El líder y el caos, todo uno./ Foto: Tour de France / Twitter

Maillot amarillo

Tour de Francia 2017 | Etapa 12: Pau - Peyragudes

El maillot amarillo del Tour de Francia, una enseña conocida a lo largo y ancho del globo, genera agitación. Produce murmullo a su paso, en las cunetas de los pirineos y en el sofá de cada salón: “ahí va el líder”.

El amarillo, envuelto en la solemnidad de una abeja reina, avanza rodeado por un enjambre de compañeros que lo custodian. Mantener el orden lógico de las cosas es una obligación para el equipo del líder. Su cometido es el de tiranizar la carrera, adormecer a los valientes y helar el alma a los aficionados. Un trabajo desdichado.

Esta labor gris y viscosa, no obstante, genera la lumbre sobre la que el ciclismo construye su capacidad de atracción. Cuando el maillot amarillo sufre, cuando el equipo del líder se deshilacha, el mundo explota.

El titular, sin más ayuda, invita al caos: “Sufre el maillot amarillo”. O, en momentos más alarmantes: “El líder va cortado”. Si esta frase sonase por la megafonía en las calles de París durante la celebración del 14 de julio, hasta el desfile militar se desorganizaría.

Hablamos de una sentencia que genera pavor y que desata espasmos nerviosos en el aficionado al ciclismo. Una vez rotas las ataduras, queda la supervivencia o el pillaje. Atacan todos, sobrevuela de un lado a otro el helicóptero de la televisión francesa y gritan los pasos de montaña. Hay carrera.

Y en el centro del tornado, a la suerte del oleaje, la túnica amarilla se ensancha mientras el ciclista desaparece palmo a palmo bajo la tela. Hay líderes del Tour perdidos en laderas escarpadas de los Pirineos o los Alpes; aquellos que, de tanto encogerse, fueron incapaces de llegar a la línea de meta.

El resto, los sobrevivientes, saben que el maillot jaune es mucho más que un reconocimiento deportivo. Se trata de la confirmación de que el ciclista, de amarillo, es capaz de mover montañas.