Abuela

La abuela María ya era un cádaver cuando fuimos a verla; es el único recuerdo que tengo de ella. No sé si murió ese mismo día, ni siquiera sé si murió ese año, no sé casi nada de la abuela María. Recuerdo muy bien su cara, sus manos arrugadas y su cabello finito, gris oscuro, no blanco. Sé que tuvo tres hijas y que dos de ellas son mis abuelas: una de crianza y una de sangre. También que tuvo un hijo o dos, no sé. Mi abuela de sangre es de otro padre que las otras, no sé nada de ese señor que es mi bisabuelo. Recuerdo el olor del cuarto donde la tenían, orines y Baygon. El reflejo del tragaluz de zinc verde era clínico, como si supiera. Algunos años después sentí ese mismo olor en un taxi que tomé en Metrocentro, Managua. La noche del terremoto del 72, la abuela María se llevó a mi papa a dormir con ella, el terremoto tumbó el muro que estaba al lado de la cama en la que él dormía, esa es la única anécdota que cuenta sobre ella. El hijo de la María era el tío Jorge, nunca lo conocí pero escuché hablar de él. Sé que Jorge era mecánico y alcohólico. Después del terremoto, mi papa y él vivieron solos en una tienda de acampar que la Cruz Roja le dio a la gente, en el barrio Centroamérica, lo que llamaban un Open, como en la canción de Quincho Barrilete. Mi papa se quedaba mucho tiempo solo, entonces el tío Jorge le hizo un banquito con una pieza de un camión, debajo de un chilamate, para que no llevara sol. También sé que el tío Jorge murió, no sé cuándo ni de qué. Creo que mi papa lo recuerda con cariño pero nunca se lo he preguntado. En el 2007 fui a la Centroamérica, me senté en el banquito debajo del chilamate y lloré.