No recordaba haberla visto desde aquella tarde de azahar en el Kiosco de las Flores. Otras muchas tardes de incienso, sofoco y hojas marchitas pasaron desde entonces, y me creí a salvo de ella. Me rondaba en las mañanas de frío y bancadas en la Real Fábrica de Tabacos, y alguna vez me siguió por los alrededores de la torre albarrana que nunca fue de oro. Estaba allí en la más estruendosa compañía y en la más desoladora de las calmas. Me di cuenta mucho más tarde, y nunca podré agradecer su incesante e ineludible compañía.