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Periodismo lento para tiempos acelerados

¿Aceptamos ser una vibración más en el bolsillo de los ciudadanos?

Si el “arte de pintar es el arte de pensar”, como defendía Magritte, podemos decir que el arte de contar también es un arte de pensar. Reflejar la realidad requiere un ejercicio previo para afinar nuestra mirada, calibrar lo que vamos a relatar y asumir qué fin perseguimos.

Y pensar es un verbo que se alimenta de tiempo.

Hay una función del periodismo que le obliga a perseguir la actualidad tratando de darle caza o de, si acaso, arrancarle algún jirón. Informar en tiempo real, con la delirante simultaneidad que se exige hoy a los medios, nos empuja a girar en el ciclo informativo 24/7 como galgos persiguiendo a una liebre mecánica. A toda prisa recorremos descalzos el sendero estrecho y resbaladizo de lo fugaz, donde nadie está a salvo del traspié, el error, la precipitación, la falsedad.

Trabajamos además en “una Cosmópolis donde todos somos vecinos ”, en palabras de Timothy Garton Ash, un lugar donde “la mayoría de nosotros puede ser también editor”. Los periodistas nos hemos forzado a competir con los ciudadanos de todo el mundo que recorren las calles y se topan con atentados como el de Barcelona. Los tratamos como iguales: reporteros y columnistas eventuales que nos retan, nos juzgan y nos condenan. Nos hemos tendido a nosotros mismos una trampa de la que no podemos escapar.

No me siento cómodo en ese periodismo del aquí y ahora, de la aceleración constante, en el que ser valioso se equipara a ser veloz, visual, nuevo, ubicuo. Es frustrante aceptar que nuestra voz se reduzca a una vibración más en el bolsillo de cualquier ciudadano.

“El periodista es el encargado de buscar, o mejor dicho, de crear, primicias sin interrupciones”, define el filósofo mexicano Luciano Concheiro. “Al hacerlo, desplaza lo antes existente hacia el pasado. Seguir las noticias es como sumergirse en el río Lete, cuyas aguas, según la mitología griega, provocan la desaparición de los recuerdos”.

“La cuestión no es la calidad, sino la novedad”, dice.

Un tiempo acelerado que erosiona la memoria

Al concepto de tiempo dedica un ensayo Concheiro, un profesor de 25 años que resultó finalista del premio Anagrama en 2016. El autor se centra en desarrollar cómo el capitalismo es el generador de esa aceleración, pero incluye otras reflexiones que, en mi opinión, resultan muy oportunas para el periodismo, para la vida.

“La concepción temporal que hoy predomina es más bien como una página web de scroll infinito”, escribe Concheiro. “Percibimos una sucesión constante de eventos que se desplazan unos a otros rápidamente. No hay dirección, no se va a ningún lugar”.

Considera que la erosión de la memoria y la ausencia de narrativa son dos rasgos de esta nueva percepción temporal. “La velocidad es tal que se vuelve imposible estructurar una trama que dé sentido a los hechos y los entreteja en un conjunto coherente. El fluir del tiempo parece como una sucesión de destellos sin conexión entre sí”.

Concheiro y un grupo de intelectuales y artistas mexicanos acaban de lanzar una revista-libro de cultura y pensamiento de periodicidad anual, “huun”, que se define como un centro de experimentación creativa. En las 278 páginas de su primer número ofrece reflexión en infografías, collages, viñetas, ensayos, poemas, imágenes, dibujos o pentagramas. Cierra con un sugerente y bien aliñado “Manifiesto por la lentitud”, del cocinero y escritor Enrique Olvera.

En las entrañas de la revista late un deseo explícito de rebelarse contra el tiempo y hacerlo con un formato físico, en papel: “Aprovechar los tiempos de la publicación en papel como antídoto contra la velocidad. Pensamos que hay que cambiar el mundo y sobre todo cambiar el tiempo”.

El relato demanda tiempo. Para consolidarlo y también para asimilarlo. “Leer, como pensar, exige recogimiento, soledad, un esfuerzo, pero ese es el precio de la lucidez”, dice el escritor Luis Landero.

El tiempo no es hoy un aliado, sino un verdugo. Los medios de comunicación dedican la mayor parte de sus recursos a rastrear lo nuevo y a volcarse fugazmente en ello con procedimientos estandarizados que acaban abordando la realidad como si todo ocurriera siempre por primera vez.

“Los medios son malos contando las cosas que suceden en más de una ocasión”, sostiene Michael Hobbes, escritor y especialista en derechos humanos, en referencia a la forma simplista y poco constructiva como abordan los complejos problemas sociales.

Algunos periodistas buscan esa claridad que anhela Landero en refugios casi atemporales como “huun” o en proyectos que persiguen mirar la realidad con otros ojos para contarla con diferente ritmo y con un nuevo propósito. El periodismo lento o Slow Journalism es una propuesta alternativa de relacionar a los ciudadanos con la sociedad en la que viven, basada en dedicar tiempo a comprender y a contar.

