Simplemente los hechos no dejan de existir y conllevar consecuencias porque se les ignore.

El patrón de imitación en las personas forma parte del desarrollo cíclico de la vida humana, que en su mayoría puede adjuntársele a la diaria labor de influencia en la que el subconsciente trabaja en cada integrante de una sociedad, permitiéndole adquirir conocimientos a través de comportamientos repetidos, de los que muchas veces no es consciente, y que otras cuantas, le perjudican inclusive a largo plazo. Para nadie es un secreto que los distintos gobernantes en cualquier cargo político que represente, son ampliamente reconocidos por la peculiar habilidad de la corrupción, la cual luego de largos años de práctica, y alguno que otro truco aprendido, se manifiesta sin lugar a duda, entonces ¿Qué ocurre cuando el gobierno, que debería ser el ejemplo a seguir de una nación se corrompe? El pueblo también lo hace, y no solo eso, sino que se justifica en el gobierno, así sin más. La corrupción política no origina solo un gobierno corrupto, incluye la masa nacional de forma general, que por más muchos insistan en negarlo, es así. Simplemente los hechos no dejan de existir y conllevar consecuencias porque se les ignore.

Lo que vivimos hoy se crea a base del ayer, y sí, sencillamente se crea, porque “planificación” es una palabra, que a este país le queda muy grande. Si hay algo de lo que los venezolanos suelen jactarse es por ser conocidos como “buena nota” y sagaces, pero deberíamos plantearnos hacer un repaso, como está escrito en Se busca un país (2015)”En estos días toca revisar lo que somos y lo que hemos dejado de ser.” Este pueblo ha perdido su inocencia y el afecto, se ha llenado de oportunismo e indiferencia; y de esto los gobernantes suelen hacer fiesta, se les ha vuelto tan común alimentarse del pueblo, al punto tal que lo han dejado abandonado en desnutrición de opinión y de libertad. Por donde sea que se le mire se puede concluir que la corrupción se ha convertido en una plaga vieja, la cual muchas veces es amparada.

Hace tiempo ya que la paz emigró del país, desapareció cuando se hizo costumbre irrespetar el derecho que cada persona tiene, tenga la edad que tenga. Fue ese el tiempo en el que se incluyó la lista sin fin de acciones de los que solemos reírnos y tomar como algo fútil, cuando deberíamos de darnos con una piedra en los dientes. Esa lista interminable incluye la solución por la salida fácil, el abuso de la violencia policial, las vidas esquematizadas en las apariencias, la corrupción, el todo por conseguir dinero extra, también la aceptación de la rotunda ineficiencia de los ministerios públicos y la estafa, lo que es igual a que nos acostumbramos a “No escuchar, no ver y callar” como modus operandi diario, con miedo a querer ser un redentor y salir crucificado.

No hay nada más fácil para cualquiera que criticar y opinar sobre lo que se ve en la vida de los demás, aun cuando uno se encuentre en condiciones semejantes e incluso peores. Por estas calles es una novela que sirvió de reflejo a un país que necesitaba una mirada urgente al espejo de la realidad; al que rotundamente se negaba a ver de frente; y de forma bastante aceptable fue calando en su público general, que no era sino más de lo mismo expuesto en pantalla, con la finalidad de hacerles ver a través de otros, la tajante mediocridad e ineficiencia que eran como pueblo. Lo reflejado en pantalla no tuvo reparo en ningún tipo de “tabúes” y mostró la realidad marginal de todos, porque no lo son solo la clase baja y los considerados como pobres, bien lo diría Yordano (1990) “Los que andan de cuello en blanco son los peores”.

Definitivamente esa fue una época experimental, que se fundamentó y hoy sirve de guía para todos aquellos que navegan en la corriente de la mediocridad, el conformismo y de los que con su conducta inmortalizan las coloquiales palabras de Eudomar Santos(1990) “Como vaya viniendo vamos viendo”, una época también en la que se hizo común el popular refrán de que “Cuando la ballena se hunde, moja alrededor”, porque todos aspiraban tener o encontrarse dentro del círculo social de una “palanca”, una influencia con alguien de renombre, o un favor que cobrar con algún cargo influyente, por la simple razón de que nadie se hacía importante de manera limpia o merecida, siempre había un “gato encerrado” en cualquier cargo, y de lo que siempre se podía sacar provecho monetario y judicial, como mínimo.

No podemos cegarnos a únicamente criticar un lado político, sepamos que en ambos nadie destapa la basura por miedo a encontrarse entre los desperdicios, encontrándose en cualquiera de los ambos polos, esta es una irrefutable y tajante verdad. Creíamos que no y que nunca, pero está llegando el tiempo en que la conciencia está empezando a cobrar facturas interminables con el país, que afectan a sus deudores, a los que sin saberlo y sin elección fueron incluidos en la deuda, y sin que quepa duda alguna también a los que aún ni siquiera piensan en nacer, si no le buscamos una solución pronta, una solución que no camine por las veredas del todo fácil y sin mentiras ocultas.

Así como llegó la factura de la conciencia, debe ser aceptada y traducida a un cambio, debe llegar una nueva aspiración de libertad, esta vez una correcta, dejando de exigírselo a cualquier político, y empezando a exigirlo en nosotros. Solo seamos conscientes, el cambio no se encuentra en las acciones de un gobierno, se logra en la mentalidad de los integrantes de un país.

“La ineficiencia nos está minando el país” decían muchos en los 90, y ahora es uno de esos componentes diarios que utilizamos como autodestrucción. Dijo Pitágoras (580 a. C) una vez “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”, ojalá los venezolanos pudiesen dedicarle un poquito de valor a estas acertadas palabras y se propusieran rescatar a las nuevas generaciones desde el inicio, con una educación que no limite la capacidad de ninguno, una en la que incluso el área publica valga y no sea considerado como un criadero de delincuentes y una también en el que el sector privado deje de componerse en su mayoría por “hijos de papi y mami” que se inician en la corrupción temprana comprando títulos y sobornando profesores, con una visión errada de que el mundo se mueve y controla únicamente a base de dinero. Los padres, en cualquiera de las condiciones que se encuentren deben dejar de transmitir cobardía y oportunismo y empezar a enseñar que todo logro requiere esfuerzo, y que ese esfuerzo es lo único que les generará a ellos y a sus hijos un sentido de pertenencia, y una sólida búsqueda de expresión en libertad.

Transparencia, debería ser una palabra que describiera no a un gobierno sino a un país en general, pero al menos en la actualidad no es más que una aspiración casi fantasiosa que no hace otra cosa que alejarse. El país se desmorona y lucha constantemente por no desarmarse totalmente, mientras unos con otros acaban entre sí, por infinitas y muy diferentes razones. Es una lucha mayormente silenciosa, que demanda tomarse el tiempo para escuchar una plegaria constante, que merece ser considerada, el país nos exige a todos una cuota de sacrificio.

Se busca un País, Leonardo Padrón (2015)

Por estas calles. 1990.

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