Soliloquio (II)

Me tomó un tiempo, ¿saben? — Sascha caminaba con la espalda erguida y a paso lento. — Darme cuenta de que nunca he tenido control sobre ustedes. — Los otros cinco habitantes de su cabeza escuchaban atentos. Los ojos rojos de la Espina brillaban emocionados, vestía una chaqueta de mezclilla negra sobre una playera color vino, mientras que el Ángel permanecía cruzado de brazos, con una playera de mangas largas negra, pantalón de vestir y con la mirada inexpresiva. — Siempre hemos sabido que somos capaces de cualquier logro y sin embargo nunca logramos nada. — El Can, vestido con una sudadera verde chillante y pegada al cuerpo, y pantalones de mezclilla rasgados dejó de jugar un instante con su mascota y se giró hacia su Creador para contradecir, pero este siguió hablando. — Mejor dicho: Nunca logramos algo que nos haga sentir completamente satisfechos. Si nos vengamos, Kira me odia; y si sonreímos por la mañana… — Kira lo miraba desde el alféizar de la ventana. Aunque seguía siendo un espíritu noble, había perdido la inocencia hacía varios años. Ahora sus ojos siempre se mostraban tristes y decepcionados. Jugaba inconscientemente con los botones de su camisa rosa a cuadros.— Arcantho y Einsam me reprochan. — El Solitario, quien no había quitado la vista de sus libros, se acomodó el sombrero gris, apretó los dientes y susurró una palabra que nadie escuchó pero que dada la naturaleza de aquella habitación todos supieron que había pronunciado. “Cobarde”. Sascha se sobó la mano derecha y se quitó los anteojos antes de girar una silla, sentarse con los brazos recargados, reposar sobre ellos la barba mal recortada y mirar a sus alter-egos. — No hay un camino correcto para nuestras vidas, pues nunca estaremos de acuerdo en todo. Y aunque eso no está del todo mal, deberíamos esforzarnos en encontrar ese “algo” que realmente nos interese. ¿No creen? Trabajar juntos.

Te equivocas. — Contestó Kanus. — Lo que realmente debemos hacer es…

Vivir. — Completó Kira desde la ventana. Kanus asintió en gesto de acuerdo.

Pero no se trata de vivir por vivir. ¿A dónde nos ha llevado esto? — Sascha miraba a sus cinco compañeros.

A demostrar que somos capaces de hazañas que pocas personas conciben.

A ayudar e inspirar a la gente a nuestro alrededor. — Sascha sonrió. Arcantho y Skel muchas veces discutían, y verlos coincidir en un punto le resultaba divertido. Incluso si sus enfoques eran desde ángulos distintos.

¿Y de qué les ha servido esa gloria, estúpidos temerarios? — Einsam acababa de terminar su lectura de “La fiesta brava”. — Son victorias que a nadie le importan. Maldita sea, ni siquiera a ustedes. Ese estúpido bélico de ojos rojos tiene sus trofeos empolvados en la sala de a lado y ese pulgoso no deja de releer su lista de seducidas una y otra vez. Kira se la pasa mirando el cielo, esperando una oportunidad para ayudar a alguien cuando es incapaz de ayudarse a sí mismo, y Skel sigue buscando castigar antes que proteger a los suyos. Son un montón de farsantes ustedes. Incluidos yo y, por supuesto, tú. — Se acomodó los anteojos mientras miraba severamente a Sascha. — Eres el peor de todos. Con tus cuentos de estar confundido y no saber qué hacer. De sentirte solo y pretender que eres la mierda más grande del caño. No eres más que un títere de ti mismo. No eres una herramienta del destino, no eres un guerrero, no eres un seductor, ni un protector — Dejó caer su libro al piso cuando se puso de pie. —, ni un suicida. Eres menos que eso. Eres menos que nosotros. Menos que ese chico del paliacate que luego se pasea por aquí. Menos que aquellos aclamados Ender que invitas o que esas dos chicas que pasan de vez en cuando a saludar a Kira y a Arcantho. Nosotros nacimos intangibles y falsos, pero tú. Maldita sea, ¡tú! Tú tenías un cuerpo y una vida. Una familia y amistades. ¡Tenías todo! — Recogió el libro del piso. — Y lo cambiaste por nosotros. Cómo quisiera que no hubieras nacido.

