hay que…
Quizá porque las mías son más bien rollizas y cortas como las patas de un percherón, siempre me han fascinado las manos gráciles y de dedos finos…
Los hombres sensatos no sueñan con arañar el cielo.