El procés semiótico: cuatro décadas de imágenes catalanas

Se atribuye a Manuel Vázquez Montalbán la creación de algunos de los eslóganes que más fortuna han hecho en la última España. Dejó el polifacético barcelonés sentencias como que el Fútbol Club Barcelona era el “ejército desarmado de Cataluña” o que la izquierda caviar de la que también formaba parte añoraba el régimen anterior porque “contra Franco vivíamos mejor”. También habló –parece que su prosa expedía certificados– de la honradez de Jordi Pujol, defendiendo al páter y molt honarable cuando el caso de Banco Catalana hubiera, tal vez, podido llevárselo por delante. La intelligentsia sonreía en aquella primavera de 1984 mientras el PSC se alejaba de un poder que sólo encontraría dos décadas más tarde. Ya saben: el gobierno era para la amalgama convergente, mezcla de nacionalistas, soberanistas, liberales, democristianos y demás familias desde el centro a la derecha; y la izquierda mantenía la pujanza en los temas culturales. Eran los años felices post Transición.

De vuelta al fútbol, tan presente en la Cataluña más reciente, Enric González sitúa la paternidad resucitada del “més que un club” en las cabezas de “tres o cuatro periodistas, que no son más”. El modernísimo Barça se convierte en la punta de lanza de la igual Cataluña en los setenta. Explica el periodista en el número tres de la revista Líbero, durante una conversación con Ernesto Valverde, que aquellos redactores “reescriben la historia y hacen un relato que convierte al Barça en un club muy atractivo”. Preside la institución Agustí Montal y ya “está claro que el franquismo se va acabar y el campo del Barça es bastante grande como para recoger demostraciones de cierto hastío respecto al momento”.

El mito antifranquista había llegado para quedarse. Se sigue empleando cuatro décadas más tarde. La lucha contra la dictadura se ha convertido en la versión dos punto cero de la leyenda iniciática de Wifredo el Velloso, en la fabula para explicarse en el resto de España. Fue tan grande la represión, tal la persecución a sus instituciones, símbolos y lengua, que el archidemocrático procés no hace sino reparar aquellas afrentas perpetradas por el régimen de Franco que nadie más debió sufrir en grado tan elevado.

Alrededor de la marca Cataluña se iba generando un consenso. Y el acuerdo tácito, sin que cupieran disidentes a los que no tachar de reaccionarios o tardofranquistas, duró desde aquellos albores del pujolismo hasta que la reforma del Estatut destrozó aquella idea. Pero hasta entonces, la imagen de la región del noreste se mantuvo paradisiaca. Lo bautizaron el oasis catalán.

Tal referente crecía desde la superioridad. El enemigo, el otro al que se oponía el nacionalismo útil (y garante de la gobernabilidad) era la España atávica, atrasada y poco desarrollada. El supremacismo se disfrazaba de condescendencia, de balanza fiscal y transferencias desde el rico Principado al dependiente mediodía peninsular. La pujanza catalana era perceptible en la economía; también en el prestigio de las instituciones propias y en la producción cultural.

Pujol procuraba tapar al oponente sin mentarlo. Aseguraba que su Cataluña no iba contra nadie. Ellos eran creadores y positivos, en modo alguno reactivos. “Hemos de ser capaces de hacer entender a todos, fuera de aquí, no solamente que con Cataluña no se juega y que no vale el juego sucio, sino que desde nuestra identidad de pueblo estamos dispuestos a colaborar para la construcción general del país, porque nosotros no vamos contra nadie, sino a favor de todos”, clamaba desde el balcón de la Generalitat tras su primera reelección. Le había caído una querella por el affaire Banca Catalana.

La gran Cataluña de anteayer es transversal. Su idea gusta a derechas y a izquierdas, a empresarios y obreros, a burgueses y progres, en el interior rural y en la ficticia Tabarnia, entre mayores y jóvenes. Sin distinción de clivajes. Gusta en la propia región y en el resto del país (la tan española envidia). Decir Cataluña es sinónimo de éxito. Más dinero, más apertura, más liderazgo. Ahí radica la superioridad. Pero es una superioridad nuestra, del conjunto del Estado, se nos recuerda desde Madrid. Es nuestra porque en la región, pese a las pulsiones separatistas –menores y minoritarias–, hay lealtad a la España democrática y del Estado de las autonomías. Cataluña es, en definitiva, lo que anhelamos ser, lo que en el resto del país tardaremos décadas o siglos en conseguir. Cataluña era el faro del progreso, contrapuesta a la conservadora Castilla y al retraso del sur español.

A la visión idílica del oasis ayudaba que no existiera una ETA asesina. Era fácil establecer analogías con el País Vasco, periféricas ambas, gobernadas por nacionalistas de derechas las dos. En Cataluña se habían librado de terroristas que mataran en su nombre. Los crímenes de Terra Lliure eran menos (perversa la dimensión cuantitativa del horror) y la banda terminó disolviéndose en 1991. Las bondades del diálogo: otra metáfora, más lenguaje.

