El Benzema que nos contaron; el Benzema que ha sido

Por aquellos días, Marca informaba de que David Villa estaba atado y que dejaba la blanca del Valencia por la blanca del Madrid. Un cambio inesperado de directiva en el Turia truncaría un acuerdo que el diario líder dio por hecho. Habían llegado a la capital Kaká y Cristiano Ronaldo; faltaba un tercer espada para rematar el cartel. En poco más de tres meses se habían encajado sendas goleadas (4–0 frente al Liverpool; 2–6 contra el Barcelona) que certificaban que la diferencia con los punteros locales y continentales se hacía más grande. Calderón había dimitido en enero. Florentino volvía por aclamación, sin elecciones, y dispuesto a hacer en un verano el esfuerzo (económico) de tres.

Y a Lyon, a la banlieue, fue el presidente Pérez. Y en su casa lo convenció. Karim Benzema (1987) era el nueve elegido. Sobre el francés recaía parte de la responsabilidad: tocaba recobrar el impulso en la Liga doméstica y superar los octavos en Europa, muro no salvado desde 2005.

De Benzema, buenas cifras goleadoras en Francia con el entonces puntero Olympique de Lyon, nos dijeron que se parecía a Ronaldo Nazario y supusimos que tendría la potencia y el regate de aquel primer Ronaldo, el de antes de la lesión, y la efectividad y el disparo del segundo O fenómeno, renacido tras el Mundial de 2002 y disfrutado en una versión menos salvaje que la original durante los siguientes cursos por el Bernabéu –aunque no faltaron reproches recíprocos–.

No tardaríamos en descubrir que tal comparación, como tantas otras leídas y escuchadas, resultaba tan excesiva como peligrosa para quien había aterrizado en Concha Espina con sólo 21 años. Benzema era un delantero por descubrir, quizás también por hacer, que luchaba por un hueco en la delantera con Cristiano, Kaká, Higuaín, Raúl y Van Nistelrooy.

Karim Benzema en la temporada 2010/2011./ Jan S0L0 (Flickr)

El paso del tiempo, de los partidos, los campeonatos y las temporadas, fue certificando lo exagerado del marco ideado. No, Benzema no era potente ni matador. Sus defensores, que siempre los tuvo y aún conserva en buen número, elaboraron una nueva narrativa sobre el galo. Y el relato propuesto, ganador dada su resistencia e inclusión en el imaginario colectivo madridista, lo definiría como talentoso, delicado, hábil y generoso. Benzema era un nueve con el talento de un diez, aseguraban. Y en aquel Madrid físico y atlético de Mourinho, contrapuesto al barroquismo del Barcelona o la selección española, aquello era mucho.

La hegemonía de la pelota y el juego bonito han sido obsesiones cíclicas de (una parte de) la parroquia de Chamartín; la quinta del Buitre y los Galácticos, dos de sus mejores ejemplos. Dada la diferencia entre el Madrid y el Barcelona de entonces, la receta para recuperar la gloria pasaría, según aquellos, por imitar su modelo de éxito. A saber, posesión, centrocampistas de toque corto pero rápido y cierta capacidad para ver los espacios y las espaldas de las defensas rivales. Porque Benzema, pensaban, sí encajaría si vistiera la azulgrana. Se trataba, en definitiva, de crearle un ecosistema favorable.

Llegó 2012 y la Liga de los 100 puntos y los 121 goles con Mourinho el defensivo (sic). Meses antes, mediada la temporada anterior –primera del portugués– el entrenador compararía a Benzema con un gato y a Higuaín con un perro. Como el símil hacía referencia a la habilidad para cazar, el delantero argentino saldría mejor parado que el francés, de quien quedaba la duda de su voracidad en el área. Ambos atacantes firmaron una treintena de goles el curso que se cerró con la conquista del campeonato, con Ronaldo por encima del medio centenar.

Se planteó entonces uno de esos juegos de suma cero tan habituales en los debates que rodean al Madrid. Son debates de blanco y negro, de adscripción obligatoria a uno de los bandos. En un lado estaba Higuaín, revestido de lucha, sacrificio y presencia permanente; en el otro, Benzema, cuyos atributos eran la elegancia, la generación de juego y un mejor acople con el ya incuestionable CR7. No cabían terceras vías. El deseo del Pipa de disfrutar de más minutos y sus célebres fallos en los partidos grandes decantaron la balanza del lado de Karim. Higuaín se marchó a Nápoles.

Mantuvo la titularidad con Ancelotti y en aquellos meses postreros de 2014, levantada por fin la Décima, rayó a gran nivel. Repitió buenas sensaciones en el trimestre en el que Rafa Benítez dirigió al equipo. Nótese cómo disfrutó de periodos de éxito, pero asimismo los tuvo de escasez, de poca presencia. También entonces le llegó el affaire con su selección: primero pitos, después exclusión. Su vida extradeportiva y la identidad de los hijos de la emigración en Francia eran los ingredientes de un cóctel amargo.

