Malvados, mediocres.

La maldad es pareja de la incompetencia. Su gran amor. Un amor correspondido. Ambas se profesan un amor eterno.

Pon a un mediocre a prueba y sólo encontrará solvencia a sus métodos, a su modo de hacer, camuflando su inutilidad bajo la mentira, la ocultación y sí, la maldad.

El inútil prefiere siempre ser considerado malvado a inútil y esto es sencillo de entender, porque la maldad infunde cierto respeto, incluso cierto grado de temor. Es por ello que el mediocre se afana más en entrenarse para la maldad que para corregir su ignorancia aprendiendo. El mezquino puede no ser un tonto, pues sabe que, mediante la maldad, desvía la atención de su mediocridad a su “virtud”: a quien se teme no se le piden responsabilidades.

Mientras que el inútil se esfuerza en ser lo contrario para ser tenido en consideración por los otros, el mediocre no, y, por eso, pone todos sus recursos en tratar no en dejar de serlo, sino en disimular que lo es, porque él mismo sabe que un mediocre lo es de por vida: la mediocridad no es una condición de la inteligencia, sino del alma.

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