Momentos

En algunas ocasiones preguntaba si las cosas no estaban ocurriendo demasiado aprisa. Después de todo hacía dos semanas que nos conocíamos. Una de ellas prácticamente nos vimos diario, así que era válido que preguntara si las cosas no iban rápido. Le respondí que trataba de no mirarlo de esa forma, con esa necesidad de medirlo todo porque medir es comparar una magnitud con otra. Y en el “no están ocurriendo las cosas demasiado aprisa” hay una comparación que no deseo hacer. Le respondí pero no entendí lo que quería decirme. Tampoco pienso que nadie debería juzgarme, después de todo hacía dos semanas que nos conocíamos. Probablemente debí decirle que en esas dos semanas ocurrieron cosas únicas. Debí decirle que tenía la convicción de que tener un coche en la ciudad me parecía añadir más preocupaciones de las que se quitaban. Pero como cuando salía con ella en su coche los trayectos me parecían muy agradables le dije que me gustaba que manejara. Ella respondió un poco sarcástica que además tenía coche. Debí decirle que a mi más que parecerme que las cosas iban aprisa me intrigaba que las situaciones con ella fueran de un extremo a otro con relativa facilidad y que no todas estuvieran completamente en nuestras manos. Por ejemplo, el encanto del coche terminó cuando de camino a casa, mientras cargaba una bolsa con pulque en bolsitas le dije que a lo lejos veía su coche y una grúa, pero que todo bien. Quería hacerla sentir segura, pero acabó gritando que se lo estaban llevando. Al llegar supe que no tenía ni puta idea porque jamás siquiera había tenido que estacionarme en la calle. Cuando amagaban con llevarse el coche al corralón me dijo súbete y me subí. Todavía no sé si eso fue respaldarla. Al final no nos llevaron y terminamos rièndonos y lamentándonos por no habernos tomado nuestra primera foto juntos en esa situación.

Aún me intriga que las cosas ocurran así entre ella y yo. La otra noche cuándo me preguntó sí antes había sentido algo así y le respondí que sí porque quisiera no mentirle nunca, me dijo que se le había roto algo. “Ya no puedo sentirme especial”, me dijo como si fuera una adolescente convencida de que solo amará una vez. Quizá debí mentirle, decirle que era única. Y lo es. Debí decirle que me ilusiona aprender a bailar con ella porque quiero bailar en una boda con ella. Que me gustaría que me enseñara a manejar para que así viajáeamos por las muchas veces documentadas en los diarios peligrosas carreteras del país, solo para que no tuviera que hacerlo ella sola. Me duele pensar en no saber cómo decírselo.