El lepenismo que viene: cómo cambiaron Francia y el Frente Nacional

En abril de 2002, primera vuelta de las presidenciales francesas, Jean-Marie Le Pen obtenía un resultado histórico y accedía a una segunda vuelta que se celebraría dos semanas después. El líder frentista rebasaba al Partido Socialista de Lionel Jospin y sólo el conglomerado posgaullista, que optaba a la reelección con Jacques Chirac a la cabeza, recibía más votos que el líder ultra. Tembló la V República. El desenlace, con todo el arco político, medios y poder económico volcados en favor de Chirac, fue favorable al exalcalde de París. Le Pen sólo pudo arañar el 17% de las papeletas, 20 millones menos que su oponente (algo más de 25 millones frente a más de cinco).

Una década y media después, y tras los mandatos de Chirac, Nicolás Sarkozy y François Hollande, el Frente Nacional (FN) ha perdido su halo de excepcionalidad, de accidente. Al frente del partido se mantiene otro Le Pen. Marine, hija del fundador del partido, lidera las encuestas de intención de voto en la primera vuelta y prácticamente todas le otorgan un resultado superior al 40% en la segunda. En quince años, los transcurridos entre la epifanía electoral y la votación que puede llevar al partido al Elíseo, sucesos como el no a la Constitución Europea (2005), la primera gran oleada de violencia en la banlieu (2005), el estallido de la crisis económica (2008), la victoria del FN en las europeas (2014) o la sucesión de atentados yihadistas en París y Niza (2015 y 2016) han contribuido a reforzar el papel de esta formación política, considerada por no pocos como útil y necesaria.

Entre el partido del padre y el de la hija, ambos lo modelaron según sus designios, hay diferencias programáticas, ideológicas y de imagen significativas. Jean-Marie alcanzó su cima en 2002, aprovechando una de las crisis cíclicas del socialismo galo y la escasa simpatía que despertaba Chirac. Aprovechó la popularidad que le brindó François Mitterrand en los ochenta y primeros noventa. Alertaba el presidente de la república de los peligros del radicalismo mientras alimentaba al monstruo para dividir el voto de la derecha. Marine, por su parte, ha logrado que el éxito del FN no dependa de coyunturas favorables. La heredera, líder desde 2011, ha ganado las europeas de 2014, algunos enclaves locales y sólo la unión de conservadores y socialistas le arrebató varias regiones en la segunda vuelta.

Marine Le Pen, líder del FN, en un mitín en París en 2012./ Blandine Le Cain (CC)

¿Qué queda y qué cambió de un FN a otro? En los últimos noventa y primeros 2000, el partido que manda Jean-Marie tiene el discurso y las formas propias de un partido protesta, tradicionalista, sin vocación de mayoría y vinculado sin ambages a la ultraderecha. Hay una pizca de liberalismo en asuntos económicos, cierto vínculo sentimental con el cristianismo, un feroz repudio a la inmigración y un discurso de rechazo al relato establecido sobre determinados asuntos históricos contemporáneos, como Argelia, la ocupación nazi y el régimen de Vichy. Los discursos del líder son con frecuencia incendiarios y llaman a remover la V República. Permanecen ciertos ademanes fascistoides entre las bases y los cuadros dirigentes.

En aquellos años, Francia vive la lepenización de los espíritus. Del hexágono y entre sus ciudadanos brota la idea de que el país vive en un estado de crisis permanente. Los problemas, dificultades no siempre reales según distintos indicadores, sobrepasan lo estrictamente económico y alcanzan cuestiones identitarias y morales. El fantasma también se instala en la clase política, tanto en la izquierda socialdemócrata como en la derecha conservadora. Al FN y su presencia creciente se le atribuirán la operación propagandística de Sarkozy, entonces ministro de Interior, en los suburbios parisinos y la timidez de cierta izquierda en la defensa del proyecto de Constitución comunitaria.

La lepenización de los espíritus, expresión atribuida al ministro de Justicia Robert Badinter y pronunciada antes del cambio de siglo, habría marcado la agenda pública del país en las dos últimas décadas. Su influencia, lejos de minorar, crece. La estrategia de Marine Le Pen ha favorecido la expansión del partido. El viaje emprendido, desde la ultraderecha hasta el neopopulismo, permiten al FN ser la primera fuerza en intención de voto y una alternativa con posibilidades de imponerse a cualquier candidatura la próxima primavera.

