CROUCHING NINJA, HIDDEN TROIKA

El Dojo permanecía en silencio.

Solo el rítmico y pausado “TAC — TAC” de la fuente de bambú al llenarse de agua marcaba el paso del tiempo.

El aire en calma hacía que el delicado filamento de humo del incienso pudiese flotar sin interrupción hasta el propio techo.

TAC -TAC

En medio de la sala, una cuerda gruesa colgaba desde lo alto.

TAC-TAC

El incienso continuaba su lento ascenso en medio de la silenciosa quietud.

TAC-TAC

Con un inaudible movimiento, el Ninja surgió de detrás de la cuerda y lanzó limpiamente un Shuriken a través del hilo de humo.

Cualquiera esperaría que por la fuerza del lanzamiento el Shuriken terminase hundiéndose en la pared.

Pero no fue así.

Con una velocidad mayor que la del ojo humano, el Ninja cruzó rápidamente el Dojo para detener el vuelo del Shuriken con dos dedos.

TAC-TAC.

Nada más se oyó

en el Dojo.

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El Ninja entrenó duramente durante todo el día, mientras un casete con música de tambores Taiko sonaba al fondo del gimnasio.

Con su mano desnuda golpeó repetidamente contra la superficie de un coco hasta agrietarlo.

Durante una hora corrió por las paredes del Dojo sin llegar a tocar el suelo ni una vez.

Hizo silbar las hojas de dos cuchillos Sai en una Kata tan grácil como mortal.

Meditó con su cuerpo en posición perpendicular a la línea del horizonte en posición de loto, a un metro del suelo, con las piernas enredadas en la cuerda gruesa.

Partió poco más de dos kilos de nueces dando únicamente patadas giratorias.

Y rezó a los espíritus de sus antepasados pidiendo que la calma zen llenase su alma.

El Ninja pasó entrenando más de doce horas, pero ningún cliente entró en el Gimnasio. Si el Ninja hubiese vivido otros tiempos, habría visto una cola interminable de jóvenes aprendices que se morirían por aprender los secretos del Clan del Dragón.

Pero vivía en tiempos actuales. Y ahora tenía que mantener un Dojo en Carabanchel.

Tras llegar a las mil flexiones en vertical, apoyado únicamente en sus dedos índices, decidió que ya era hora de dejar de huir y enfrentarse a uno de sus miedos más ancestrales: hacer frente al pago del autónomo.

El Ninja se encerró durante dos horas en la oficina del gimnasio, cuadrando números y revisando facturas. Frente a él se apilaban las cartas del banco avisándole del posible desahucio.

Hacía unos años, prácticamente le habían rogado que se llevase el dinero de la sucursal para montar su propio negocio. Además, le habían ofrecido un dinero extra para que se comprase un coche y se permitiese el lujo de dar un viaje espiritual en un crucero por el Mediterráneo.

Pero ahora toda esa amabilidad comercial se había convertido en hostigamiento bélico por parte del departamento de morosos de la Financiera. Cada semana recibía la misma llamada exigiéndole el pago de la cuota con unos intereses estratosféricos. Y cada semana el Ninja debía pedir paciencia hasta que la cosa mejorase.

Pero siempre iba a peor.

La deuda con el banco era ya una cantidad demasiado grande y corría el riesgo de perder su Dojo. Su templo de tranquilidad. El lugar donde residían los últimos secretos del Clan del Dragón.

Hundido por la angustia, el Ninja vació sus bolsillos y apartó los últimos billetes y monedas que le quedaban. Los guardó en un sobre destinado a pagar el IVA y contó las últimas monedas de cobre que quedaban sobre la mesa.

Con un golpe seco, bajó la persiana metálica y la cerró con un candado.

Ya era de noche y apenas podía verse nada en el callejón húmedo, pero sí llegaba perfectamente la cacofonía de la ciudad producida por el tráfico a escasos metros de él. Hacía meses que no podía pagar la electricidad del local y pensó que quizás por eso nadie entrenaba en un Dojo escondido.

Si tuviese dinero, podría colocar un rótulo luminoso gigantesco que atrajese a todos los aprendices que fuesen en coche. O quizás podría alquilar un gimnasio en plena Gran Vía, con unas cristaleras gigantescas para que todo el que pasease por Callao pudiese ver cómo sus alumnos practicaban los secretos del Ninjutsu.

Tras un viaje a pie con la mente dispersa en sus pensamientos, el Ninja se dejó arrastrar hasta el Mercadona más cercano. Se plantó frente a los arroces y contó las monedas de cobre que le quedaban en la mano. El Ninja hizo cola durante casi veinte minutos para permitirse el lujo de comprar un paquete de arroz y una única zanahoria. Tras dar las buenas noches a la cajera, sacó de su bolsillo una pequeña bolsa de plástico reutilizada durante más de un año y guardó en ellas los paquetes.

