La Filosofía de La Carne

Un breve ensayo literario.

Mi interés hacia la filosofía ha influido en mi punto de vista con respecto a la vida. Cuando veo a una persona hablar a veces me distraigo de la cháchara para sólo ver su rostro, esto desencadena que piense en cosas como “es un animal el que está hablándome, uno más inteligente sí, pero con el tiempo morirá. De hecho yo también moriré, yo también soy un animal”.

Una cascada sucia y opaca que pasa dentro de mi cabeza, que logra ensordecerme y distanciarme pero a la vez maravillarme con tan interesante planteamiento, ideas que llevo la esperanza de profundizar. Profundizar mis conocimientos me llevará al entendimiento y el entendimiento logrará que mejore en aquello que se convertirá en profesión. Mas el ardor de la llama fervorosa que se ha encendido con ansias de cubrir más y más hectáreas de mí corre peligro pues siempre existen agujeros que abren paso a goteras que a veces se convierten en fuertes torrenciales, la procastinación, otros deberes y estudios ajenos se han interpuesto entre mí y la mecha que permite que expanda dicha llama.

Tal vez todo se trate de organización, listas que me indiquen cómo proceder a tapar sistemáticamente las goteras de desgana que frenan a la carne de nutrirse, de adquirir ese suculento jugo que la hace tierna y nutritiva al paladar. La susceptibilidad a actividades mundanas ha de ser exterminada si deseo llegar al final del camino preparado y con experiencias vastas. Así tal vez me sienta lleno, así tal vez logre mis metas.

¿Pero es verdaderamente posible sentirse lleno? ¿la carne no padece de la concepción del tiempo? y es que, la concepción del tiempo trae arraigado un empedernido deseo por el conflicto, la carne necesita sazón; salsas o aliños que la hagan aún más degustable, pues ¿qué seríamos sin la superación? la humanidad no habría llegado tan lejos si no fuese por el deseo a la trascendencia, a la evolución de la carne.

Pero claro, a veces en la cocina la carne recién comprada se quema, ya sea por descuido o desgracia, y esta es condenada a ser desechada por el mundo, inhibida de poder ser catada por ser aberrante e inconsumible. Nadie desperdiciaría ni un poco de cebolla en una carne mal hecha, por lo que a esta sólo le queda pudrirse en el infinito abismo. Todo esto por no correr la misma suerte que otros, porque por azares del destino aquello fue lo que le tocó pasar, algunos nacen en la grandeza, otros logran la grandeza, y a otros la grandeza les es impuesta, otros sin embargo nacen y mueren en la tajante desdicha.

Yace en la gracia del mundo el sentirnos únicos, en sentir que nuestra carne está mejor condimentada, más preparada que la de otros, en que mi pollo asado contiene más sabor que el bistec que prepara mi vecino, o que el lomito que prepara mi padre, tal vez incluso mejor que la espada preta que mi abuela guisa empeñada. Todo acto humano termina incidiendo por obra de su egoísmo, por mucho que ello quiera negarse.

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