¿Somos Irrecuperables?

Por esta calle Ricaurte — Luis Alejandro García

“¿Será ese el destino? ¿No hay nadie que se pueda parar sobre tanta inmundicia?” Preguntó en algún punto Álvaro, revelando así la pregunta central sobre la que se basa la historia completa, que se sostiene con la descripción de la realidad, convirtiendo las imágenes y diálogos en dudas que buscan respuestas en los ecos de nuestra conciencia colectiva. Por Estas Calles, siendo un retrato social, nos muestra las carencias de una Venezuela que aunque enmarcada en un época, sentimos con problemas atemporales; y expone éstas como un clamor de cambio, que se convierte a su vez en una suerte de advertencia (Que hoy en día podríamos sin dudas decir que se cumplió) de la amplificación y el ahondamiento en nuestros problemas.

Las telenovelas venezolanas aludían de forma sutil a la pobreza, siempre de fondo, y solapada por historias de amores imposibles y redenciones sin esfuerzos. Sin embargo, Por Estas Calles fue frontal y la caracterizó no sutilmente, sino en cambio, rozando la crudeza. No hubo redenciones, su protagonista era aunque recto, turbio de formas cuando se revela a plenitud. La profundidad de sus personajes no está a simple vista, y no es individual, sino que reside en las situaciones e interacciones, y en sus significaciones sociales. Cada personaje representa a una faceta del venezolano, con sus contradicciones, vicios y virtudes, formando así el retrato de nuestra lucha incesante entre decadencia y la decencia.

No sólo trata la pobreza, sino también el dinero, que está ligado al poder; y éstos a su vez sostenidos por la corrupción, que se muestra al mismo tiempo como el orígen de la pobreza. En un círculo donde todos los personajes están de una u otra forma envueltos, ya sea por el beneficio que les da pertenecer a él o lo perjudicial que resulta querer alterarlo o romperlo. Lo correcto parece inconcebible y la corrupción es el pan de cada día, el dinero mueve montañas, influencias, éticas; y la justicia palidece ante él. Todos saben que pertenecen al círculo, y que es su distopía ineludible.

Hubo durante la historia personajes que se quisieron parar sobre tanta inmundicia, los detractores del irrompible círculo, disruptores de la paz del silencio y la vista gorda. ¿Por qué alguien querría creer en algo llamado “justicia”? Sólo es una palabra vana, despojada de todo significado que no sea para fines propios. Ésta era ya decadente, corrupta y estaba maniatada en muchas formas. Con extremos, como el hombre de la etiqueta, la justicia por cuenta propia sin “amparo constitucional” que lucha en contra de la impunidad en un ambiente donde se siente sin ley, sin apoyo; juega en campo enemigo, con sus reglas, como la última oportunidad que tiene de hacer justicia. Nos plantea con cada asesinato la pregunta inexorable “¿Somos irrecuperables?” y nos muestra en sus víctimas (a su vez victimarios) mucho de nosotros, comportamientos merecedores de la etiqueta en el dedo gordo. Eurídice, otra disruptora, no sólo es una maestra, representa la educación, con todos los valores que ésta implica, incluso mostrando sus más profundas carencias. Representa el apego a las leyes, y el sostenerse con una mano de la cornisa de la legalidad, con los “malandros del barrio” colgando de los pies.

Y es así como el retrato se convierte en clamor, ya no sólo por un redentor, sino por un vengador, que eche abajo todo, lo bueno y lo malo. Se vislumbran a lo largo de la historia guiños “revolucionarios” o izquierdistas, quizá como una premonición desconocida incluso para los guionistas. Por Estas Calles nos muestra en el pasado, el porqué de nuestro presente. Aunque no sea tan sencillo separarlos. “El pasado no está muerto. Ni siquiera es pasado.” escribió William Faulkner (1950), sin saber que definiría tan acertadamente la situación que tratamos.

“La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que -felizmente- la gente las echa en el olvido. (…) Casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor” si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado.” (Ernesto Sábato, 1948)

El presente (o una parte de los que hacen vida en él) nos venden un pasado añorado y digno de repetir, incluso no siendo éste más real que el niño Chepe Orellana corriendo descalzo por los maizales. Los problemas, aunque graves en su época, recrudecieron con el paso de los años y las decisiones, sin embargo, eran los mismos conflictos de fondo que nos atormentan hoy. “¿Será ese el destino?” preguntaba Álvaro, esperando de nosotros una respuesta que hoy parece ser afirmativa.

Por Estas Calles, 1992.

Requiem for a nun, William Faulkner, 1950.

El Túnel, Ernesto Sábato, 1948.

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