Recordó la vieja historia de un Jogi que se alimentaba del rocío de la mañana y de excrementos de pájaros. Según contaba la leyenda, había vivido así durante casi 200 años. El Ninja pensó que él no necesitaba vivir 200 años así, pero quizás podría pagar el siguiente autónomo si se alimentaba de rocío y excrementos. Y él sabía de un parque cercano donde había palomas.

-¿Qué pasa, Ninja? ¿Te has perdido?- Le interrumpió una voz burlona.

De camino a casa, se había aventurado por una zona del barrio conocida por sus asaltos nocturnos. Pensó que a esa hora no se encontraría con nadie, pero el grupo de punkis adolescentes que le hablaban apoyados en un grafiti le demostraron su error.

-Eso es, Ninja. ¿Qué estás haciendo por aquí?- Dijo otro de los punkis.

Antes de que pudiese hacer nada, los jóvenes descarriados le rodearon entre risas. Uno de ellos intentó ver la cara que se escondía bajo su máscara, pero él solo pudo apartar el rostro con un gesto y agachar la mirada.

-Dicen que un Maestro Ninja no puede usar su Kung-Fu- Le desafió uno de los jóvenes con media cabeza rapada y una argolla en la nariz. — ¿Es verdad eso?

Y con un ridículo pero humillante golpe, abofeteó el rostro del Ninja.

-¿Habéis visto?- Rió otro- ¡El Maestro Ninja no puede usar su Kung-Fu!

El que parecía ser el jefe, empujó al Ninja en el pecho y lo obligó a retroceder varios pasos ante la risueña mirada de su banda.

-¿Qué vas a hacer, Ninja? ¿Me vas a pegar? ¿Vas a violar el código de tu Clan?

Y con un fuerte manotazo, el Punkarra desgarró la bolsa del Mercadona, haciendo que su contenido cayese violentamente, desparramando el arroz por el suelo.

Por unos momentos, la chispa de la Furia del Dragón brilló bajo la máscara, alimentada por la sangre que bombeaba frenéticamente desde sus puños cerrados.

Pero el Ninja hizo lo que tenía que hacer y se arrodilló frente al Punki para recoger el arroz en silencio.

-¡Lo que imaginaba! ¡Eres la vergüenza de tu Clan!

Y los Punkis se alejaron entre risas y gritos por su victoria.

El Ninja se llenó como pudo los bolsillos con puñados de arroz recogidos con sus manos desnudas, mientras los jóvenes lanzaban botellas de cerveza contra un escaparate.

Ya en su casa, el Ninja separó las piedras y cristales de los puñados de arroz que había podido recoger y encendió el fuego para hervir agua. Mientras observaba cómo se formaban las burbujas en el fondo del cazo por el calor reflexionó sobre la necesidad de publicitar su gimnasio si quería que el negocio funcionase.

Pensó en que quizás una cuña de radio atractiva sirviese para llegar a los oídos de los aprendices. Pero necesitaría dinero para pagarla.

También se planteó que sería una buena idea retar a un duelo de artes marciales al maestro de una escuela rival. Y sonrió pensando en lo bien que eso había funcionado en el pasado. Un ring en medio de la plaza del barrio, con cientos de personas animando y apostando por los dos combatientes. Sí, un duelo al estilo clásico podría funcionar.

El agua del caldero rompió a hervir y el Ninja derramó un pequeño puñado de arroz con sal y un chorro del jugo de un limón reseco en su interior.

Lamentablemente, él era el único maestro de Ninjutsu que había en Carabanchel. Pero sabía que en el gimnasio más cercano había un monitor de Spinning. Quizás con la motivación adecuada él pudiese defender el honor de su gimnasio.

Pero a medida que removía el arroz con una cuchara de madera, la idea fue disolviéndose en su cabeza.

Quizás lo mejor sería empezar por colgar unos carteles por el barrio con su exquisita caligrafía. Podría utilizar su pincel para crear unos trazos elegantes sobre papel de arroz. Y en el centro, bien visible, el emblema del Clan del Dragón.

Un soporte sobrio siempre es el mejor transmisor para un mensaje poderoso.

Los carteles se deslizaron desde sus manos hasta el suelo como pétalos de flor de cerezo arrastrados por el viento. Se había levantado al despuntar el alba para pegarlos en las calles cercanas al Dojo, pero ahora ya no importaba.

Desde el otro extremo de la calle podía ver perfectamente a los operarios entrando y saliendo de su gimnasio. En sus manos cargaban los elementos que servían para equilibrar el Feng Shui del espacio interior sin ningún cuidado.

Mal amontonados en un lado de la calle pudo ver gran parte de sus armas Ninja aplastadas bajo los aparatos de entrenamiento. Tampoco tuvieron piedad al tratar los viejos legajos que guardaban miles de años de conocimiento Zen. Y por los golpes de maza que surgían desde el interior del Dojo, parecía que tampoco estaban respetando ni las paredes de papel de arroz ni el tatami.

