1/3 Releer a tientas — Ciudad Abierta de Teju Cole

Me apetecía bastante leer la primera novela de Teju Cole (1975) puesto que en su prosa, clásica y muy bien trabada, suele haber un sitio bastante amplio para la alteridad.

Estoy bastante convencido de que ya tenemos la suficiente basura amarillista en los informativos, en Internet, en miles de cuentas y ruidos como para repetir lo mismo. Así que el escritor nigeriano es buena opción, aunque cabe el riesgo de ser bienpensante.

La novela es apenas un bosquejo — muy inteligente, eso sí — para una autoficción. Julius, el protagonista, es un nigeriano que completa sus estudios superiores de psquiatría en Nueva York. En dos partes bien medidas, Julius pasea por la ciudad de Nueva York y viaja a Bruselas para relajarse. Conocemos algunos de los personajes de su vida, aunque sin demasiado énfasis porque él cuenta la historia.

Se preocupa también de dar cuenta de lo que lee, ve, escucha y siente en un estilo bastante similar al de W.G. Sebald, donde la oralidad y la sensación de testimonio, así como un narrador intelectual y distanciado

A James Wood, que suele ser el crítico literario más inteligente de su generación y hasta de las siguientes, le llamó mucha la atención la paciencia de Cole para que el lector descubra, a través del paseante protagonista, una ciudad distinta.

Escribe en las páginas del New Yorker:

At these moments, and, indeed, throughout “Open City,” one has the sense of a productive alienation, whereby Cole (or Julius) is able to see, with an outsider’s eyes, a slightly different, or somewhat transfigured, city. It is a place of constant deposit and erasure, like London in the work of Iain Sinclair (or in Sebald’s “Austerlitz”), and Julius is often drawn to the layers of sedimented historical suffering on which the city rests.

Creo que tiene razón. Parte del atractivo de Ciudad abierta — que he leído en sus excelentes versiones al español y al catalán- es que de un modo solamente en apariencia natural, aceptamos la versión que el cine, y algunos libros, nos han dado de Nueva York.

La vemos como esa ciudad vibrante, llena de glamour, vibrante, con algo de aire bohemio y con un irreductible espíritu cosmopolita. Bien está admitir no solamente lo que tiene de mediada esa predisposición si no también de inventada. ¿Cuantos hemos pasado el suficiente tiempo allí para juzgar lo que sucede? En todo caso, es una polis imaginaria fecunda y sus imágenes persisten.

Teju Cole hace aquí lo imposible. Nos bosqueja una ciudad con mucho de soledad — ahí está el profesor Saito- sin caer en los diagnósticos facilones tipo “oh, la tecnología”. También nos permite extrañarnos al ver como una ciudad de-ahora-mismo se convierte en una isla que reúne condiciones turísticas: starbuck’s, boutiques de turismo de alta gama, transformación de los barrios.

Al tratarse de Julius, un nigeriano que recuerda vivamente algunos detalles de una identidad que se va desfasando lentamente, se genera un efecto de otredad y desde fuera muy preciso.

Otro día hablo de lo mucho que me gusta el modo en que se aborda el islamismo en esta novela. Hoy solamente agradezco que haya un texto tan bueno sobre nuevas formas de pasear y ver pasar el tiempo.

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