Reflexiones torcidas sobre Álvaro Lorenzo: el día después

Más que una resurrección, tan tentadora etiqueta por el día en que llegó, lo del domingo en Las Ventas tuvo mucho de bienvenida, de presentación en sociedad. Que el protagonista ya era conocido, esperado también, pero de tantas capacidades como exhibió pocos podrán decir que sabían. Aunque en los carros de los ganadores caben muchos, lo del toledano el primero de abril de 2018 fue una de las epifanías más rotundas de los últimos tiempos.

Veamos: novillero con buenas cualidades, poder con el capote y sentido del temple, es apoderado por una de las casas fuertes del negocio. Gana en diferentes certámenes y afronta el tránsito de utreros a cuatreños. En 2016 toma la alternativa (mayo, Nimes) y en 2017 la confirma (mayo, Madrid). No se apaga el brillo de la promesa, pero el aspirante no trasciende de dicha condición.

Le dicen mimado. El adjetivo califica más a sus apoderados que al propio torero. Los hermanos Lozano cuidan los carteles en los que aparece. A saber, ganado, compañeros y plazas. Pero no faltan reproches. En este mundo de sabios y aspirantes a serlo también hay luchas de pureza. Y el más auténtico, signifique eso lo que signifique (quién sabe), gana.

La realidad estropea el mito ñoño. En las próximas semanas de 2018 –contratos firmados antes del zambombazo– su presencia se anuncia en Tomelloso con reses de Castillejo de Huebra (encaste Murube), en Palos de la Frontera frente a astados de Celestino Cuadri (procedencia propia) y en sendas comparecencias en Madrid y la malagueña Antequera ante toros de Bohórquez (también de origen Murube). No han faltado en su carrera los núñez de Alcurrucén ni los muy comerciales domecq. Los de El Torero, de Lola Domecq, incluidos.

La Fiesta es terreno abonado al tópico. Del toledano alababan su muleta castellana, su poder también castellano y la sobriedad y rectitud que parece que tal tierra confiere. El origen explicaría el ethos. Su actuación última en Madrid, la que le ha permitido cortar tres orejas, tiene castellanía y los atributos que a la misma se le adjuntan. Pero tarde tan completa no queda reducida a la cuna. Hubo más.

El tercer toro, bravucón y encastado, parecía superar a Álvaro Lorenzo. Tiró de ligazón, en la que debió de ser la antepenúltima tanda. La concurrencia, de casi diez mil, volvió al olé. Después, y en el epílogo del trasteo, llegaron aquellas bernadinas ajustadísimas. Cercanía, dosis de tremendismo y de uy. Y en el sexto, al que desorejó, le llevaron naturales largos y pases de pecho canónicos, pero también una tanda al natural, ora con la izquierda ora con la derecha.

Fotografía: Plaza 1

Que Lorenzo no fue mimado ni (sólo) castellano. Se impuso a sus toros, nada sencillos, y firmó una tarde excepcional. El conjunto de la obra, capote, lidia de la cuadrilla, muleta y espada, refrenda la cima estadística. Tres orejas, tres.

La narrativa posterior, ese relato propio del aficionado que se alimenta de lo sentido y de lo que recuerda haber visto, disecciona hoy qué pasó en aquellas dos horas y media del domingo gozoso. Ya se sabe, los festejos de toros (los que tienen algo de contenido) se alargan más allá de la muerte del último. Y este lunes pascual tenemos cumbres nunca antes holladas y muchos autobuses repletos de paisanos, recitales y enciclopédicos cossíos abiertos y un exceso que debía quedarse en un apéndice. Y ese pero incrédulo. Ah, ¿esto le servirá de algo?

Pero en los tendidos de la monumental capitalina, desatado aquel orgasmo de olés y pañuelos blancos, el triunfo pareció unánime. Palmas de tango hubo, en la grada del seis y el tendido alto del siete. Quizás aquellos saquen su lado rigorista la siguiente jornada que se topen con el de Toledo. Ayer, cientos le aguardaban en la calle Alcalá. Álvaro Lorenzo saludaba a tantos que tan poco sabían de él. No había euforia, sí alegría sincera. Quizás porque Miliciano y Viscoso sean la primera parada del diestro hacia su nuevo estatus. O tal vez por mimado y castellano seco.