Las otras elecciones

Abrió la puerta de la habitación del hostel y se derrumbó sobre la cama, abatido. Respiró profundo, aliviado. “Hola, soy Miguel. Ya me harté, ya no puedo más”.

La noche del 25 de octubre Argentina decidía su futuro en unas elecciones presidenciales en las que por primera vez en muchos años el oficialismo no tenía todas las de ganar. A las 12 de la noche, los primeros resultados electorales confirmaban una segunda vuelta en noviembre con las posibilidades multiplicadas de que el candidato Macri se hiciera con la presidencia.

Nico entra en la habitación gritando que Macri va primero. Nico es venezolano, pero lleva unos cuantos años en Buenos Aires. Trabaja en el hostel. Miguel, con el rostro cansado, se ríe con la emoción del de Mérida y cuenta, cuando se marcha Nico, que en su pueblo, una localidad muy al sur de Argentina, los peronistas compraban el voto de los vecinos regalando asado y 500 pesos a quienes les cedieran su apoyo. “Si no les votabas, ya se sabía”. No precisa si fue hace mucho o si sigue pasando. Lleva dos años lejos de allí y si hay algo que le importa poco son estas elecciones. No así la política. “Es lo que usted decía anteriormente, no hay peor cosa para la democracia que un gobierno que se perpetúa en los años”, susurra.

Cuando empieza a hablar se derrumba a cachitos. La historia de Miguel es la historia de una elección dura, de una serie de elecciones que le llevaron a dormir aquella noche en la misma habitación que yo, en un hostel de la calle Chile, en la agitada Buenos Aires. Me pregunta. Que de dónde soy, que hacia dónde voy, que si dejé una novia en mi país y que si a mis padres no les dio lástima dejarme ir al otro lado del Atlántico. Me doy cuenta de que las preguntas que me hace son las mismas que a él le gustaría responder.

De tez morena, enjuto, con la sonrisa limpia y la mirada honrada, Miguel le dio un vuelco a su propia vida hace dos años. Justo cuando estaba en medio de sus estudios de psicología. Se le hizo duro dejar a su novia, con la que llevaba cerca de un año, pero consiguió con su decisión decirle a sus padres que ya era hora de ir abandonando el nido.

Viajó a Buenos Aires, a una comunidad religiosa para atender psicológicamente a chicos con problemas de adicción. “Yo no soy ningún adicto”, se justifica rápidamente, con la espalda apoyada en la pared, al otro lado de la habitación. Sólo lleva una mochila de equipaje. “Mi novia me dejó a los cuatro meses de irme”. Se enteró por teléfono. En una de las pocas llamadas que le estaban permitidas como miembro de la comunidad, donde pasó dos años sin computadora ni celular.

En la comunidad vivió una experiencia que le marcó para siempre. Miguel se define como un niño de buena familia, que nunca ha podido entender a la gente de la calle porque siempre tuvo facilidades. “A mí me hablaban de la caridad en mi escuela [religiosa] y siempre quise entender lo que significaba, quise ponerme en la piel de quienes sufren”.

Y se puso. Cuando llegó a la comunidad se encontró con miles de historias que le desarmaron. Se golpeó con la crudeza de la realidad de un país que deja víctimas por todos sus poros. La desigualdad se ceba con los más débiles, la gente de las villas, barriadas extensísimas a las afueras de la ciudad donde malviven millones de personas.

“Había chicos que habían perdido a su padre por un tiro. Chicos que habían sido abusados, chicos que pagaban condena en esa comunidad. La droga les había matado sus vidas…” No llegó a entenderse bien con ellos. Es como si perteneciesen a dos mundos diferentes. “Ni yo les entendía, ni ellos me entendían”. Fue muy duro al principio y luego lo siguió siendo.

Miguel se acuerda de un cura español, de Cataluña “o por allá”. “Estaba loco, no sabes lo loco que estaba, espero que no sean iguales todos por allá”. El cura se drogaba y luego daba la misa. Tanto forzó la situación que su propia orden tuvo que internarle para curarle sus problemas de adicción, también al alcohol.

-¿Y que hacés acá en el hostel, esta noche? — Agarré y me fui. Cerré una etapa. Llamé a mi madre y le dije que no aguantaba más –explica a punto de llorar-.

Miguel se volvió al día siguiente a su ciudad con todos los lazos de amistad quebrados por el tiempo y la desconexión. “Muchos de mis amigos se habrán casado, perdí a mi novia y no sé que haré ahora cuando llegue. Terminar mis estudios y seguir. Fue bonita la experiencia, pero siento que había que ponerle fin”.

Y le puso fin. Mientras, Scioli igualaba a Macri en el conteo y los diarios empezaban a titular y a explicar el cambio histórico que podría producirse en la política del país si se cumplen las expectativas de cara al balotaje. Miguel, después de la elección más importante de su vida, se dormía inquieto en su cama.