Banderas./ Foto: CC Calbenido Flickr

Contrarrevolución en Europa

La algarabía que estos días se ha apoderado de las calles de Cataluña se nutre de un componente psicológico poderoso: la sensación de estar alterando, en primera persona, una de las construcciones subjetivas más reseñables que el homo sapiens ha creado. El Estado –y su maraña gris de artilugios ideados para permitir el relajado discurrir de nuestra existencia– es la Hidra tenebrosa contra la que cualquiera puede verter su bilis.

Hoy, al intento de destrucción del Estado de derecho europeo también quieren denominarlo Revolución. Es de esas palabras que brillan al ser ondeadas al viento, elevando a los altares del supuesto compromiso político a quien las hace suyas para recubrir su mundana causa.

La de los nacionalistas catalanes, en todo caso, será contrarrevolución. Ya no por el mero hecho de que el nacionalismo reúna bajo su bandera los componentes de todo movimiento reaccionario –que también–, sino por la coincidencia de estar sucediendo en un territorio que avanza hacia la integración europea.

Un clásico: eslóganes grandilocuentes./ Foto: CC fotomovimiento Flickr

El terrible reduccionismo del presidente catalán, muy en consonancia con los brexiteers del Reino Unido o con la primera ministra de Polonia, palidece ante la construcción del proyecto político más ambicioso de la historia. Frente al intento de instalar fronteras mentales entre catalanes y españoles, la Unión Europea apuesta por la consolidación de algo mucho más útil –aunque menos colorido– que la trinchera de la nacionalidad: la figura del ciudadano provisto de, y protegido por, el Estado de derecho europeo.

A la UE se le suele exigir más relato. Las instituciones comunitarias son demasiado frías y desapasionadas, se dice. Pero, ¿acaso sería pertinente introducirlas en el fragor de la zigzagueante actualidad? Contemplar el naufragio del gobierno y del parlamento de Cataluña, a merced de lo que la turba erigida en Pueblo designe, produce escalofríos.

El nacionalismo catalán dejará para la posteridad, tras su contrarrevolución sin futuro, un regalo valioso: el avance cinematográfico de lo que sería una Europa carente de respeto hacia la ley y de instituciones independientes. Contra el fuego incontrolable del nacionalismo, nada mejor que una Unión Europea sólida.

Y fría.