Un abrevadero de montaña. / Imagen de Smaragd en Pixabay.

Suicidios: silencio social y periodístico

Los medios disponen de algunos criterios bien sedimentados que guían su quehacer. Uno de ellos regula el tratamiento de los suicidios, manejados con discreción, delicadeza y respeto; casi siempre velados con el silencio. Lo habitual es que estas normas no se declaren a los lectores, sino que éstos las reconozcan por la costumbre.

En este doble contexto de aceptación tácita y ausencia de explicaciones, el pasado 8 de agosto los ciudadanos se sorprendieron por la noticia del día: “Alerta en Navarra ante el alto número de suicidios”. “Alarma social por los suicidios en Navarra”.

Los titulares se emplearon para dar cobertura al anuncio de una iniciativa del Gobierno de Navarra para prevenir conductas suicidas y coordinar los recursos de las entidades públicas y sociales, con especial atención a la población infantil y juvenil.

Han pasado dos meses sin nueva información. El silencio, quebrado por gruesos titulares un día, se ha instalado de nuevo.

¿Por qué los medios abandonaron ubicaciones discretas y apostaron por titulares principales de portada como los mencionados? ¿Qué catapultó esas cifras de forma unánime a la primera línea informativa en prensa, radio y televisión?

Veamos.

Evolución del número de fallecidos por suicidios y por accidentes de tráfico en Navarra.

La tasa media de suicidios en Navarra es ligeramente menor que la media española: 7,5 por cada 100.000 habitantes, por 7,6 en España. Y más discreta que la media europea, situada en 11,8, como informó el Gobierno foral.

El número de suicidios no ha sufrido ningún aumento significativo en los últimos años y, de hecho, la cifra de 2012 es la tercera más baja de la década, según datos del Instituto de Estadística de Navarra.

El suicidio es la primera causa de muerte no natural en Navarra ya desde 2007, y ocurre lo mismo en España. Además, el dato se refiere exclusivamente a una causa externa: el descenso progresivo del número de fallecidos en accidente de tráfico.

La enorme relevancia del suicidio desde la óptica de la salud pública tampoco es nueva. Las recomendaciones de la OMS han sido publicadas en los últimos años. De hecho, hace un año, el 7 de octubre de 2013, en el seno del Foro Global de Salud Mental, celebrado en Ginebra, tuvo lugar el lanzamiento del Plan de Acción en Salud Mental 2013–2020 de la OMS. Allí se reclamaron precisamente las medidas que el Gobierno foral acaba de implantar ahora.

A pesar de todo ello, los medios esquivaron su tratamiento habitual del suicidio y, además, lo hicieron elevando a la cabecera de sus portadas cifras antiguas, ya conocidas y publicadas. Quizá por eso los titulares necesitaron el refuerzo de términos como “alerta” o “alarma”, socorridos para apuntalar lo endeble.

La razón no fue, pues, el aumento del número de suicidios. Y tampoco la novedad de los datos que se aportaban. ¿Qué ocurrió entonces? Me inclino por la suma de dos explicaciones, relacionadas entre sí.

La primera tiene que ver con el ocasional alejamiento de los medios sobre algunos aspectos de la realidad, lo que merma su capacidad crítica. Quizá podrían haber escuchado las reclamaciones de la OMS durante años para que se diese visibilidad al problema y se combatiera el estigma social que genera, así como sus requerimientos de que existan planes y protocolos. O las consideraciones de profesionales y terapeutas, muchos de ellos trabajadores de la Administración foral.

Si el problema es tan importante como lo han presentado ahora -que lo es- los propios medios deberían haber tenido la capacidad y la responsabilidad de desafiar su silencio sobre el suicidio y presionar para que las administraciones tomasen las medidas necesarias. En lugar de eso, reproducen aquello que el gobierno de turno decide hacer o contar. Y en el momento que quiere hacerlo.

“En realidad hay muchas menos noticias de lo que creemos”, alertaba Lluis Bassets. “La principal labor de los fabricantes de noticias es hacer pasar por noticias cosas que no lo son”.

La segunda explicación del tratamiento periodístico dispensado tiene que ver precisamente con este aspecto: el vigor que demuestran las administraciones públicas para marcar el ritmo informativo y la agenda. Cada vez con más intensidad.

A pesar de las tímidas iniciativas de gobierno abierto y datos abiertos en España y en Navarra, las administraciones tienden a ejercer un férreo control sobre los datos públicos, que suelen emplear cuando les conviene e interpretados como consideran más oportuno. Estoy seguro de lo que habría ocurrido si por su propia iniciativa hace unos meses un periodista hubiera decidido investigar acerca del suicidio y hubiese solicitado a la Administración las bases de datos públicos sobre el número de suicidios en los últimos años, por franjas de edad y sexo, su distribución geográfica o su relación con la situación familiar o socioeconómica de la persona fallecida. O si hubiera preguntado por qué Navarra no disponía entonces de un protocolo de actuación integral.

Es el embrujo de la Administración. Facilita información a diario, permite llenar páginas de periódico, espacios en la web, piezas de televisión y minutos de radio. Proporciona textos, vídeos, cortes de audio, fotografías… Lleva camino de convertirse en la principal fuente informativa y de anular la capacidad de análisis, valoración y sentido crítico.

“Todos bebemos del mismo abrevadero”, alertaba ya en 2003 Geneva Overholser, entonces defensora del lector del Washington Post, en una cita recogida por Bill Kovach y Tom Rosenstiel en “Los elementos del periodismo”.

Y ocurre lo mismo hoy en España. “En realidad hay muchas menos noticias de lo que creemos”, asegura Lluís Bassets en “El último, que apague la luz”, una necrológica del periodismo que puede resultar estimulante. “La principal labor de los fabricantes de noticias [como las Administraciones o cada vez más empresas] es hacer pasar por noticias cosas que no lo son”.


Este post se publicó el 20 de octubre de 2014 en el blog de DN Lab.