Mi Dream Team (I)

Un pequeño retrato de mi equipo y mi deporte

(Echadle un ojo luego a la segunda y a la tercera parte)

Cuando era (más) joven, os estoy hablando de tercero-quinto de primaria, los miércoles y viernes después del cole iba a Mendi(zorroza), un complejo a las afueras de Vitoria en el que, además del estadio del Alavés, hay otras instalaciones deportivas. Hay piscinas olímpicas cubiertas, descubiertas, piscinas tropicales para hacer el gamba, canchas de tenis, campos de fútbol 7, pistas de arena de voleibol, un monte puntiagudo (“mendi zorrotz”), unos columpios, y lo más importante: una pista de atletismo. Pues ahí iba yo, con mis gafas torcidas y mis calcetines rotos, a hacer una horita y media de atletismo y a pasarlo de puta madre. Y luego, todos los fines de semana, normalmente los domingos, había crosses. Teníamos que estar dos horas antes en el pueblo en cuestión para calentar y aburrirnos, corríamos la carrerita, nos esforzábamos y siempre ganaban los mismos dos.

Por si no lo sabéis, en cada categoría deportiva (anterior a senior) se agrupan dos años. Yo soy del 96, así que un año estábamos en una categoría los del 95 y 96, y al siguiente los del 96 y 97. En nuestro primer año como atletas todo lo ganaba el puto Iñigo, así que cuando subió de categoría pensamos “bueno, al fin podremos competir”, pero no, porque de un año menos llegó Javier a jodernos las ilusiones. Y claro pues de tanto ganar y ganar absolutamente todo, y a nuestra costa, se convirtieron en mitos.

Este tipo de mitos son algo muy habitual en el deporte, y de hecho yo los agradezco mucho como espectador. Son deportistas y equipos que se convierten en leyendas, que trascienden sus tiempos y serán recordados siempre por todo cristo por los siglos de los siglos amén, son equipos como el dream team, la quinta del buitre, Usain Bolt y Michael Phelps, la naranja mecánica, los Wildcats, etecetetera. Pedazo de deportistas, incredibiles, una cosa fachinante, que han ganado todas las copichuelas que se les ofrecían. Pero claro para que estos sean la hostia en vinegar tiene que haber segundones. Ya puedes ser cojonudo pero como coincidas con los que son extracojonudos te comes un cagao. Como los Utah Jazz de Stockton y Malone, que sí, que muy buenos serían, pero contra los Bulls de Jordan, Pippen y Rodman pues qué vas a hacer.

Como ya os he contado al principio, esto pasa a todos los niveles, no solo al profesional. Yo, desde la distancia temporal, recuerdo con una mezcla de desprecio y admiración a aquellos dos jovenzuelos correcaminos, también me acuerdo del Barrutia, el equipo que ganaba absolutamente t o d o en atletismo, y, de mis años de baloncesto, me acuerdo del Olabide.

Lo de Olabide era una barbaridad, qué dominio, qué calidad, nadie lo entendía, lo ganaban todo. Sería retroactivo: como ganaban todo, los mejores jugadores de Vitoria se iban a Olabide, por tanto, ganaban todo, por tanto, los mejores jugad(…). Un equipo a la altura (a nivel escolar) de los más grandes. Todo el mundo a lo alto y ancho del baloncesto escolar alavés los recuerda.

Pero claro, solo se les recuerda a ellos. Y yo vengo a reivindicar a unos meritorios segundones, un grupo de chavales cuyo recuerdo se perdería si nadie viniera a medium punto com a dar testimonio. Se iban a quedar sin Informe Robinson. Así que ahora, tras cinco largos párrafos de introducción, comienza mi historia:

Corría el verano de 2009, yo era un tierno chavalín de 12 años que estaba a punto de empezar segundo de la ESO. Llevaba dos años en el equipo de baloncesto, con más o menos éxito (menos), pero con mucha ilusión. Hacia mediados de agosto, nos llama el entrenador: vamos a empezar la pretemporada. El primer día no me apetecía mucho así que me inventé la excusa de que me dolían las rodillas por nosequé chorrada y tal y cual, aunque fui al entrenamiento de todos modos, como observador. Esa temporada seríamos un total de siete (7) jugadores en el Sanvi, una cifra un tanto atrevida si tenemos en cuenta que el mínimo para poder inscribirnos en la liga eran ocho. Pero eso son meros detalles burocráticos: lo más remarcable de aquella tarde de agosto fue la incorporación de un nuevo miembro a nuestra escuadra: Iker R.

Como os digo, ese tan solo fue el primer día, un poco de presentación, así que no pudimos intuir la cantidad de magia que Iker iba a aportar al Sanvi. Sobre todo porque venía del Agurain, un equipo de un pueblo (Agurain) famoso por ser el caramelito, esos para los que perder de menos de 20 era una victoria. Pero no, no, el Agurain no era digno de Iker. Nosotros tampoco. Pero estábamos destinados a hacer grandes cosas juntos.

Veo que el texto se está alargando, y como nativo digital que soy, sé que la capacidad de atención de mis coetáneos no es muy generosa. También, como estudiante y aficionado del audiovisual que soy, sé que para enganchar a la audiencia nunca viene mal un cliffhanger bien puesto. Así que para no aburriros y teneros enganchados al relato voy a dividir esta historia en varias entregas, seguramente tres, siguiendo la estructura aristotélica clásica de planteamiento, nudo y desenlace. Ya habéis leído el planteamiento. ¿Y ahora qué? ¿Qué pasaría con el Sanvi? ¿De verdad harían grandes cosas juntos? ¿Sería Iker R el príncipe que les fue prometido? Todo esto y poco más, en la próxima entrega.

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