En las etiquetas demostraba su capacidad la ingeniería nacionalista. La Cataluña que llamaba charnegos a los llegados desde Murcia, Andalucía y Extremadura, la del Pijoaparte de Marsé, no era acusada de etnicismo por establecer diferencias en función de la lengua o las costumbres de los llegados. Pero la etiqueta resistió. Y si lo hacían las que podían conllevar daños, cómo no iban a triunfar las positivas. A saber, aquel federalismo latente, el pluripartidismo en el Parlament y la cercanía con Francia y el arco mediterráneo. Se podía presumir de muchos de los hitos que a Cataluña le habían sido dados por mor de la historia, la geografía, quizás la coyuntura.

El éxito de los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 hinchó el globo. Los fastos deportivos devendrían en atributos como convivencia, integración entre culturas y apertura al mundo. Nacía la Barcelona turística. La propia transformación urbanística se convertiría en la metáfora del cambio de la ciudad. Se recuperó el puerto y se redescubrió el Mediterráneo, se construyeron infraestructuras pensando en la funcionalidad y el legado, se mejoraron calles y vías de gran capacidad, se armonizó el trazado. La canción de la ceremonia de clausura, Amigos para siempre, amic per sempre, coronaba una operación de publicidad majestuosa y cuyos réditos aún se disfrutan. La España que a través del Gobierno había financiado una gran parte de las inversiones reclamaría una cuota menor. Aquella Barcelona de los prodigios culminaba un 1992 para el recuerdo. A sumar Expo universal, quinto centenario del descubrimiento y capitalidad europea de la cultura.

Los padres de la Cataluña post 78 sabían que en la cultura se jugaba la suerte del modelo. La batalla se daría a través de los medios de comunicación y en la educación, también propiciando una serie de códigos y conductas (subvencionando propuestas de artistas próximos, creando una industria cultural potente) que los suyos pudieran compartir orgullosos. La primera desconexión fue aquella. “Éramos europeos, vestíamos moderno y creíamos que nos divertíamos e instruíamos como en Berlín o Ámsterdam”, contaba Ramón González Ferriz en El Confidencial explicando aquella hegemonía cultural catalana binaria, tan convergente como progre.

Porque entonces, tiempos calmados del pujolismo, a los pocos secesionistas en ejercicio, tan a las bravas que parecían precisamente españoles, les decían trasnochados en público mientras les consentían un espacio visible. Las paradojas catalanas permitían, sin sonrojo de los protagonistas ni de los rapsodas que lo contaban, que Pujol júnior (enrolado en las juventudes convergentes) organizara la pitada al himno español en la apertura de los Juegos Olímpicos mientras Pujol sénior la presidia junto a los reyes, el presidente González y el alcalde Maragall. La puta y la ramoneta consistía en exprimir al Gobierno central pidiendo inversiones e infraestructuras a cambio del apoyo en las Cortes Generales: inteligencia para los propios, capacidad de negociación y pactismo para los ajenos. El seny y la rauxa, atributos catalanísimos, enfrentaban sentido común con arrebato y delirio. Pero tales opuestos encajaban. Sonaba bien la música.

La estrategia de la recatalanización se conoció por la prensa en 1990. El plan del nacionalismo buscaba el corazón de su pueblo. El Programa 2000, así lo llamaron pensando en el milenio próximo, pretendía “inculcar el sentimiento nacionalista en la sociedad catalana, propiciando un férreo control en casi todos sus ámbitos”, explicaba la crónica del entonces no independentista José Antich en El País. El documento defendía la “infiltración de elementos nacionalistas en puestos clave de los medios de comunicación y de los sistemas financiero y educativo”. También había espacio para las ansías expansionistas, a través de los Países Catalanes. Se autocalificaban “nación europea emergente”, y se veían como “nación discriminada que no puede desarrollar libremente su potencial cultural y económico”.

Pocas apuestas llegaron tan lejos como TV3. La radiotelevisión pública, controlada por la Generalitat, acumula quejas por la orientación de sus contendidos. Es el epicentro del procés, la fábrica del independentismo. Allí España ha desaparecido. La pequeña pantalla se ha convertido en el instrumento para la movilización. Giovanni Sartori en Homo videns arguye que el pueblo soberano “opina” sobre todo en función de cómo la televisión le induce a opinar. Y en el hecho de conducir la opinión, el poder de la imagen se coloca en “el centro de todos los procesos de la política contemporánea”. Ahí radica la importancia de la emisora, uno de los pilares para la formación del espíritu nacional en Cataluña.

El prestigio de la secesión decaía, o lo parecía, en los noventa y primeros dos mil. Las guerras de los Balcanes, la desintegración soviética, la fe en la Europa común, la globalización admirada o criticada. Como si el propio discurrir de los acontecimientos, aquel El fin de la Historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, marcara que el tiempo de la separación aún no había llegado. El propio Artur Mas consideraba en 2002 la independencia un concepto “anticuado y un poco oxidado”. La economía crecía, el bienestar crecía. ¿Qué motivos había para querer irse?

