Los seis elementos del emisor

Desde los 15 años hasta bien entrada la veintena, una parte de mi vida fue el teatro, afición a la que dedicaba tiempo y energías. Ensayos y obras, improvisaciones, técnicas y aprendizaje con algunas personas que, además, lo tenían como profesión. Me empapé bien de teatro en ese periodo.

La filología y, por fin, el periodismo, sí que formaron parte de mi profesión. Y sentía cómo en todo lo que hacía el teatro siempre me ofrecía alguna salida para utilizar en distintas situaciones. De los elementos de una escena he extraído aquellos que son propios de la comunicación por parte del emisor. Se trata de los recursos en los que cimienta la comunicación para conseguir transmitir de forma completa y que, además, podemos extrapolar a casi cualquier tipo de lenguaje: escrito, audiovisual…

  • Expresión y forma: el cuerpo y su total control es indispensable para moverse en el escenario. Hemos de notar cada músculo de nuestra geografía corporal, saber tensarlo y destensarlo a nuestro antojo, ser conscientes de cada movimiento, cada gesto. La brusquedad o suavidad de nuestros pasos, la profundidad o desafío de nuestras miradas. Si es la cabeza, el pecho o la zona pélvica la que dirige nuestros avances por el escenario. La economía del movimiento. Todo eso es perfectamente extrapolable a la forma de nuestros contenidos: la fluidez con que navegan por el texto nuestras palabras, los ritmos establecidos, la cantidad de líneas por párrafo, la claridad de las ideas plasmadas mediante palabras, planos, el uso de colores o filtros, la contundencia de lo que estamos comunicando. Sin lugar a dudas, existe un evidente símil entre la comunicación y el teatro.
  • Contenido y guión: el emisor tiene un contenido, algo que contar, ya sea un actor sobre las tablas o un articulista o bloguero. Se trata de la trama argumental sobre la que camina y a través de la que dirige la comunicación. En el caso del texto es el guión, la obra en sí. Una parte fundamental se basa en el aprendizaje de los diálogos, de lo que previamente un autor ha escrito. Toda persona que comunica lo hace también sobre una base, que no es más que lo que quiere transmitir: una anécdota, un sentimiento, una película, unos hechos concretos. El emisor, en su cabeza, guioniza el contenido de lo que quiere narrar, forma el storytelling que nutrirá de forma y expresión para hacerlo más dinámico, para darle más credibilidad y, en definitiva, para que llegue mejor al receptor.
  • Improvisación: pero no solo de guión vive el buen comunicador. Con o sin guión, el emisor ha de improvisar continuamente. Y a eso también se aprende en teatro, a tener las nociones básicas del funcionamiento de una escena, conocer sus elementos para poder así desarrollarlos a través de los propios conocimientos. Es decir, utilizar el contenido que ya tenemos, que no es más que nuestro bagaje y experiencia, nuestros conocimientos previamente adquiridos. Por ejemplo, en una sesión de preguntas y respuestas, en una entrevista o una conversación, el emisor está improvisando continuamente.
  • El conflicto y la oportunidad: ¿Por qué escribimos el guión? ¿Cuál es la trama? En toda escena de teatro existe un conflicto entre dos o más personajes. Uno es el protagonista (el que pide algo) y otro el antagonista (quien niega), y existe una urgencia para que el protagonista consiga lo que necesita. Entonces surge el conflicto. En la comunicación, cuando estamos expresando una idea, de alguna forma se contrapone a la audiencia porque es nueva, es diferente, es arriesgada, trae avances, es sorprendente. O justo por lo contrario, porque no aporta nada. Está despertando una emoción, una oportunidad de lograr convencer a los interlocutores, de establecer algún tipo de contacto con ellos.
  • La voz y el tono: también es expresividad, pero ahora usamos la voz, los tonos, los personajes. Interpretamos los papeles que nos tocan en función de nuestra proyección personal. En el escenario, no hablamos igual de Romeo que de Cyrano de Bergerac, no es lo mismo ser Don Juan que Lisandro. El branding actúa fuerte aquí. Y también el momento en el que nos encontramos y lo que deseamos transmitir. Don Juan habla con Doña Inés de forma distinta que cuando lo hace con Don Luis Mejías, está claro. El público al que nos dirigimos, el contexto, lo que queremos comunicar. Masticamos cada uno de estos detalles para que nuestras ideas se perciban lo más parecido a su representación en nuestra mente.
  • La respiración y los tiempos: también cuando no comunicamos estamos comunicando. Las horas en las que no tuiteamos, el momento del trago de agua en una charla, la mirada sostenida del actor resignado. Las pausas que le damos a nuestros lectores del blog o a nuestros oyentes entre post y post, entre disco y disco. En los silencios se asume, se saborea, se intensifica la comunicación.

El desarrollo de cada una de estas disciplinas a través de ejercicios prácticos, teoría, de un aprendizaje a base de ensayos, estudio y comprensión puede hacernos más completos a la hora de querer expresarnos ante un público en un foro, un escenario, una clase, un blog, un vídeo.

Comunicar no es solo escribir un post en Facebook, no es solo que te llamen para dar una charla. Es que, después de eso, el público se quede con ganas de más.

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