-Aquí tiene. Necesito que me firme aquí, aquí y aquí. — El Delegado de Impagos no había perdido el tiempo. En cuanto vio al Ninja aproximarse dubitativo, sacó un fajo de contratos y le obligó a firmar. — Ya le habíamos advertido de que esto ocurriría. Es lo que pasa cuando uno no es responsable de sus deberes y aun así vive por encima de sus posibilidades.

Un operario lanzó con desprecio un viejo jarrón contra la pila de objetos. Un jarrón lleno de grietas y remaches. La única herencia que le quedaba de su familia.

-Bien, bien. ¿Qué tenemos aquí?- Se jactó el Director del Banco. Evitaba asistir a los desahucios porque no soportaba los llantos y las súplicas de los morosos. Pero esta vez había hecho una excepción. Nunca había desalojado un Dojo y le hacía ilusión estar presente. Más cuando gracias a la devaluación del mercado inmobiliario de la zona podría revender toda la manzana a un fondo de Capital Riesgo del cual él mismo era uno de los socios minoritarios.

-Todo en orden, señor.- Contestó el Delegado de Impagos - Ya tenemos la firma y en cuestión de una hora ya habremos despejado el local.

El Ninja se arrodilló para recoger los pétalos de la planta que utilizaba para practicar Ikebana. Había seguido el rastro de tierra hasta el contenedor de basura donde los operarios habían lanzado gran parte de sus pertenencias. Y allí vio el fruto de años de práctica en el arreglo floral bajo bolsas llenas de chorreantes desperdicios sobre un charco de aceite de motor.

-Espera un momento- Ordenó el Director del Banco a unos de los operarios que cargaba con un jarrón funerario. El Director acercó su apestoso puro apagado hasta el incienso y con un par de fuertes caladas lo encendió.

El Ninja fijó duramente su mirada en el rostro inflado del Director y caminó hacia él con paso firme.

-¿Algún problema, Ninja?- Escupió despectivamente el Director junto a una bocanada de hediondo humo al ver su actitud.

- Eso es, Ninja. ¿Algún problema?- Repitió el Delegado de Impagos. Llevaba mucho tiempo esperando la oportunidad y hoy por fin podría ganar el último mérito para lograr un ascenso- Ya no puedes hacer nada aquí. El local es legalmente nuestro. ¡Lárgate antes de que llame a la policía!

Los ojos del Ninja ardieron de rabia. El Delegado observó cómo los puños del Ninja se contraían fuertemente hasta volverse completamente blancos.

-¿Qué pasa, Ninja? ¿Vas a romper tu código?- Desafió el Director del Banco.

- Un maestro Ninja no puede usar su Kung-Fu. — Remarcó el Delegado.

Y ambos estallaron en carcajadas.

El Ninja observó cómo el Director del Banco se sujetaba la enorme panza para poder reír. A su lado, el Delegado de Impagos se carcajeaba exageradamente para ganar la aprobación de su jefe.

Las risas de ambos martillearon su alma al ritmo de las mazas que demolían su sueño de enseñar los secretos del Ninjutsu.

Hasta que los dedos del Ninja cortaron el aire y se hundieron en la cuenca derecha del Delegado de Impagos. Con un movimiento seco arrancó el ojo del nervio óptico y un géiser de sangre explotó desde el hueco vacío.

El Delegado de Impagos tardó apenas unos segundos en sentir dolor. Solo cuando vio su propio ojo entre los dedos del Ninja, fue consciente de lo que había pasado y comenzó a gritar intentando cortar la hemorragia.

El Director del Banco fue testigo estupefacto de cómo su hombre se retorcía en el suelo de dolor, manchando de brillante sangre arterial su caro Armani.

-Me habéis arrebatado el Dojo- Sentenció el Ninja. — Yo ya no soy Maestro.

El Cuerpo del Director del Banco atravesó el gimnasio volando como un muñeco de trapo. Los operarios apenas pudieron ver cómo caía pesadamente en el suelo y daba varias vueltas sobre sí mismo. Cuando pudo incorporarse, tuvo que escupir un par de dientes para no asfixiarse.

-¡Detenedlo! — Exigió señalando hacia la puerta con sus dedos fracturados.

Bajo el marco de lo que ahora apuntalaba los restos de una puerta agujereada se recortó la figura del Ninja en actitud de combate.

-¡Le haré un contrato a aquel que lo derrote!

Y ante la promesa del despiadado banquero, varios operarios corrieron a por el Ninja.

Pocas batallas han dejado su brillo de leyenda en la historia. Si el Ninja hubiese pertenecido a uno de los grandes clanes que se enfrentaron durante la Sengoku Jidai, hoy día se habría estudiado en las escuelas militares de Oriente.

