Retóricas y explicaciones del Madrid contemporáneo

Sobre el Madrid de los últimos 25 años se fueron generando una serie de eslóganes que devinieron en verdades establecidas. La narrativa acerca del Madrid la construyó un entorno menos favorable que el de cualquier otro rival, una afición (que se piensa) acostumbrada a la victoria y las actuaciones del propio equipo. En el cuarto de siglo que separa este inicio del 2018 con aquellos primeros noventa, el club blanco ha vivido una profunda transformación económica, social y deportiva, una sucesión de acontecimientos de gran calado que determinan su actual estatus. La propia narrativa de los mismos, cómo se han contado triunfos, fracasos y el mismo discurrir de las temporadas, alteran la percepción de sus aficionados. Es la fragmentación del madridismo, en cualquier caso, los seguidores más numerosos en España.

Entre esos mitos que hicieron fortuna hay algunos tan asentados como el del mal juego recurrente del Madrid. Se trataría de una maldición, una condena perpetua, un muro rara vez franqueado. La preocupación estética parece uno de los quebraderos más recientes (asumiendo el grueso de su historia centenaria) de la parroquia merengue, más importante en su dimensión comparativa, especialmente con el Barcelona, que en el propio disfrute del juego. Difícil se intuye negarle calidad a un club que ha levantado seis copas de Europa en los últimos 20 años, pero la idea del no brillo cala. Salvo en el prólogo del periodo analizado, los primeros años de la Quinta del Buitre, y en el ínterin de los Galácticos, unos tres cursos, el cetro del jogo bonito estuvo en otras manos.

Otro de los clichés mainstream es el de la apuesta por los jugadores españoles cuando estalla la crisis, entendida como tal cualquier mala racha de resultados. La solución, según una parte de la hinchada y muchos de los medios de opinión más seguidos por la misma, pasaría por el regreso a un pasado feliz, identitario, de profunda raigambre con el terruño. Esa vuelta al origen traería felicidad y buenos resultados. Todo es más fácil con aquellos que han mamado madridismo, que saben cómo es la institución. Obvian que el origen de los mejores jugadores del mejor Madrid, el de las cinco copas de Europa seguidas, no era precisamente español y que muchas de las figuras recientes tuvieron o tienen otra nacionalidad. Sería la versión cañí del buy American, hire American.

La incapacidad de la directiva para tejer afinidades y ovaciones entre las demás aficiones, al menos de la liga doméstica, sería otro de los marcos que sobre el Madrid habrían comprado los propios. Las inversiones millonarias, aunque pocos futbolistas pudieron adquirirse a equipos españoles, y los malos gestos, cuestionado y cuestionable esto, de ciertos entrenadores y jugadores explicarían los recibimientos hostiles. Como si nunca antes hubiera existido el antimadridismo y como si no hubiera sido más vehemente en otros tiempos. La solución pasaría por un madridismo condescendiente, que ve virtudes en todos los demás (y sólo defectos en un mismo) y que al señorío habría añadido dosis grandes de flagelación. Así, el Atleti habría merecido levantar la Champions en 2014 y 2016. Un famoso locutor de radio les diría maricomplejines.

Pero no sólo existe negatividad en las retóricas que abordan al Madrid. La llegada del verano o encadenar un par de resultados buenos suelen disparar las expectativas. A saber: el nuevo fichaje es una excelente opción de futuro, el Madrid es favorito para ganarlo todo esta temporada (aunque haya sido la de 2017 la que más cerca se ha estado) y cualquiera de los nuestros es el mejor jugador del mundo en su puesto o muy pronto lo será. Esta Arcadia se adivina pronto como imposible. Cuando la remontada llama a rebato, los antes desilusionados vuelven al mito: asumen que la camiseta del Madrid irradia una fuerza que les concede superpoderes y que hace que quien la porte se convierta en un futbolista sensacional. Como si el escudo metiera goles.

Sorprenden también, y he ahí un posible problema generacional, las llamadas de muchos veteranos en la tribuna a otros de menor edad. Hemos ganado tres de las últimas cuatro copas de Europa, dicen los jóvenes. Pero eso no vale dada la situación actual en Liga, no para este club, responden los más mayores. Es una lucha entre exigentes y quien más pureza muestre gane la batalla retórica. Vale llegar a la intransigencia, a la negación absoluta. Cabe recordar que los nacidos a partir de 1960 han visto las mismas orejonas (las ganadas en color) que los que fueron alumbrados en la década de los ochenta. Es urgente conocer qué hicieron –cómo manifestaron su descontento, a qué jugadores o entrenadores señalaron– los primeros durante tantos años de sinsabores en el continente.

La afición madridista en el Santiago Bernabéu./ Jan S0L0 (CC)

Más allá de ese madridismo simbólico, entre la parábola, la identidad y un extraño orgullo respecto a lo propio, hay otro u otros que explican los tiempos recientes en función del dominio del equipo. Esa hegemonía incompleta, rayana con el concepto gramsciano, deja a los suyos lejos de una tiranía que sí disfrutó en determinados periodos pretéritos. Los éxitos de este Madrid han sido espasmódicos, precedidos de irregularidad y malos partidos, cuando no ridículos. Los cinco lustros anteriores vienen marcados por la falta de consistencia, de empaque. Planteles descosidos habrían terminado ganando títulos por una feliz concurrencia de buen hacer selectivo y azar. Los títulos, por tanto, sirvieron para reproducir mismos vicios en temporadas posteriores. La jerarquía se habría mantenido intacta. Se trataría de un Madrid necesitado de una revolución.

