Estoy de viaje

Por aquí la gente se te queda mirando como si normalmente no vieran personas pasar. Llega uno por estos pueblos y antes de doblar la esquina ya hay un lugareño esperando a ver cómo pasas, si con gracia o torpeza. Quizás juegan y tienen casas de apuestas sobre cómo será el próximo visitante, y por eso atienden todos tan ensimismados. Consiguen así que sus pueblos parezcan muertos. Tan poca vida parece haber que cuando va alguien de paso a tomar el café y echar gasolina, los vecinos huelen que hay alguien nuevo y acuden a la calle principal a mirarlo. Las flores recuperan su color y hasta el azul del cielo se ve más azul, el sol se atreve a salir más y hasta los perros menean la cola entusiasmados. Los habitantes te miran y susurran extrañados que eres forastero mientras se ajustan la boina. Y la vida se vuelve a parar cuando sigues tu camino y sales del pueblo. Las flores se marchitan y los árboles se encogen. Los vecinos vuelven a sus casas y a uno le da por pensar qué pasará con esos pequeños pueblos que no son ni de paso. Quizás solo son sitios por donde a la vida se le ha olvidado pasar.