En 2003, Convergència pierde el poder. El primer tripartito, autoproclamado catalanista y de izquierdas, suscribe con la nueva oposición el pacto del Tinell. Todo era catalanismo. Porque lo catalán era cool y nadie quería quedarse sin aquella bandera, sin la senyera cuatribarrada con la que envolver la dignidad del territorio. Y al primer anticatalán que creyeron ver, el PP de Aznar, tocó arrinconarlo. Reforma laboral y guerra de Irak –a partir de 2002 la gestión del PP empieza a ser fuertemente contestada– eran los motivos subyacentes para fijar una clausula que impidiera acuerdo alguno con el principal partido de centroderecha. Los firmantes arguyeron que buscaban más autogobierno y calidad democrática.

Llegaba la superstición del progresismo, la carrera para demostrar cómo se podía tejer una sociedad diferente desde la ideología. Poco importaba que en La Moncloa hubiera un gobierno socialdemócrata (así ocurrió entre 2004 y 2011): la batalla por el verdadero progreso (sic) seguía. La competición partía de mitos diferentes: si en el conjunto de España el éxito más tópico era la pertenencia a la clase media y la propiedad en diferentes grados; en Cataluña, la buena posición social la marcaban la cercanía con la burguesía y la participación en la cultura local. Para los primeros había mucho de supervivencia, bienestar y un pellizco de seguridad, mientras que los segundos proyectaban su propia identidad a través de la autorrealización. El ideal compartido de la sociedad catalana era la ilusión y el Estatut su penúltimo propósito. Tan atractivo y dinámico que les emanciparía de la España negra.

Manifestación en julio de 2010 contra la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Cataluña./ Derivada de JuanmaRamos (CC)

“De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón”, dijo Vázquez Montalbán del president catalán cuando Banca Catalana. Dos décadas más tarde, Maragall tiraba la piedra para terminar escondiendo la mano acusando a CiU de mordidas en la contratación de obras. El tres per cent. Tocaba omertá mientras se negociaba un nuevo Estatut. El clan Pujol, padre e hijos, afronta un largo proceso judicial acusado de desfalcos millonarios.

Se vino el 15M. El movimiento sacudió, aunque sin competencia partidista en un primer estadio, la política española y catalana. Con Mas en el Govern, con carteles reivindicativos en español, con los mismos mensajes que en Sol y otras plazas españolas… Tocaba desactivarlo o cambiar su orientación. Que la demanda de más democracia (¿alguien sensato podría pedir –para ganar– menos o peor democracia?) fuera canalizada en favor de Cataluña. Mas quería dinero, ¡ay, la crisis!, pero la Diada de 2012 se desbordó en favor del derecho a decidir. No era el dinero, eran los símbolos.

Y el 9N, primer plebiscito. Lo vendieron como metademocracia. Después el 1O, la solución del problema. Votar era el más puro de los anhelos y expresión de libertad suprema. Amén.

En Madrid se transigió: cuatro décadas de laissez faire, cuarenta años negando que el procés consistiera en infiltrar cualquier resquicio con catalanismo y frente al otro, negando que esa némesis fuera una España revestida de los atributos exactamente opuestos. España no se podía romper, decían los más. Pero el golpe se consumó en octubre de 2017. Aquel mes, cénit del procés, certificaba que en el Principado la mitad de los suyos querían irse y que estaban dispuestos al uso de las instituciones de todos. Moría la retórica pactista y dialogante.

El apaciguamiento con el nacionalismo y la cesión de competencias no habían dado sus frutos. La lealtad pagada no era suficiente, porque la lealtad siempre necesitaba más alimento. La política del estado independiente que no existe sólo persiguió la construcción del mismo. El procesismo se alarga 40 años. Porque había un proceso, una hoja de ruta catalanista, que promovió lo que ha terminado ocurriendo. Y sus líderes lo fueron advirtiendo.

Lo de Cataluña parece, también, un problema de afectos. Como si los catalanes desearan ser queridos en el resto del país porque piensan que ahora no lo son. Acaso se sientan maltratados, piensen que en el reparto de tópicos y estereotipos entre distintas zonas a ellos no les correspondió el que querían o el que creían que proyectaban. E incluso los vascos provocan más sonrisas.

Puede ser verdad: quizás el catalán, o una parte de ellos, no necesite a España porque tiene al resto de Europa al lado. He ahí la desconexión sentimental de quienes tal vez no tengan siquiera familiares repartidos por otras zonas del Estado, como diría TV3. Un lazo menos. Diluida España.

En Cataluña se creó una realidad basada en ser distinto, en distinguirse. El hecho diferencial, aquel sintagma tan manido de la clase política soberanista, no era sino la exageración de cualquier aspecto en el que pudiera mostrarse que la imagen catalana no era la imagen española. No importaba que el símbolo en liza partiera de la realidad o de la mera impostura. “En adelante, de ética y moral hablaremos nosotros. No ellos”. Palabra de Pujol.