La caja de ahorros quebró (y en la tele ponían toros)

Supimos que el Gobierno central intervenía Caja Castilla-La Mancha una tarde domingo. Era marzo de 2009. Nos enteramos porque lo dijo la radio. O los digitales de Internet. La televisión pública de la región retransmitía una novillada desde Illescas, uno de aquellos festejos a tres euros los seis astados que tanta gente llevaban a los tendidos de la plaza cubierta. También autobuses llenos. Aquellos certámenes hicieron más por la integración de los municipios de las cinco provincias que muchos de los dineros gastados en publicidad institucional. La fuerza del olé.

Resultaba que la entidad pública era la primera que habría que sostener con fondos públicos. Mientras tanto las autoridades pedían calma, lo consideraban un caso aislado, aseguraban tenerlo todo bajo control y certificaban que los ahorros de los depositantes no corrían peligro. Nuestro sistema bancario ya no era el mejor del mundo ni España estaba en la Champions League de la economía europea. Pero el desastre (parecía que) se podía contener. Bien pensada, la caída de CCM era lógica: la entidad había prestado miles o millones de euros a promociones inmobiliarias varias, financiado el aeropuerto de Ciudad Real y sostenido una política de compra de activos de alto riesgo. Detrás, la mano de los políticos.

Porque de las responsabilidades de los representantes públicos sabíamos (todavía) menos en aquellas primeras horas. La prensa española visitaba oficinas de la entidad repartidas por la región y preguntaba a los clientes por sus temores mientras la CNN estadounidense entrevistaba al presidente Zapatero. Contaba ZP a la audiencia televisiva de la primera potencia mundial que la caja recién intervenida sólo representaba el 0,8% del total del sector bancario patrio. Un alivio.

El presidente de la entidad era Juan Pedro Hernández Moltó. Aquel de “señor [Mariano] Rubio, míreme a los ojos”. Pronunciada en los noventa con motivo de la comisión parlamentaria que investigaba el caso Banesto, resucitaba en aquellos días. La pregunta que el entonces diputado lanzó al supervisor regresaba cual búmeran. Era el nexo entre crisis sistémicas, la cita célebre que ligaba el final de una recesión con el inicio de otra. Entre medias había dinero barato, desarrollos urbanísticos, pelotazos varios, recalificaciones, alcaldes, concejales y obras con dinero público y privado. El desplome de la caja era el colapso del modelo.

Extraída del original de Pere López./ (CC BY-SA 3.0)

La CCM, fusionada con otras iguales de distinto emplazamiento, se llama ahora Liberbank. A los del apparatchik socialista se les escapó de las manos su banca pública. Formada por la unión de varias cajas provinciales en los noventa, el poder político estableció en Cuenca la sede central. Capitalidad para Toledo, tribunal superior para Albacete, gobierno universitario para Ciudad Real y poder financiero para Cuenca. Del proceso judicial derivado llegaron sendas condenas de dos años de prisión para Moltó e Ildedonso Ortega. Nos quedamos sin comisión de investigación ni escándalo en las Cortes. Fue una quiebra quirúrgica: ayudó a quitar al partido en el poder, contribuyó con la alternativa -que instalada en Fuensalida olvidó el tema- y apenas nadie salió damnificado.

Del desplome dejamos de saber días después. El poco ruido se apagó pronto. Nos convencieron de que casi nada pasaba y prefirieron dejar la novillada en la tele regional antes que informar de la decisión del Gobierno central. Era más sencillo asimilar la lógica conocida de los cuernos, aun abrochados, cómodos y afeitados, que a políticos reconvertidos en banqueros defendiendo su gestión. Aquella fue tarde de casta, podrán decir unos y otros. En el albero y en el consejo de administración.