En febrero de 2007 un artículo de la revista británica Prospect envidiaba a Estados Unidos por su periodismo lento, el periodismo literario, la no ficción, las piezas largas y trabajadas de The Atlantic, Rollling Stone o The New Yorker. La autora del texto, Susan Greenberg, profesora de la Universidad de Roehampton, acuñó entonces por primera vez el término de Slow Journalism como una forma de hacer periodismo que “se permite el lujo de dedicar tiempo”.

Susan Goldberg, directora de National Geographic, incluye un matiz preciso al diferenciar entre periodismo rápido, “que se centra en la información”, y ese periodismo lento, que tiene que ver “con el significado de lo que ocurre, con el sentido de las cosas”.

Elabora una explicación aún más ambiciosa Erik Neveu, del Rennes Institute of Political Studies, para quien el adjetivo “lento” también sugiere que el periodismo sea “narrativo, justo y equilibrado (con las fuentes y con los lectores), participativo, orientado a la comunidad a la que sirve y que dé prioridad a las historias que los medios no cuentan”.

No se trata solo de dedicar tiempo y espacio. Deberíamos además construir un relato que tenga impacto en la sociedad.

Hay proyectos que apuestan por ese periodismo lento, que Martín Caparrós define como una trinchera, reductos del periodismo narrativo, literario, “proyectos de largo plazo, una apuesta de años para gente acostumbrada a jugar a la quiniela esa misma tarde”.

Defiende Caparrós el periodismo literario como rebeldía. Se refiere a los libros, pero la esencia es aplicable a una web o a una revista. “Son el refugio del mejor periodismo: ante la renuncia de la mayoría de los medios, que temen pagar intentos de cierta envergadura y usar su espacio para publicarlos, algunos de los periodistas más preparados, más inquietos, encuentran en ellos el lugar donde sí pueden hacer su trabajo”.

En 2011 nació en el Reino Unido “Delayed Gratification”, una revista trimestral de periodismo lento, que busca contexto, perspectiva, “porque los ultrarrápidos ciclos informativos premian ser el primero y nos dan el inicio de las historias pero raramente el final”, explican sus editores, los periodistas Rob Orchard y Marcus Webb. Aseguran que venden 5.000 ejemplares de cada número en 13 países y visten su propuesta editorial con un aire pretencioso que me resulta provocador y desenfadado.

De nuevo, la elección del soporte en papel no es casual, y menos en su contexto geográfico. Desde hace cinco años se vive un repunte de las revistas independientes en el Reino Unido, donde sus lectores se muestran más cómodos leyendo la letra impresa y los autores fijando sus textos de manera permanente, frente al soporte digital.

Cambiar la mirada, cambiar las preguntas

Me interesa más la innovación periodística que busca propuestas editoriales de fondo que la centrada en la tecnología. Llevamos años peregrinando en una transformación digital que habla de dispositivos, tiempos de carga, visualización de imágenes, vídeos y gráficos, interacción, velocidad. ¡Abiertos 24 horas!

“Prestamos atención al vehículo y descuidamos la razón de ser de nuestra actividad”, recuerdo que alertaba Iñaki Gabilondo en una conferencia en el Colegio Mayor Miraflores de Zaragoza en 2011. Aludía ya entonces a la velocidad, claro, al individualismo y al énfasis en el envoltorio. Hoy esos males se han agigantado.

“Hay que pensar en qué consiste el mensaje”, subrayaba Gabilondo. “Pero nunca se ha hablado tan poco de contenidos como hoy. Los directivos se dedican a hacer cuentas y hasta los mas vocacionales atienden con el rabillo del ojo a los contenidos”.

¿Hacia dónde dirigimos nuestra mirada entonces?

Me da la sensación de que miramos cada vez más a las personas como usuarios para anticipar cómo se comportarán mañana, a qué hora se conectarán o si verán los vídeos en sus teléfonos móviles en vertical o en formato apaisado. Y nos fijamos cada vez menos en cuál es su papel como ciudadanos y en cómo se relacionan con la sociedad en que viven.

Los medios construimos un relato que ilustra y condiciona la forma en la que las personas entienden el mundo. Elaboramos una narrativa que determina en buena medida la actitud con que los ciudadanos afrontan lo que sucede. Por ese motivo es tan importante cuál es la mirada de los medios sobre lo que ocurre, qué preguntas nos hacemos, las dudas que albergamos, en qué aspectos nos fijamos y por qué.

“Aprender a mirar es, fundamentalmente, aprender a prestar atención”, escribe el filósofo Josep M. Esquirol en su libro “El respeto o la mirada atenta. Una ética para la era de la ciencia y la tecnología”. Defiende que una ética del respeto pasa necesariamente por mirar con atención, por dedicar tiempo e interés al otro.

Asegura Esquirol que “preguntar es un arte” y resume en una frase una reflexión intensa sobre el respeto, la sociedad y la importancia de las cosas: “Quien más atención presta, mejor se orienta y más respeta”.

Quizá deberíamos dedicar tiempo a aprender de las personas que saben mirar y practican el arte de hacerse las preguntas adecuadas. Suelen ser personas que además albergan el coraje y la generosidad necesarios para comprometerse, compartir, actuar y encarar la vida con un optimismo inconformista, no como una postura ingenua sino como el combustible que alimenta el motor del cambio social.