La abstención del PP: una alternativa con incentivos para el ganador
El resultado de las elecciones del 20D no facilita una investidura razonable. De las urnas no salió ninguna mayoría clara atendiendo a la lógica de la ideología (salvo una alianza de izquierdas, desde el PSOE a Bildu, que contara con la abstención de algún nacionalista centrado) y la negociación para encontrar gobierno permanece encallada. El PP, con su presidente a la cabeza, reclama la presidencia y esgrime como argumento su primer puesto, la victoria en casi 40 circunscripciones y la mayoría absoluta en el Senado. La reelección de Mariano Rajoy pasa por la abstención del PSOE, dado lo improbable de repetir un pacto similar al que en 1996 llevó a José María Aznar al poder (con nacionalistas vascos y catalanes, a quienes ahora se habría de sumar Ciudadanos).
El PSOE, temeroso ante una posible pasokización, se niega a volver a sentar en el sillón de la Moncloa a su actual dueño. En el entorno europeo más cercano, son varios los países donde el partido socialdemócrata local apoya un ejecutivo comandado por fuerzas conservadoras. El caso más evidente, y más expuesto en las últimas fechas, es el de Alemania, donde las dos principales formaciones del país sustentan el gobierno y en el que el SPD no mengua en las encuestas por su apoyo a Angela Merkel, ni Die Linke ni Los Verdes están cerca de sobrepasarlo. La formación de una Grosse Koalition a la española choca, de entrada, con el escaso recorrido multipartidista en nuestra democracia. Para encontrar un escenario cuatripartito, aunque más imperfecto que el actual, habría que remontarse hasta 1977 y 1979, cuando Alianza Popular y el Partido Comunista obtenían casi un 10% de los votos y podían tener cierta influencia en la tramitación legislativa.
Los barones socialistas de las federaciones meridionales, único granero de un partido que sigue buscando su suelo electoral, rechazan la investidura de Rajoy pero ponen el mismo ahínco para censurar un posible pacto con Podemos. Barones como Guillermo Fernández Vara o Emiliano García-Page se apoyan en la formación morada tanto en Extremadura, donde el PSOE es mayoritario, como en Castilla-La Mancha, donde el PSOE es segunda fuerza por detrás del PP. Su postura se cimenta en la negativa a aprobar un referéndum de autodeterminación en Cataluña, línea roja para los de Pablo Iglesias.
Ciudadanos, cuarta fuerza y con escasa capacidad de influencia en la investidura, podría aportar sus 40 diputados a los 90 socialistas, pero se niega a la celebración de cualquier consulta en el Principado, cuna del partido. La suma, 130 parlamentarios, acerca la investidura si cualquiera de las otras dos fuerzas, PP o Podemos, se abstiene. Ese teórico ejecutivo entre los de Pedro Sánchez y los de Albert Rivera tendría en la geometría variable la fórmula a la que aferrarse para evitar la parálisis. Leyes y presupuesto habrían de ser aprobados con apoyo, o abstención, de las fuerzas de uno u otro lado del espectro ideológico.
(El acuerdo sobre una agenda de actuación social y la remodelación de varias de las leyes del anterior ejecutivo podrían ser un punto en común para la confluencia con Podemos. Bajadas de impuestos y mantener similares directrices económicas posibilitarían una buena relación con el PP –que buscaría erigirse en la oposición única.)
Pero, qué argumentos pueden llevar al PP a pensar que su abstención es positiva. Cabe separar los intereses del partido de los de Rajoy, actores con las mismas motivaciones ahora pero incentivos opuestos si su investidura se rechazara (la opción Soraya Saénz de Santamaría podría interesar al partido pero no a Rajoy, obviamente). Es difícil creer que una confrontación a dos contra Podemos (polarización, hipótesis probable) pueda traer beneficios a un partido que tiene en su actual líder al cabeza de lista peor valorado de los cuatro que concurrieron al 20D y a quien sería difícil arrebatar el número uno en unas nuevas elecciones en primavera. También parece sencillo imaginar mayor sintonía ideológica con el PSOE, segunda fuerza ahora, o con Ciudadanos (¿volverían una parte de sus votantes al PP y perdería capacidad?) que con la formación morada. Una repetición de elecciones, en pocas semanas, podría alterar el equilibrio que dejó el paso por las urnas entre centroderecha (163) e izquierda (161) en favor de los segundos y dejar al PP una legislatura sin capacidad para la iniciativa o el bloqueo legislativos.

El PP buscaría nuevo líder tras 12 años con Rajoy en la rectoría. La etapa del gallego al frente del partido conservador se ha caracterizado por una valoración baja de su labor, casi siempre inferior a la del principal líder del centroizquierda (CIS). Una nueva dirección en Génova habría de depurar un partido al que se asocia con la corrupción. Su papel en la oposición, consolidado como voz única, le convertiría en la alternativa real a un gobierno de casi todos contra él. Todos se alían contra mí y eficacia en la gestión, marcos empleados recurrentemente, serían un arma favorable a los intereses del partido con más afiliados de España, alrededor de 700.000 militantes. De los dos grandes partidos, el único que parece amenazado por el sorpasso en el corto y medio plazo es el PSOE, que podría ser rebasado por Podemos y sus alianzas en la izquierda, y que probablemente necesite del poder y sus altavoces para recuperar espacio ante la pujanza de los recién llegados. Las siglas que más tiempo han gobernado en la democracia española sobreviven gracias a un electorado envejecido, eminentemente rural, de rentas inferiores a la media y con prevalencia de votantes con poca graduación académica. El PP, aun sin atractivo entre los jóvenes y con un decreciente peso en las áreas urbanas (capitalizadas ambas fugas por Ciudadanos), mantiene una importante base electoral de casi 7,5 millones de electores, prácticamente cuatro millones más que el partido naranja, y poder municipal y regional suficiente como para no sentir miedo ante una hipotética suplantación por parte de Ciudadanos.