Los debates sobre Benzema en Madrid, mientras tanto, abordaban el peso real de sus aportaciones tangibles e intangibles, la idoneidad de su inclusión permanente en el once y la necesidad de buscarle un competidor por el puesto. Cada crisis la solventaba el galo con una actuación convincente, un buen partido, algún gol decisivo o un detalle espectacular. Surgió entonces, entre sus críticos, la teoría de que el nueve blanco necesitaba muy poco para ser bien valorado. Un simple fogonazo eclipsaba largos pasajes de pobre contribución.

Es la campaña anterior la que otorga visos de credibilidad a dicha teoría. En el primer tramo de la temporada, cuando arrecian los reproches ante sus malos números, firma dos goles contra el Borussia Dortmund; en la recta final del curso origina, entre tres defensores rojiblancos y junto a la línea de fondo, el gol que clasifica al Madrid para la máxima final continental. No le relega al banco la presencia de Morata en el plantel: Benzema es el titular en todos los partidos importantes.

El Madrid de los últimos cinco años levanta títulos, puede presumir de gestas, entendiendo como tales las victorias en grandes estadios o en condiciones difíciles, y de un alto nivel competitivo. Un Madrid ganador, en términos cuantitativos y cualitativos. Benzema forma parte de esos éxitos. Se le puede ver en las fotos de póster que cuelgan orgullosos los aficionados, se sabe que ha sido de la partida en las noches recientes más grandes del club.

Sí, estuvo aquellos jours de gloire. Pero dejó poco más que su presencia. Las cifras de goles en cuartos de final, semifinales y finales de los torneos con ronda de eliminación o a partido único muestran su ínfima aportación. Sólo es decisivo en la final del Mundial de Clubes de 2016; poco aporta en los otros ocho títulos internacionales recientes. Algo más se le ve en la Copa de 2014 y en las sucesivas Supercopas nacionales. Las siete semifinales seguidas de Champions las completa con sólo dos tantos. Frente al Barça suma actuaciones interesantes, muy pocas contra el Atleti. Pero, ¿recordamos alguno de los partidos grandes de este Madrid por la contribución diferencial de Benzema?

Sin embargo, mantiene su puesto entre los de inicio. Las razones más extendidas para explicarlo son la de su amistad con Florentino Pérez y la del paisanaje con Zidane. Hay también argumentos históricos que plantean si le pudo ayudar aquella crítica del también denostado por los suyos Mourinho o que sus pares en el puesto, Chicharito o Mayoral, no ofrecieron más garantías. También hay explicaciones culturales, como su tan traída elegancia sobre el campo o su búsqueda permanente del pase extra. No faltan, claro, las teorías futbolísticas, tales su empleo en el primer palo para la defensa de los saques de esquina en contra (?) o que Ronaldo juegue más cómodo con él al lado.

Más pegas que se ponen al desempeño del delantero del Madrid vienen por su falta de ardor, por esa frialdad tan bien glosada por sus fans y que tanto rechazan quienes lo refutan. No es futbolista de carreras tribuneras; tampoco tiene la nacionalidad española ni procede de la cantera. Carece, pues, de esa cuota racial tan manida ante el primer traspié del equipo. Arrastra el estigma [Manolo] Velázquez, una disposición que pudieron heredar Martín Vázquez o Guti y que surge del recuento (escaso) de kilómetros y gotas de sudor. En cambio, debe agradecer haber sido un fichaje no muy caro y que su sueldo no figure entre los más elevados.

Su promedio goleador sigue siendo superior al de algunos delanteros intocables en el Olimpo blanco, como Santillana, Butragueño o Raúl. Ocupa el séptimo lugar en la clasificación histórica de realizadores madridistas. El Benzema colaborador, otro mito que sobre él circula, también figura entre los más destacados en cuanto a las asistencias, aunque Ronaldo lo supera. Los nueve cursos con el portugués en el equipo son fecundos en goles. Hay viento de cola frente al arco del contrincante; se superan el centenar en Liga y la treintena en Europa varios cursos.

Pero desde 2015 y en adelante las cifras goleadoras de Benzema bajan. Dramático es su 2017, el año de los cinco títulos del Madrid. Entre enero y diciembre sólo firma catorce dianas, muy lejos de las 56 de Harry Kane, las 54 de Leo Messi o las 53 de su compañero Ronaldo. En el Bernabéu sólo es capaz de anotar tres tantos, los mismos que el diez culé. Casi sesenta futbolistas de la Liga superan su bagaje frente a la meta rival en las 17 primeras jornadas disputadas. Morata y Mariano, suplentes el curso anterior, destacan en Inglaterra y Francia.

La afición detecta sus horribles actuaciones. Las pitadas en Chamartín son continuas y van a más. Parece que el francés ha llegado a un punto de no retorno. Y se antoja difícil que en lo sucesivo pueda protegerlo aquel latiguillo, empleado con otros, de ‘con lo que nos ha dado’. En su decadencia no habrá misericordia ni compasión. En el juicio sobre su legado tocará responder a cuestiones como dónde estuvo aquel partido importante y en cuántos de aquellos encuentros contribuyó decisivamente. Tan cartesiano, fue despojado de la épica. Pero la estadística también es interpretable.

Será este el Madrid de Ronaldo, el Madrid de Ramos o el Madrid de Modric. Pero no será el de Benzema, tan ausente tantas veces.

Qué quedará de Karim cuando se vaya, cómo le recordaremos.