¡Einsam! — Kira había bajado de la ventana y se había acercado hasta tomarlo del hombro. — Suficiente…

¡¿Suficiente?! ¿Hasta cuándo lo tendremos tan sobreprotegido?

Si no nos necesitara no nos habría creado. — Sascha se levantó de la silla y se dirigió hacia la puerta.

Déjalo, Kira. — Interrumpió el chico de barba. — Después de todo tiene razón. ¿Recuerdas cuando naciste? — Kira retrocedió sorprendido.

¿Por qué lo mencionas ahora?

Eres el mayor de todos. Aunque el nombre de Skel fue el primero que llegó a mi mente, tú fuiste el primero en tener una consciencia y un espíritu real. Representabas todo lo que quería ser, todo lo que podía sentir. Eras la alegría y el amor. Mi esperanza.

Y entonces te fallé.

No, amigo. Yo te fallé por mi miedo a sufrir. Por eso nació Skel, como la necesidad de un adolescente que temía ser herido. Una fuerza insensible. Incapaz de sentir cualquier emoción. — Se giró hacia Skel, quien aún lo miraba con los brazos cruzados. Sascha sabía que su brazo derecho y pierna izquierda habían sido cercenados cuatro años atrás, por lo que lo que traía ahora era una representación mental que habían formado entre los dos. — Desde entonces has sido mi brújula ética, Skel. Capaz de sacrificar tu propia esencia por los demás.

Por una mujer. — Sascha esbozó una sonrisa llena de tristeza.

Por tres mujeres y mi hermano.

Tus protegidas.

Nuestras protegidas.

Sí… — Skel cruzó las piernas. — nuestras. Eso no evitó que el que perdiera su brazo y pierna fuera yo. Sin importar que casi destruyes a Arcantho junto conmigo.

No hables por mí, idiota. Yo fui porque quise, no porque este imbécil que me imaginó me lo pidiera.

Y aún así me ayudaste a protegerla de sí misma, Arcantho.

Arcantho escupió hacia una escupidera que apareció oportunamente frente a él. — Ella era especial. No hay muchas personas por aquí con las que pueda divertirme peleando.

¡Oh, vamos! No me vas a decir que no entiendes por qué fuiste creado. — arremetió Einsam de nuevo. — No es más que la evolución de un problema psiquiátrico y emocional de este cabrón. Siempre ha tenido problemas de autoestima y depresión. Para llenarse de aprecio creó a Kira, no le funcionó y para no sufrir nació Skel. Al ver que nadie daba un carajo por sus sentimientos y supuesto estoicismo te inventó a ti, “Espina” — Hizo un gesto de comillas con los dedos y una mueca burlona.

¡Vuelve a hablarme así, escoria! — Arcantho se abalanzó sobre Einsam, quien gritó y retrocedió asustado hacia Kira después de recibir un fuerte golpe en la cara.

¡Déjale! No vale la pena pelearnos entre nosotros. — Le gritaba Kanus a Arcantho mientras lo sostenía del pecho y Skel se interponía entre él y Einsam con su bastón a modo de espada. Arcantho bufó y golpeó a Kanus en el estómago antes de dejarse caer sobre el piso y sentarse en flor de loto.

No los tolero a ninguno de ustedes.

N-no t-te creo. — Kanus se sobaba el estómago pero le sonreía al chico de ojos rojos y cabello gris. — No eres tan malo como te gusta decir.

Claro que no lo es. Para serlo quien lo creó debía ser una persona muy cruel, pero en su lugar tenemos a este… — hizo un gesto despectivo hacia Sascha. — intento de creador. ¿Sabes por qué te creó, Arcantho? Lo hizo para llamar la atención. Si no funcionaron ni la cara de la amabilidad ni la de la indiferencia, entonces tal vez el odio funcionaría. Ahí entraste tú.

Arcantho rió.

¡Como si no lo supiera! Crees que eres el más inteligente aquí, pero olvidas que el maestro estratega soy yo. ¡Claro que sabía mi función! Me di cuenta al instante que llegué. Simplemente me es divertido pelear por cosas estúpidas. Yo hallo emoción en lo que tú encuentras desesperación y miedo, escoria cobarde. Incluso el inútil de Kira vale más que tú. Al menos él tiene creencias. Al menos todos aquí tenemos creencias. Excepto por ti. — Escupió en dirección hacia él. Sascha veía toda la escena desde la puerta y cogió el pomo.