Los altibajos, simas y cimas, habrían desdibujado el arquetipo del juego del Madrid. Sin embargo ese a qué juega nuestro equipo, en el caso de los blancos, no tiene un hilo conductor tan evidente como en el de otros conjuntos. No es posesión ni preciosismo, tampoco defensa y contragolpe. En el Madrid los mínimos comunes denominadores son su espíritu aguerrido y su capacidad anotadora. Nada muy especial aunque efectivo, dada su presencia casi permanente entre los punteros de las competiciones que disputa. Si no puedes ganar, compite. No faltan versiones más apegadas al estilo elegante ni las llamadas a la raza; tampoco, aunque parezcan incompatibles, la mezcla de ambas. Tótum revolútum. También se clama contra la falta de actitud, el no correr. Como decir que el torero no se arrima.

La meritocracia sería uno de los paradigmas más recientes. Es la teoría disruptiva, la que pide medir lo que pasa en el campo, calibrar la aportación individual de cada cual. Aquí no valdría el origen ni el tan traído con lo que nos ha dado. El argumento es tan cerebral que cuesta mantenerlo en un club que se construye sobre la épica deportiva. Supone, en cualquier caso, una aportación curiosa al debate. Los meritocráticos, algo así como los no alineados, pretenderían romper los esquemas tradicionales, las dialécticas de blanco y negro o las directamente oportunistas. Serían más reactivos –contra los propios– que proactivos. Su única propuesta concreta sería la horizontalidad dentro de la plantilla y el enfrentamiento contra el mal establecido. O sea, menos poder para el jugador. Son minoría.

Hay más tópicos sobre el Madrid, un abanico de latiguillos que no explican ni las victorias ni las derrotas. Por qué ha ganado tanto, y tan inesperadamente no pocas de las veces, en el ámbito internacional; por qué no lo hecho con la misma regularidad que en los sesenta y setenta en el local. Ahí convivirían argumentos y contraargumentos, contradictorios cuando se confrontan. Entre otros: la pegada depredadora contra la falta de eficacia frente al área rival; el gran nivel de las individualidades frente a su inoperancia y mal desempeño en las citas de relieve; la adición caótica de egos por la mala planificación del plantel versus la larga plantilla de la que dispone el técnico. En pocas jornadas, incluso en el mismo partido, son defendidos uno y su opuesto.

También hay batallas perdidas de los blancos respecto a sus rivales. Siempre que caiga se podrá hablar de lección táctica recibida, nunca al revés. Será de empleo frecuente tratar la crisis de la cantera frente al magnífico estado y la apuesta por sus jóvenes de los otros equipos. Tocará señalar a las figuras cuando las cosas no vayan bien, de ellos será la responsabilidad absoluta del mal momento, aunque si la crisis mudara de acera los cambios a realizar por el rival nunca incluirían el despido de sus cracks. Este inventario de razones también ha sido asumido por algunos madridistas. Podría explicar la tradicional baja consideración del entrenador, la fijación por otros modelos deportivos que, sin embargo, se terminan pareciendo mucho al criticado y la mala sintonía con determinadas estrellas.

El riesgo sobre la época presente será la desmemoria, la generación de un discurso atrofiado o parcial. Negativa resulta la mitificación del pasado, la entronización de un Madrid, el posterior a los yeyé, que dominó España pero sucumbió en Europa, donde padeció, dos copas de la UEFA aparte, un ayuno de más de treinta años. Al tiempo actual lo explicarán las grandes debacles y el resurgimiento en la competición sobre la que edificó su leyenda; tocará hablar de tragedias contra el Dépor, el Zaragoza, el Alcorcón, el Liverpool o el Barça, también de victorias en Múnich o el Camp Nou, plazas tan difíciles antaño. No habrá faltado la droga dura de la remontada. Y pervivirán héroes, aunque pocos imprevistos o por accidente: firmaron las gestas quienes parecían llamados a hacerlo.

La radiografía del envoltorio sentimental del Madrid muestra, en una parte del mismo, rasgos de insatisfacción permanente con alguna traza de euforia — respaldadas por percepciones exageradas–. Es el aficionado ciclotímico, al que parece que nada pudiera satisfacer plenamente, pero que celebra más el fichaje de un sub-21 español sin apenas bagaje que otro Mundial de Clubes rubricado en un país lejano. El estado de alarma continuo conllevaría a la asociación simple de atributos, escogiendo para cada protagonista el que mejor encaje con esa singular visión. Tómense cualquier jugador de la plantilla actual y las encuestas online de ciertos medios: verán cómo algunas cualidades asociadas a aquellos (ya sea chupón, lesionado, torpe o magia) se ven reflejados en la nota que finalmente obtienen. Un madridismo pavloviano de estímulo y respuesta.