¿Es la identidad? ¿Es la economía?

Finalmente el pueblo escocés decidió mantener su estatus. El resultado del referéndum del 18 de septiembre se decantó a favor de la continuidad del territorio en el seno del Reino Unido. La victoria del no, por diez puntos de diferencia, resolvió una campaña que los partidarios de la separación han empleado con más acierto. Quienes defendían la creación de un estado propio tienen, tras el paso por las urnas y después de de una larga campaña previa al plebiscito, más visibilidad y reconocimiento exterior. A la región le transferirán más competencias y reforzará su autonomía. El movimiento nacionalista, más transversal y mejor articulado según se acercaba el día de la votación, se consolida como un influyente actor político en el norte de Gran Bretaña.

El eco de Escocia resuena ahora en el continente. Diversos territorios de distintas naciones aspiran a emular un proceso similar. Una consulta popular vinculante es la esperanza de algunos rincones repartidos por Francia, Italia, España,… Tras el referéndum en las islas, rebrotan los sentimientos nacionalistas. La elección escocesa se ha celebrado tras el acuerdo entre sus gobiernos central y regional, pacto similar al que alcanzaron, por dos veces, las autoridades de Canadá y Quebec en los últimos años del siglo pasado. Sin embargo, la voluntad de ambas partes para preguntar por la soberanía de un territorio no concurre en todos los casos. Botón de muestra es Cataluña, sin acuerdo ni garantías jurídicas para la votación anunciada para el 9 de noviembre.

Quebec y Escocia ofrecen sendos ejemplos de consulta dentro de los márgenes de la ley y nacidos del consenso institucional. Ambas sociedades expresaron su voluntad continuista. No fue suficiente la identidad cultural o religiosa propia, sensiblemente diferenciada y base del programa de aquellos que deseaban la ruptura. La economía, otro factor diferencial, resultó más decisiva. Las dos regiones gozan de una posición cómoda, con tasas de paro asumibles y bien dotadas de recursos energéticos, pero se mantienen lejos de las áreas punteras en sus respectivos estados y parte de sus ciudadanos, especialmente los peor posicionados, recela de la aventura en solitario. En Canadá las provincias más ricas son Ontario, en el centro, y las de la costa pacífica, mientras que en el Reino Unido la riqueza se concentra principalmente en Londres y su entorno metropolitano.

Hacia la independencia (o hacia el sí en el referéndum que pregunta por la misma) se llega por diferentes caminos. Las estrategias mezclan argumentos de todo tipo, en función de la realidad de la región a escindir. Mientras que el independentismo escocés ha incorporado banderas sociales propias de la izquierda, el padano crece desde un discurso de férreo control de la inmigración, libre mercado y plena autonomía tributaria. Otros, como el catalán, se construyen desde la mezcla de unos y otros elementos, con un abanico argumental que abarca desde la fiscalidad hasta la catalanidad de territorios ajenos a la actual demarcación del Principado. Cualquiera de los modelos, también los de los unionistas, puede cambiar y adaptarse según la necesidad discursiva.

Durante el primer tramo de la campaña en Escocia los partidarios de la independencia agitaron la cuestión identitaria e histórica. Pero la propuesta no calaba en el electorado y las encuestas mostraban al sí muy lejos del no. Por su parte, los contrarios a la escisión manejaban como recursos fundamentales aquellos relacionados con la economía. La libra, las aduanas y la dependencia de financiación externa en caso de ruptura supondrían un alto coste para el nuevo estado. Hasta unas semanas antes de la votación no se incorporaron al debate las cuestiones sociales. Un modelo social opuesto al programa torie ha sido la oferta estrella de Alex Salmond, líder nacionalista escocés. La idea sedujo, incorporó a una porción destacable de la bolsa de indecisos, y terminó llevando al sí hasta un 45% de los apoyos.

La cuestión soberana resurgió como pilar central de la política catalana dos veranos atrás. El president Artur Mas y su gobierno promovieron la petición de un pacto fiscal -para establecer una nueva relación entre las haciendas central y autonómica- como argumento de la Diada de 2012. La fuerza de aquel evento, multitudinario y en el que se reivindicó abiertamente la independencia, provocó un anticipo electoral y aceleró el debate sobre la permanencia en España. Sin pacto que posibilite el referéndum, el nacionalismo catalán se aferra a la movilización ciudadana y a una dudosa permanencia en Europa. Las posiciones económicas se dividen entre la mejoría que supondría la gestión total de la recaudación tributaria y la incertidumbre por cómo asumir un gasto social ahora compartido (pensiones, sanidad,…) y no perder capacidad exportadora.

En Italia se agita el espíritu secesionista en el norte del país. La separación de la Padania, un territorio histórico dividido entre varias provincias septentrionales, es una vieja aspiración de ciertos sectores políticos, ciudadanos y empresariales. El valle de los Alpes meridionales es una comarca próspera, puntera en el continente y abruptamente superior al empobrecido sur italiano. Fuerzas políticas como la Liga Norte proponen una ruptura. El hecho diferencial primigenio fue estrictamente económico. La derogación (o minimización) de la transferencia de rentas para la solidaridad interterritorial entre norte y sur es el principal leitmotiv de los partidos nacionalistas padanos. Baviera, en menor medida, también afronta un rebrote de tensión entre estado federado y federación. El länder sureño es manifiestamente más pudiente que aquellos integrados tras la reunificación, hacia los que se deriva gran parte del esfuerzo fiscal de los alemanes.

Acto político de la Liga Norte en Pontida (provincia de Bergamo, región de Lombardía), en abril de 2013./ Fabio Visconti (CC).

Francia, considerada una de las grandes naciones más uniformes del continente, también convive con nacionalismos periféricos en su seno, en el espacio de Bretaña, Córcega y la Occitania. A diferencia de los casos internos de Alemania e Italia, donde prima la división económica y son partidos de derecha los que capitalizan el movimiento, la clave de las reivindicaciones bretonas, corsas y occitanas es principalmente cultural. Las regiones galas potencialmente separatistas son menos ricas que el área metropolitana de París y el industrializado centro y norte del hexágono. El nacionalismo flamenco, en el norte de Bélgica, construye una suerte de relato mixto que combina un hecho cultural diferenciado (lengua neerlandesa y clara influencia de los Países Bajos) con un desarrollo económico muy superior en la zona de Flandes respecto a la desindustrializada -y francófona- Valonia.

Identidad y economía son por tanto, dos de los factores que más influyen en los procesos soberanistas que recorren el viejo continente y que regresan con brío tras la celebración de la consulta en Escocia. La capacidad de una y otra por separado se ha demostrado insuficiente. Sólo la fusión de ambas, amén de la incorporación de algunas banderas sociales y una estrategia de clara diferenciación entre la estructura posible y la estructura existente pueden conducir al éxito. El ejemplo escocés, otra victoria nacionalista amarga e incompleta, ofrece valiosas lecciones a separatistas y unionistas, a gobiernos autónomos y centrales y a partidos de cualquier ideología.