Al parecer no podemos ponernos de acuerdo en lo que nos interesa, ¿verdad?

Arcantho se cruzó de brazos y cerró los ojos. Sus palabras sonaron frías y fueron arrojadas como dagas. — El estúpido éste tiene razón en algo… Ya no eres tan fuerte como solías. Ya no eres el envase al que le confié mis armas y mi ímpetu. Y entiendo que se parezcan tanto. Después de todo él fue el último en nacer.

Todos hemos cambiado en estos once años. Ocho en el caso de Einsam.

Veinticinco en el tuyo.

Gracias por recordármelo, Skel. — Respondió sarcásticamente el joven de barba aún con la mano sobre el pomo.

Amigo… Sascha… — Kanus caminó hacia él con Canus, su labrador de pelo color miel, a lado. Sascha sonrió.

¿Sabes, Kanus? Tú eres un caso muy curioso. No me gustan los perros y sin embargo llevas ese nombre. Vaya, incluso te di a una mascota.

Y te lo agradezco, lo cuido mucho.

Lo sé.

Quiero preguntarte algo antes de que te vayas, pues no sé cuándo regreses con nosotros. — Kanus aún tenía el cabello hasta la nariz y alborotado.

Pregunta lo que quieras.

¿Por qué nací yo? Acabas de dejar muy claro que no te gustan los perros.

Porque decían que era un perro. Ya sabes, mujeriego. — Kanus sonrió. — Sin embargo resultaste algo mejor que eso. Es cierto que surgiste de la necesidad de un rostro atractivo y seductor, pero lo que hiciste fue hacerme sentir vivo después de tanto tiempo. Cuidabas cada aspecto de nuestro ser. Entrenábamos el cuerpo y nuestro espíritu. Nunca fui más fuerte como humano, que contigo. ¿Sabes? Fuiste el más humano de todos ellos. Tal vez más humano que yo. — Sascha sentía que una lágrima estaba a punto de salir de sus ojos y se pasó la mano por la nariz.

¿Si estabas tan bien entonces por qué molestarte en crearme a mí? — Einsam se recargaba sobre la pared, jugaba con los anteojos y no lo veía a los ojos.

¿De verdad quieres que responda?

Hazlo, maldita sea.

No te va a gustar la respuesta.

Dime.

Fuiste un accidente. Estaba con mi amiga, ¿la recuerdas? Ella dejó dos de sus sombras en mi mente, Lucile y Dalile. Dibujé un arlequín y lo bauticé con el nombre de Einsam. Ella me convenció de dejarte aquí como un regalo de compañía para estos cuatro, pero cuando me di cuenta adquiriste consciencia y empezaste a moverte. Eres el menos idealizado de todos y es por ello que dices tantas cosas sin importar lo hirientes que sean. Eres esa parte más profunda de mi ser que no puedo controlar y te odio tanto como tú a mí. Eres todas mis dudas. Por eso Arcantho tiene razón. Todos tienen convicciones menos tú. Maldita sea, ¡todos tienen convicciones menos tú y yo! — Golpeó la pared y Einsam regresó en silencio a su sillón y cogió otro título: “Marianela”.

Ojalá nunca hubiéramos nacido. — Dijeron simultáneamente el Solitario y el Creador. Kanus se acercó un poco más a Sascha y le extendió la mano.

Sé que hasta aquí son mis límites, no puedo atravesar esa puerta sin dejarte aquí atrapado con ellos. Pero Aleksei — Sascha sintió un golpe en el pecho al escuchar su nombre en voz alta. —, siempre estaremos para ti. — Sonreía alegre y respiraba tranquilo con los hombros relajados. Los ojos le brillaban. — Juntos podemos lograr cualquier cosa, dominar el mundo si así lo quieres. — Hizo un además con los brazos como si fuera algo enorme y enseguida soltó una carcajada. Sascha lo escuchaba pacientemente.— Sólo hagamos que esa cosa sea valiosa para nosotros. Sé que no soy el más astuto, sabio o noble, pero en lo que a mí concierne, vas muy bien. Vive la vida que tienes y no solo la uses, ¿vale?

Gracias, Kanus. — Le estrechó la mano y sintió una corriente recorrer todo su cuerpo. — Adiós. — Cruzó la puerta y la cerró detrás de sí.

Aleksei Mora

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