Pero que suerte tiene!
Desde casi el principio de la universidad, tuve la oportunidad de trabajar con dos grandes seres humanos y profesionales: Javier y Ricardo. Aunque a los tres nos iba muy bien, siempre veíamos que Ricardo nos llevaba un poco la delantera, ya que entendía las cosas más rápido y con aparente menos estudio que nosotros, generaba muy buenos resultados.
La vida nos dio la oportunidad de iniciar nuestra carrera profesional juntos como practicantes de la misma empresa (sitio en el cual los tres queríamos trabajar) y allí, nuestras vidas empezaron a tomar caminos distintos. Aunque Ricardo y yo logramos continuar en la empresa, Ricardo estaba desempeñando el rol soñado por los tres y justo cuando yo logré llegar a desempeñar ese mismo rol, Ricardo había obtenido una excelente oportunidad para empezar un nuevo proyecto en una empresa emergente.
Casi un año después, Ricardo invitó a Javier a participar en ese proyecto (quién aceptó inmediatamente) y un par de meses después, me invitó a mí. Después de explicarme las características de este proyecto, no dudé y acepté participar en ese proceso, principalmente porque me llamaba la atención volver a trabajar con Javier y con él y seguir su senda exitosa.
Sin embargo cuando le manifesté esta motivación, Ricardo me contó que el se iba a trabajar (en mi opinión) a la mejor empresa de tecnología de la actualidad, y que de ser elegido, yo sería de alguna forma su reemplazo. Después de un largo proceso de negociación que tardó meses, finalmente entré a la compañía en la que trabajo actualmente a desemepeñarme en el rol que venía ejerciendo Ricardo.
Con la actitud de victima que solía tener un par de años atrás, pensaba en ciertas ocasiones que el éxito de Ricardo y de muchas otras personas más exitosas que yo, estaba atada a ese valor intangible que le damos en muchas ocasiones a los logros y resultados de los demás: La suerte.
Pero que suerte tiene Ricardo! — pensaba a ratos. ¿Cuántas veces no pensamos lo mismo sobre alguien cercano? y peor aún ¿Cuántas veces creemos equivocadamente que ese valor intangible (y en algunos casos mágico) no puede llegar a nuestra vida porque no lo merecemos o no nacimos con el?
En la última edición del Titan Summit, tuve la oportunidad de escuchar a Tom Corley y Richard Branson. Lo que más me llamó la atención es que tanto Tom (que ha venido estudiando junto con su organización, los hábitos de la gente Rica) como Richard (quien es la cabeza detrás de la marca Virgin) comparten su visión de la suerte en sus respectivos libros (Rich Habbits y de Virgin Way), y ambos concluyen lo mismo:
- Existen dos tipos de suerte: Aleatoria y Generada
- La suerte aleatoria es la que todo el mundo asocia como suerte, pero solo representa el 5% de la suerte de todo individuo
- La suerte generada es el producto o consecuencia del esfuerzo, dedicación y trabajo que ponemos a ejecutar nuestras metas y proyecciones y representa el 95% de la suerte de todo individuo.
Aunque ya hace un tiempo atrás me había enfocado en empezar a construir mi propia suerte, entendí que el éxito que han logrado personas como Ricardo se debe a la perseverancia, enfoque, claridad en sus metas y el esfuerzo que tuvo desde el principio por cumplirlas. ¿Será únicamente suerte el motivo de su éxito? Quizá si, pero fue suerte que el mismo se construyó.
Y como dije anteriormente, yo dejé de preocuparme por la suerte de los demás hace 3 o 4 años y empecé a construir mi propia suerte y a ayudar a otros a construirla. Es así como retomé el levantarme 2 o 3 horas antes de ir a trabajar, el ejercicio (Hago tenis y Crossfit), la lectura (leo y escucho libros a diario), la meditación, la paciencia y la escucha, y reduje las horas invertidas en la televisión, el cigarrillo y la pereza. Casualmente, estos hábitos han venido acompañados de un poco más de suerte en mi vida. Coincidencia? Algunos seguirán pensando que sí, pero estoy seguro que todos somos concientes de que un poco más esfuerzo y dedicación puede aumentar nuestra propia suerte.