El discreto favor de la efectividad: cómo gobierna el PP
Se suceden las crísis de corrupción que sacuden al Partido Popular. La proximidad de algunos de los tótems del partido con las tramas investigadas, Lezo recientemente, Gürtel y Púnica antes, reabre el debate sobre la asunción de responsabilidades en Génova y Moncloa mientras dificulta la acción de un Gobierno en minoría parlamentaria. La participación de determinados cargos públicos del PP en dichos casos lastra la percepción ciudadana sobre la formación, aunque no daña definitivamente su capacidad para alcanzar el poder. Si bien su apoyo ha caído, sin apenas excepción, tanto en el ámbito nacional como en el regional y el municipal, el partido de centroderecha ha sido el preferido por los españoles en 2015 y 2016. Mariano Rajoy sigue liderando el Ejecutivo y resiste los embates que cada sumario provoca en su entorno.
Pero en las estrechas victorias el PP se ha dejado millones de votos. Su éxito reside en la división, en dos mitades iguales, del electorado de izquierdas. En definitiva, la suerte popular viene marcada por la coyuntura. La atomización del panorama partidista ha favorecido a quien ya estaba asentado en el poder central y al hemisferio bipartidista cuya némesis, Ciudadanos en el caso del PP, no ha conseguido consolidarse como alternativa inmediata –sí Podemos en su lucha contra el PSOE–. Sin embargo, el sillón rector no consagra a un partido que suma años dominando los resortes del poder pero que cuya herencia ideológica se desconoce. Porque en definitiva, ¿cuál es su proyecto para España?
No son pocas las voces (propias) que claman ante la desventaja popular en la batalla de las ideas. El PP aguanta en el poder sin generar una manera propia de gobernar y sin exhibir otros méritos que no sean los estrictamente económicos. En los años noventa, refundado y agrupado alrededor de una sola marca –frente a la sopa de letras de la década anterior–, José María Aznar llegaba a La Moncloa prometiendo regeneración (propuesta clásica en la política española contemporánea). Tras ocho años y un regreso doloroso a la oposición, el PP consideró que su tiempo lo habían marcado la limpieza y una excelente gestión. Hoy, tras la secuencia de casos de corrupción sufridos, sólo les queda exhibir efectividad.

La retórica del PP es la de una marca que vende estabilidad, buena marcha de la economía, seriedad y pocas ocurrencias. Habrá quienes cuestionen el recetario y aseguren que la estabilidad no llega a las instituciones ni alivia las tensiones territoriales, que la economía se recupera por el esfuerzo colectivo de la ciudadanía y en consonancia con la teoría de los ciclos, que la seriedad no se traduce en honradez y que las pocas ocurrencias no esconden apaños con nacionalistas (sirva como ejemplo el presupuestario con el PNV) ni son otra cosa que un peligroso pasotismo que roza el inmovilismo.
La izquierda enarbola la social como una de sus banderas. También su capacidad integradora en cuestiones como la catalana. De la izquierda es patrimonio el bienestar, la sanidad y educación pública, gran parte de las infraestructuras construidas en las tres últimas décadas y la distribución expansiva de los recursos. También símbolos como la modernización de España o la preocupación por las clases populares. Enfrente, a la derecha no le quedan más argumentos que su respeto por los pilares sociales, la unidad nacional, una cierta ortodoxia fiscal, alguna rebaja de impuestos y la buena marcha de los números mientras han gobernado.
El centroderecha en España no fabrica ideas. No al menos quienes han liderado al partido en los últimos lustros. Su doctrina, el ADN, se resume en la eficacia. Efectividad y cifras, sin importar con qué recetas, qué maneras y caminos. Tal renuncia, en la guerra de la retórica, ha desideologizado al PP. El propio Rajoy, en el Congreso de Valencia de 2008, animó a liberales y conservadores a marcharse a partidos tales si no estaban cómodos en el suyo. Despojado de envoltorios clásicos, la etiqueta que define a la formación no parece mejorar la visión que del mismo tiene el conjunto de la sociedad ni redunda en una mayor implicación de las bases. Al contrario, el atractivo popular mengua y se reduce a la elección de su papeleta como mal menor. Nosotros o el caos.
Esta despolitización del PP, sin embargo, no parece un descuido ni una omisión involuntaria. Al contrario, la renuncia discursiva, el vacío de propuestas, se llena con datos, estadísticas y análisis comparativos. “Es la economía, estúpido”, pensarán en las salas de máquinas de Génova. Que los indicadores sean positivos y los votantes se convenzan de que el resto no puede ofrecer nada mejor. Que quienes hayan de escoger una papeleta premien el perfil bajo del Gobierno en tiempos de populismo en Occidente y partidos extremistas emergentes.
El PP ha propuesto un atajo: somos efectivos. Ese es su atractivo y principal referencia. El recurso es un anzuelo para el votante pragmático y sin una preferencia ideológica fuerte. Frente a la multiplicación de la oferta y las llamadas a la nueva política y otras formas inexploradas de hacerla, la seriedad de lo conocido, la certidumbre y la estabilidad. Nótese que algunos de estos conceptos son de empleo frecuente en los discursos de sus dirigentes e incluso en los eslóganes de las campañas electorales.
La simplificación evita disonancias, contradicciones y llamadas al orden. Entre los cargos del partido se evitan corrientes y familias. No hay dobles ni triples almas. Sin embargo, parte de las bases (¿son realmente 800.000 los militantes?) y una masa crítica de votantes rechaza tamaña reducción. ¿Qué diferencia a esta formación del resto?; ¿y qué de la nada? Desde el PP se aferran al discreto favor de la efectividad*, la oportunidad que brindaría el ejercicio (aseado) del gobierno y que permite al partido en él instalado mantenerse a pesar de la corrupción y la mala valoración del conjunto de la ciudadanía.
Tan repetida bendición de la efectividad, convertida esta en el recurso de quienes se niegan a ahondar en postulados liberales, conservadores o democristianos y explicar desde ellos sus decisiones ejecutivas, acerca el discurrir político a la simple tecnocracia y resta importancia a la función que desempeñan los partidos. La sustitución de ideas por simples datos o la ocultación sistemática de las mismas, aun pudiendo ser eficaz en el corto plazo, representan una potencial debilidad para un partido en horas bajas.
* Expresión extraída del libro La democracia en Europa, de Daniel Innerarity, y considerada por el autor una de las características que legitiman la Unión Europea, otra institución sumida en problemas identitarios y sin la capacidad de atracción de antaño.