Primer paso
Nunca me ha gustado el circo.
Recuerdo que la primera –y única- vez que fui, al salir le pedí a mi mamá que no volviera a llevarme. Aun siendo niña, sabía que algo no encajaba. Los animales, los payasos, el ruido. Todo y nada.
¿Podía alguien, algún animal, ser feliz viviendo en el circo? ¿Era, alguno de esos animales, libre? ¿Alguien se preocupaba por ellos?
Sí, ya sé que parecen preguntas muy profundas para una niña de 5 años… pero fueron algunas de las preguntas que le hice a mi mamá al salir. Y sí, mi mamá se sintió abrumada con cada una de ellas.
Todavía hoy lo recuerdo como si fuese ayer. Todavía recuerdo la mirada de los animales, la sumisión, el temor… un acto completamente antinatural.
Hoy pienso en cómo son entrenados los grandes elefantes. Siendo pequeños los atan con una cadena que les impide la movilidad. Crecen con una cadena en una de sus patas, condicionados a la imposibilidad del movimiento. Olvidando que son animales grandes, fuertes, poderosos. Que no hay cadena que pueda con ellos.
Pienso en esos elefantes, pienso en mí, pienso en nosotros.
Pienso y reconstruyo cada una de las cadenas que me ha negado la movilidad. Cada una de las cadenas a la que le he permitido detenerme. Pienso en cuántas veces yo misma me he puesto la cadena en la pierna y me he resignado a no cambiar, a no moverme.
Me doy cuenta, entonces, que el circo es una excusa.
Que cada uno puede engrosar los eslabones de las cadenas que lo detienen, y llenar su carpa con cuanta gente quiera, para regodearse en la miseria… y cada uno también puede, firmemente, decidir. Romper la cadena, destruir la carpa, y comenzar a caminar. Todos y cada uno de nosotros puede conquistarse.
Hacer lo que te apasiona y te mueve. Desde el entusiasmo. Sin mirar atrás y sólo porque quieres.
Si los animales del circo pudieran hablar, seguro tendrían muchas historias por contar. De dolor, de tristeza… yo no quiero que esas sean mis historias.
Hoy rompo una de las cadenas. Hoy comienzo a escribir.