El recetario vigente ha cambiado ingredientes antes sagrados. El actual FN rechaza el liberalismo y reclama como propio al Estado intervencionista. El guiño chovinista le ha garantizado un apoyo importante entre las capas populares. A las mismas mima con proclamas en las que alaba su virtud mientras critica la corrupción de los arriba. Si el padre consiguió captar a más de cinco millones de enfadados con el establishment en 2002, la hija podría triplicar o cuadruplicar el número aprovechando el hartazgo de muchos con la globalización, la desindustrialización y las cuestiones fiscales, laborales y salariales. Amplias zonas meridionales, antaño feudos socialistas y comunistas, son bastiones frentistas desde los tiempos de Jean-Marie. Allí caló el mensaje xenófobo. En el norte, obrero pero desindustrializado, la marea se extiende con ideas proteccionistas, sociales y populares.

La banalización del FN, expresión acuñada en los círculos de la nueva derecha francesa, le ha permitido al partido ensanchar su base. Si en 2002 el partido era marcadamente impopular y sutilmente filofascista, el de 2017 es aceptado y asumido. Con Marine Le Pen el FN se hizo respetable y responsable, según el profesor Alexandre Dorna. El mismo autor califica el mensaje de la formación de simple, contundente y seductor. El FN es la solución interclasista y transversal a los problemas de Francia. Lo es no tanto por sus cualidades sino por la ausencia de alternativas creíbles: todas las formulas políticas de derecha y de izquierda han sido probadas y ninguna ofrece grandes resultados.

La sucesora lima el legado derechista paterno en el FN. Pocas invocaciones quedan a la religión y la moral. Se reivindican un Estado fuerte y un laicismo instrumental, ideas insertadas en la psique francesa. También, la fortaleza nacional y el deseo de articular una nueva relación con la Unión Europea y reforzar la soberanía propia. Se mantienen, sin apenas cambio, las posturas sobre la inmigración, la preocupación por la integración de los musulmanes y la asimilación en suelo francés. Lejos de ser rechazadas, por radicales, parecen imponerse como solución. Las propuestas de otros candidatos y partidos abordan estos temas desde un enfoque cada vez más parecido al frentista.

El populismo catch-all-party remplaza al ultraderechismo marginal posterior a 1945. La retórica del FN sigue vinculada a cultura y valores aunque refuerza su oferta con seguridad económica o bienestar. La vocación contestataria mantiene como enemigos a los mismos, partidos, élites financieras, intelligentsia y medios de comunicación, pero las respuestas para luchar contra estos cambian. Aunque la emoción sigue siendo el hilo conductor, Marine Le Pen lleva el partido desde uno de los extremos hasta un espacio difuso donde tienen cabida el amor por la nación, la protección de la identidad, la seguridad frente a la globalización y la denuncia de que son los poderes no elegidos culpables no sólo del aislamiento del partido sino del de gran parte de la población.

Cartel electoral del FN, noviembre de 2012.

Votar FN es mainstream, tendencia. Es la primera fuerza entre los jóvenes, mantiene su pujanza en el sur y el Mediterráneo, crece en áreas septentrionales y se ha convertido en un partido más feminizado. En las presidenciales de 2012, ya con Marine Le Pen de candidata, se redujo la brecha de género -tan favorable a los hombres-. A su alrededor han germinado figuras como Marion Maréchal-Le Pen, su sobrina todavía veinteañera, o Florian Philippot, vicepresidente de la formación y gay. Las responsabilidades que administran ambos se hubieran antojado extrañas en tiempos del fundador.

Frente a la candidata Le Pen hay un Partido Socialista dividido y un candidato, Benoît Hamon, que no despega en las encuestas; en el lado republicano la corrupción cerca a François Fillon. Para Dorna, una izquierda temerosa de ser desposeída de su discurso popular y una derecha que corre el riesgo de ser absorbida. Emmanuel Macron, centrista y ministro con Hollande, se postula como el antídoto ¿gaullista?