La Lección del Holocausto.

Gran cantidad de historiadores han dedicado años enteros a la investigación del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Su obsesión radica en la búsqueda de una respuesta al «fallo europeo» y al método de exterminio industrial utilizado para llevar a cabo de manera sistemática el genocidio: el diseño de la Solución Final como salida al problema judío.

Muchos han sido los postulados y diversas las fuentes utilizadas para llegar a conclusiones interesantes y no lejanas de la realidad: Hannah Arendt señaló a la «Banalidad del Mal» como catalizador para el exterminio; Zymunt Baumaan afirma que el Holocausto solo fue posible gracias a los servicios de la Modernidad; Stanley Milgram, destacado psicólogo señala que fue la «obediencia a la autoridad» y el «estado agentico» (una suerte de accionar automático); Ian Kershaw responsabiliza a la mutación de ciudadanos alemanas a recalcitrantes nazis; Friedrandler apunta a la sempiterna figura autoritaria prusiana enraizada en la psique alemana como autora; y Hilberg culpa al síntoma cuasi generacional del odio antijudio medieval que mutó en antisemitismo. Explicaciones racionales, pero todas con el objetivo de justificar y evadir el temor más profundo que se aloja muy dentro nuestro: ¿que hubiera hecho yo?

Hay que ser claros, el primer objetivo de Hitler no fue el exterminio, no estaba en su plan inicial; ni siquiera los guetos, los campos de concentración o las cámaras de gas. Estas fueron soluciones que fueron evolucionando según el momento político e histórico, como en su momento lo fue el plan Madagascar, abandonado por el alto costo de la operación y la soberanía marítima de los ingleses.

Además, no existe un solo documento, una orden expresa del Führer donde afirme su deseo de exterminar a los Judíos. Lo que sí queda claro es que las iniciativas, bien sean por agradar a Hitler, bien de naturaleza espontánea; no fueron producto de una sistematización emanada desde la cancillería, sino una evolución paulatina y espontánea que desembocó en la Solución Final, acuerdo que se tomó en Wannse.

El exterminio se empezó a considerar cuando las fronteras de las naciones europeas se cerraron para los Judíos, y el mundo entero se convirtió en una trampa; las palabras de Chaim Weizman quién sería posteriormente el primer presidente de Israel lo resumen categóricamente: «El mundo parece estar dividido en dos partes: Una donde los judíos no pueden vivir y la otra donde no pueden entrar».

Fue en la conferencia de Evian, donde el mundo entero le dijo «no» a recibir refugiados judíos. A partir de ahí la violencia fue creciendo y la animosidad contra los Judíos se exacerbó. La cúpula del nazismo vio esto como un punto de partida para radicalizar las salidas al problema judío.


Quizá estas declaraciones suenen polémicas para el ala más conservadora de los estudiosos del Holocausto, o aquellos que consideran que siempre existió en la mentalidad de Hitler el exterminio total de la judería europea y del mundo; es más cómodo pensar que fue la mente desacomodada y desquiciada de algunos locos ideólogos los que diseñaron el Holocausto, y no la misma iniciativa de ciudadanos cultivados, filósofos, profesores, científicos y doctores. Primo Levi lo señala bien:

«Los monstruos existen pero son demasiado pocos para ser realmente peligrosos; más peligrosos son los hombres comunes, los funcionarios listos a creer y obedecer sin discutir».

Es menester dejar de ver el Holocausto como un problema europeo y alemán principalmente, y llamarlo como lo que es: una carga que la humanidad entera debe sobrellevar.

Es por ello que explicar el Holocausto como un fallo europeo y una iniciativa meramente alemana, es una forma de inhibir y ex culpar nuestra conciencia. Responsabilizar a Hitler y a los altos mandos del partido nazi y señalar a un colectivo como responsable, brinda un colchón y un escaparate cómodo para no hurgar dentro de los puntos más recónditos de la naturaleza del hombre, de aquello que seríamos capaces de hacer en las condiciones propicias.

El Holocausto no sólo fue posible por las condiciones existentes en Alemania y a las que Hitler dio respuesta; no solo fue posible por hechos coercitivos y leyes que permitían la barbarie; aún en estas condiciones inmorales -y aquí llamo inmoral a aquellas prácticas contrarias al bienestar general y la convivencia pacífica- las personas son capaces de decidir si colaborar y ser parte del engranaje o alejarse y extender la mano.

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