Un fin de semana atípico

Llegué a Ceremonia 2017 bajo la promesa de encontrar una gran fiesta. La mañana del sábado subí a la camioneta con un amigo, su novia y un montón de desconocidos con quienes nunca logré congeniar. El camino se configuró de manera que a mi aquello me parecía un viaje escolar, por aquí hablaban una cosa, por allá otra y todo me parecía ajeno, aunque de una forma u otra todos buscábamos la misma cosa.

Entonces fue que llegamos a Toluca. Una “ranchería”, según leí en algunos tuits. Comenzaron los murmullos. “Dicen que se ha cancelado, que se cayó un escenario”, comentó alguien a bordo. Comencé a buscar pero me di cuenta que todo México es territorio Telcel, así que paré oreja en lo que decían los del viaje escolar. “Solo se ha pospuesto”. Bajamos cerca de una de las entradas principales, pues dado que no había acceso por la presunta cancelación que eventualmente se volvió el tema de todos, pensamos que lo mejor sería comprar algunas cervezas en el Seven Eleven de la gasolinería donde paramos. Yo aproveché para comer. La noche anterior salí de fiesta con unos amigos y unas gringas ilegales me regalaron su whisky. Uno de los asistentes del restaurante bar donde pedí un huarache de arrachera me invitó a su mesa a tomar. Bebía un gin tonic, pero le dije no gracias. Demoré la excursión porque el huarache nomás no salía de la cocina. Me lo entregaron, todos a la camioneta y a encontrarnos con lo que desde hace algunos minutos estaba en el rostro de muchos: Ceremonia había sido cancelado.

No me molesté al inicio. Pensaba que era una lástima, pero qué iba a hacer. El territorio Telcel cedió un poco y comencé a enterarme del sentir generalizado. “Eso les pasa por hacer festivales en rancherías, pinches hípsters”. Otros me daban más gracia. “¿Y si ya me comí mi tacha?”. No pasó mucho tiempo hasta que optamos por lo obvio. Volvamos a la Ciudad de México. Antes me acerqué a un grupo de chic@s que comenzaban a planear su fiesta. “Véanlo así, el viento no se llevó sus drogas”, les dije.

De regreso a la Ciudad de México paramos en una marisquería en la colonia Obrera. Pedí un pescado a la veracruzana que a la postre fue clave, pues me mantuvo a pie a lo largo del fin de semana. Después de comer escribí a una amiga que vería en el festival. Me invitó a casa de una de sus amigas. Llegué y había cuatro chicas, todas muy lindas y muy agradables. Quizá les causé una buena impresión porque de mi mochila saqué un ron en bolsa –una de ellas pensó que era agua– y el whisky que me regalaron las gringas ilegales. Una de ellas me pidió que le preparara un trago de una forma que difícilmente olvidaré, al menos en los próximos meses. Había una seguridad en su manera de pedírmelo, sin ser imperativa, que me generó interés. Al final ella misma me ayudó a preparárselo, pero me dio la impresión de que tenía ron de más. Bebió un trago y no hizo esa cara que todos hemos hecho cuando un trago sabe culero. “Solo ponle más agua mineral”, dijo.

La fiesta del sábado por la noche pasaba cuando un par de tuits nos causaron expectativa. Llevaban la etiqueta #CeremoniaEnDomingo. Algunos artistas cancelaron. Uno de ellos, Beach House, causó una profunda decepción entre las chicas. “Yo no creo nada hasta no ver horarios”, dijo otra. Una de ellas ponía en duda su asistencia por cuestiones laborales. Se fueron con incógnitas. Yo me quedé y pasé una noche bonita con una mujer hermosa.

Entonces llegó el esperado #CeremoniaEnDomingo. No tuve tiempo de desayunar nada, pero sí de bañarme y preparar una mochila que ya no llevaba ron ni whisky, pero sí una sudadera que me alivianó a pasar el frío de la “ranchería”. Llegué a buscar al grupo de chicas con quienes la noche anterior había echado fiesta. Una de ellas atendió el WhatsApp y me dijo que estaban frente a la camioneta de Red Bull escuchando a unos raperos. Nos subimos a las sillas voladoras, analizamos nuestras drogas, nos drogamos, bailamos, comimos y bebimos cerveza. Luego llegó la presentación de Björk, con la que me di cuenta que no me gusta tanto como creía. Underworld fue un gran cierre. Recuerdo ver muchas manos, incuantificables, al cielo cuando tocaron “Born slippy”. Yo también las levanté.

Algo curioso ocurrió el primer fin de semana de abril. Uno de los tuits que leía mencionaba que nunca había visto que algo se llevara a la verga a tanta gente. Desde luego era una exageración, pero pensaba en tod@s es@s chic@s hermos@s que habían esperado el sábado 1 de abril solo para encontrarse con que un viento aparentemente no tan fuerte como se suponía fue, tiró un escenario causando la cancelación del festival. Y pensé en mi fiesta del viernes y sábado por la noche. En el sabor dulce del ron en bolsita. En que probablemente muchos otros tuvieron una noche de incertidumbre. A lo mejor algunos lo sintieron como una víspera de Día de Reyes. Incertidumbre generacional. Desperté el sabor a dulce en la boca y un domingo donde el día parecía eterno y la noche con la Luna al centro y todo girando alrededor de ella. El primer fin de semana de abril de 2017 fue atípico.

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