Los elefantes están deprimidos.

Una vez leí que los elefantes, por constitución, son incapaces de saltar. Parece mentira, sabiendo cuantos son capaces de balancearse sobre telas de araña. Pero es así, no pueden hacerlo y me gustaría poder regalarles una comba, yo estaría triste si no pudiera despegar los pies del suelo.

También por constitución y por falta de movilidad en el cuello, tampoco pueden mirar el cielo, quizás por eso para la mayoría no es importante poder saltar. Una vez conocí a uno. Nos hicimos casi amigos y me enseñó mucho sobre su estirpe. A diferencia de lo que creía no le gustan los cacahuetes, pero la crema sí, solo la de grumos. Le hice un sandwich, crema de cacahuetes y mermelada de fresa. — No sé cómo es el cielo, pero tiene que tener este sabor, dijo. Yo, más por la televisión que por curiosidad me había preguntado a que huelen las nubes, pero nunca antes cual era el sabor del cielo. Para mi debería tener dos sabores, de día, a uno de esos helados azules que tiñen la lengua y por la noche a llenarse la boca de petazetas.

Estábamos sentados cerca de un árbol frutal, y con un ligero olfateo me ofreció una manzana, así, casi sin mirar. Me pareció algo increíble aunque para él, era algo corriente y normal. Yo me sentía lleno, pero aquella Red rome tenía la madurez perfecta, me comí la mitad y el resto lo tiré a lo lejos. Me miró con el ojo derecho y dijo, — la fruta no se tira, ¿Qué crees, que crecen en los árboles? Y tras una micropausa de reflexión comencé a reír a carcajadas, hasta que lo hizo el y el estruendo, revolucionó aquella porción de paraíso natural.

El elefante no es un animal normal, aspiran a llegar más allá de donde su trompa les deja y eso no es algo muy común en el reino animal. En secreto me dijo que quería ser humorista y se le daba bien, pero que la primera vez que lo intentó las risas crearon una estampida y el mono, dueño del local, le obligó a pagar los desperfectos. ¿Quién en su sano juicio le iba a pedir dinero a un elefante? Hay que estar loco! Le obligó a limpiar los platos y el olor a estropajo grasiento y sobras en la trompa le hizo jurar que no lo intentaría más.

Cuando se repuso del golpe decidió ser cobrador del frag, El Elefante Elegante se llamaba y la verdad, era un marketing brutal, estaba desbordado de trabajo, ¿A caso tú estarías cómodo si te siguiera un elefante? Aún así de nuevo tuvo que dejarlo. Gastaba más de lo que ganaba y no es necesaria una licenciatura en económicas para distinguir un negocio de un “negrocio”. El problema que se encontró era encontrar smoking de su talla, tenía que hacérselo un modisto y aunque lo reforzara, como la mente de un cuerdo, las costuras no se dejaban de resquebrajar. Su sastre ahogado entre facturas de tela, contrató a la competencia El Pingüino Parisino, ese animal si estaba hecho para cobrar. El plumaje natural negro y blanco y ese toque Francés hizo desmoronar a casi 6 toneladas de animal. Triste, tras el segundo fracaso, sin llegar a deprimirse dejó todo lo conocido atrás. Hizo dieta, pero por más fruta y verdura que comía solo conseguía bajar unos entre 140 y 260 kilos en las mejores etapas. Vamos, nada.

Le pregunté, le pregunte porque quería bajar de peso. La verdad que estaba tenía un porte excepcional, me confesó que no era por estética. ¿Por salud?, pregunté y quiso evadir el tema y contármelo a la vez, ¿sabes esa sensación no? Me contó, con la boca chica que quería saltar. -¿Saltar? No estaba seguro para qué, no tiene una gran utilidad. — Vives en la sabana, no tienes ningún obstáculo que saltar. — ¿No? Dijo y continuó — existe un viejo cuento sobre lo que ustedes se autodenominan “animal racional”, hay un momento en el que los humanos como tú, no saben saltar. — Eso es estúpido. Dije yo siempre puedo saltar. Esta vez con el ojo izquierdo, me miró, con esa sonrisa de cuando alguien sabe algo que tú no. — Cuando un humano está deprimido, sabe hacer muchas cosas, evadirse, lastimarse, culparse a uno mismo o peor, culpar a los demás, llorar o arrepentirse, los más mediocres, pero ni uno sabe saltar. Y si lo hicieran por el tiempo suficiente verían que todo puede cambiar, empiezan a sonreír, quizás por la tontería o la sensatez escondida, se empiezan ver las cosas de otra manera y se preocupan menos por lo que no pueden solucionar y más en algo que sólo le damos importancia en situaciones límite. Que podemos respirar. Una actividad vital, a la que sólo le dan importancia cuando suben a la montaña y dejan atrás la ciudad. Y no se dan cuenta que el único problema real llega cuando no podamos respirar y aún así no merece la pena que nos abomine el miedo y nos llegue a paralizar. Nosotros los elefantes fuimos una vez felices, hasta que los vimos a ustedes, saltando cuando tenían motivos que celebrar, fueron unos milenios maravillosos. Ahora que sabemos las posibilidades que los humanos tenéis se nos hace difícil sobrevivir sanos a la pubertad.

Todos nosotros, somos felices, como cualquier niño, por la inocencia, por la belleza de aprender cada día un poquito más, por la inteligencia infravalorada de la imaginación y porque en la cabeza de un crío no existe un no se puede hacer. Así que somos felices, hasta la primera vez que te deprimes y no sabes salir del gris por no saber saltar. Me tengo que ir, es demasiado tarde ya.

Algo cambió en su mirada y sin explicación quiso dejarme atrás. Yo, quizás por el exceso de información no pude avanzar, no quería que aquella conversación se acabara, pero podía sentir en el aire que lo que no habían destruido 2 fracasos, un tarde bajo un manzano hizo crac. Fue la última vez que nos vimos, creo que esta vez se había deprimido y eso para los elefantes no tiene vuelta atrás.

Años después, logré comprender lo que en aquel momento no podría explicar. Hay golpes que son demasiado certeros, los que te das tu mismo y quizás no te das cuenta hasta el paso de los años que algo había hecho mella en ti. Cuando llegue ese momento, porque va a llegar, no te olvides de saltar, saltar y saltar.

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