Un señor dos veces poeta

1)Descubrí la poesía antes que el poema. Ahora, con los años que voy echándome a cuestas, con lo leído y lo vivido, con lo andado y lo cantado, no tengo mayor reparo en decir esto. Antes, cuando muy joven y muy acotado por los prejuicios heredados de una academia dogmática e irrefutable, me hubiera guardado para mí este asunto que ahora reitero en tinta roja para que quede muy claro: la poesía antecede al poema. El poema, que es esencial pero no imprescindible, despierta la poesía a través de la concreción verbal; es decir, gracias a la disposición artística de una serie de palabras que provocan en nosotros una conmoción emotiva, psíquica y meramente lingüística. Ante un poema potente, el lector sensible (entrenado, dicen los conductistas) se emociona, se libera y paladea el canto como quien demora en el interior de su boca una dulcísima y tibia cucharada de jalea de higo. Bueno, es la que a mí me gusta, qué quieren.

2) Fue en el año de 1996 o 1997, una tarde de verano ardiente en Sonora cuando conocí a Ramón I. Martínez, hijo pródigo de Villa de Seris, poeta, bailarín, cristiano heterodoxo condenado por la curia, cantante satírico, actor vehemente y artemarcialista con puños de centella. En alguna de nuestras primeras conversaciones salió a relucir la poesía, que por entonces me “traía de un ala” y me obligaba a ir de un lado al otro de la ciudad, hablando solo y –como ácidamente denunciara Antonio Villa- con un libro bajo el sobaco; pues bien, en aquella charla, mi amigo el Ramón me presentó a un poeta que desconocía: Abigael Bohórquez. Me mostró, para ser preciso, aquel famoso poema que todos conocemos y que habla de un bribón de “paso extraviado y generoso” que alguna vez había sido “minúsculo y sencillo como el trigo”. En efecto, hablo de aquella elegía canina que es capaz de hacerle un nudo en la tráquea al más plantado. No fue una lectura común y corriente, qué va; puedo incluso decir que ahí ocurrió algo, una especie de experiencia profundamente reveladora. Fue el darme cuenta que la magia era real, que no había truco y que en manos de aquel muerto recién nacido alcanzaba una luminosidad y una potencia tan prodigiosas como el relámpago.

3) Quise leer todo lo que de él pudiera. Me costó algo de trabajo porque en aquel entonces el internet era una cosa de risa loca, lento y raquítico; sin embargo, quizás por el óbito reciente, quizás por el orgullo regionalista, me fue posible leer casi todo lo que el poeta de Caborca había publicado en libros, revista y hojas volantes. Me sedujo desde entonces algo en lo que no puedo cambiar de opinión: el cuidado escritural. Bohórquez fue capaz de forjar un estilo como lo hacen quienes entienden de qué va la cosa, es decir, revistiendo de tersura y naturalidad todos y cada uno de los engranajes del artificio. Los poemas de Abigael tienen esa tramposa condición que consiste en anunciarse como cosa sencilla, lo que genera que los más entusiastas (y por regla general los más cortos de sensibilidad y de palabras) se vayan de bruces, escribiendo réplicas de estilo acartonadas: espantapájaros o espantalectores que se aburren en soledad, con su cabeza de balón y sus ropas deshechas por un sol cansino.

4) Creo que la obra de Abigael es una escuela de escritura y de vida. Cuando uno lee sus poemas, como he dicho, es fácil entender todo el trabajo de paciente orfebre verbal que se encuentra detrás, lo que en la gente prudente puede y debe generar una vocación por el trabajo y no por la imitación ramplona. El trabajo verbal se anuncia en gran medida debido a la clara obsesión del autor por el neologismo y su irrupción prodigiosa –siempre provista de necesario sentido- o la antigualla sonora que apenas sacudido el polvo del olvido refulge como un manantial en medio del desierto. Si uno pone un poco de atención y escucha el canto de Abigael como el rumor de una corriente profunda, es muy probable que identifique una y otra vez el sello de una autoría tan bien labrada como inconfundible. Sonreirá el lector, pensará luego en los imitadores –voluntariosos y “chafas” la mayoría- y entonces moverá la cabeza de uno a otro lado, negando sin más remedio.

5) Dije escuela de vida y al decirlo tengo en mente la gran tradición del pensamiento existencial. No soy experto en su obra, como mi amigo el Ramón, pero seguro que si me tomara un poco de tiempo muy pronto encontraría los hilos conductores de una pasión existencial que se caracteriza por un talante autorreflexivo tan consciente como doloroso: el poeta es un yo encarnado que todo lo siente, todo lo anticipa a través de su poderosa intuición y, muy especialmente, todo lo lamenta por el dolor que le genera la enorme distancia entre su proyecto personalísimo de vida y las acotaciones –sociales, culturales y biológicas- que lo limitan siempre en este valle de lágrimas y risas. Romántico a semejanza de la herida y la delicia, Abigael no anda sobre el mundo ignorando su relaciones fraternales con otros marginados, con los que en algún momento de su obra y muy acorde a los estilos “comprometidos” de la época conviene un pacto testimonial que abona también a este ser poeta desde la vida y no desde el simple verso.

6) Estamos en presencia, pues, de un poeta por partida doble: sensible, inteligente, vehemente y congruente. Su legado no es poco. Abrir una antología de A.B., como ésta que ahora tengo delante de mí (Las amarras terrestres), es darse de golpe con la poesía verdadera; uno no puede sino sentirse identificado con el canto, a veces burlesco, a veces melancólico, a veces delirante que va entretejiendo nudos como edades de tinta y sangre en una obra-vida que testimonia lo que a mi juicio debe ser un poeta “a semejanza de la poesía”: algo vivo que sabe que muere, algo que transpira como perpetuo trabajador de las palabras, que cultiva un talento y que nunca, a pesar de los pesares, se olvida de las carcajadas a la hora de hacer el inventario de la vida. Así de simple y de imposible son estas cosas.

7) Agradezco al buen Ramón que me presentara en aquella ahora distante tarde del desierto a Bohórquez, que me acompañara en aquellos días de descubrimiento de la poesía y de la amistad en torno a ciertas formas de concebir el arte literario; estoy convencido de que en aquellos diálogos tan estimulantes, en los que también participaban, justo es decirlo, Ricardo Solís y Miguel Manríquez, nació todo mi interés por la poesía, lo que además me ha marcado (creo) para siempre, en lo que tiene de pasión y en lo que tiene de orfebrería. Ahora que me he visto llamado a escribir estas líneas no puedo sino sentir un regusto a nostalgia y un deseo repentino de recorrer de nuevo todas las páginas escritas por ese caballero dos veces taumaturgo: el “primer poeta importante que ha dado el norte”, como dijera con cierta frivolidad el siempre lujurioso Pellicer.

Si puedes “cliquear” el corazoncito de recomendación, te lo agradeceré orando y flagelándome por la salvación de tu alma.

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