Pero lo que se vivió en ese Dojo ese día, será escrito con vergüenza en las páginas de la historia financiera de la banca española.

Cuando dos operarios intentaron agarrar fuertemente al Ninja, descubrieron que solo estaban sujetando el aire. Este, con un increíble salto, cruzó desde el umbral de la puerta hasta el centro del Dojo donde cayó suave y elegantemente. Flexionó las rodillas y extendió los brazos en postura de Kamae combativo.

-Venid a por mí. — Desafió el Ninja.

Un operario que portaba una maza corrió a por él, gritando. No vio venir el golpe seco que le partió la nuez.

Otro operario intentó agarrarlo por la espalda. No supo qué le había proyectado contra el espejo. Solo sintió las mil astillas reflectantes que se hundieron en su rostro.

Un tercer operario intentó golpearle con el puño. El contrataque le hizo perder la consciencia antes de que su cuerpo aterrizase sobre sus espaldas.

El Director del Banco observó aterrorizado cómo el Ninja se movía como un fantasma a plena luz del día por todo el Dojo. Los operarios, hombres rudos y acostumbrados al trabajo físico, no pudieron hacer nada contra los poderes ninja.

Corría por el techo para caer sobre las clavículas de un enemigo. Lanzaba patadas aéreas para destrozar esternones. Asfixiaba con golpes certeros en las gargantas. Luxaba articulaciones. Partía huesos. Inmovilizaba extremidades con solo dos dedos…

El Ninja había estudiado durante años mil técnicas para enfrentarse a ataques enemigos.

Pero hoy solo utilizó las más dolorosas.

El Director del Banco, intentó escabullirse fuera del Dojo al descubrir el amargo sabor de la derrota. Pero una mano poderosa le agarró por el tobillo y con un brusco movimiento de muñeca lo partió en dos.

Antes de que el propio dolor llegase a su cerebro, el Ninja le proyectó varios metros por el aire, hasta caer en medio de un tatami cubierto de hombres agonizantes.

El Director se arrastró hasta una de las paredes para huir del Ninja que se acercaba a él lentamente.

Un charco de orín oscureció su pantalón cuando el Ninja se alzó, imponente, sobre él.

Aunque el pánico devoraba el corazón del despojo que antes era un consagrado miembro del comité de la sucursal, no pudo apartar la vista de la furiosa mirada que ahora ardía bajo la máscara ninja.

Por eso no pudo reprimir un chillido cuando el enmascarado rebuscó dentro de los bolsillos de su Armani ensangrentado en busca de su móvil.

A miles de kilómetros de allí, en la sede de la Troika en Bruselas, el teléfono de una sala de reuniones comenzó a sonar.

Un inexpresivo Directivo del Banco Central Europeo descolgó el auricular.

-¿Ese gimnasio ya es nuestro? — Preguntó en un perfecto alemán.

- Durante años habéis asfixiado a los pueblos con vuestras políticas neoliberales — contestó el Ninja. — Os habéis apropiado de países enteros gracias a la deuda y a un sistema consumista que os ha hecho los amos injustos de las vidas de los más débiles.

-Me gustaría saber quién se atreve a hablarme así. — Inquirió uno de los hombres más poderosos de Europa.

-El último Hijo del Dragón. — Respondió impasible el Ninja. — Llama a tus mejores hombres. Enciende todas las atalayas. Dobla los turnos de las guardias y afila tus armas. Porque voy a ir a desahuciaros.

Un rotundo “click” puso el punto final a la conversación con el Ninja. Los demás miembros de la Troika, al ver el rostro pálido del Directivo preguntaron qué había ocurrido.

Y el hombre más poderoso de Europa solo pudo decir lo único que cualquier tecnócrata habría dicho en su lugar:

-Llamad a los Ronin.

El Ninja salió lentamente de lo que antiguamente había sido su Dojo. Fuera, los vecinos se agolpaban, curiosos, atraídos por los gritos de dolor.

-¿Qué vas a hacer ahora, Ninja? — Preguntó un jubilado que vivía en esa misma calle. — No vas a poder tú solo con la Troika.

El Ninja sacó sus Shurikens y su Katana de debajo de la montaña de escombros y los ató a su cinturón.

-Mi orden fue creada hace mil años para proteger a los débiles en tiempos de dificultad. La Escuela de Chicago ha aumentado la desigualdad social con sus políticas neoliberales y la privatización de los servicios sociales. Ellos mismos han despertado al Dragón. Y ahora solo la sangre puede calmar su sed.

Ante la atónita mirada de los testigos, el Ninja corrió hacia la puesta de sol.

Y por unos maravillosos momentos, los vecinos de clase obrera que vivían en Carabanchel se permitieron el lujo de tener esperanza.

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