Saltos de fe [Repost Nº9–2014]

A veces habla en sueños. Le puedo oír desde mi cuarto. Cuando se lo comento me dice que eso son imaginaciones mías, que será el ruido del viento contra la madera de la cabaña o algún animal rondando por los alrededores. Ambos sabemos que eso no es cierto.

Supongo que es difícil sintonizar con él. Saber lo que piensa o lo que le gusta pensar. Rozar los 60 no tiene que ser fácil. Imagino que es una etapa en la vida donde comienzas a plantearte que eres demasiado mayor para ver películas de ciencia ficción pero también demasiado joven para jugar a la petanca o cultivar un huertecito propio.

Por eso en ocasiones me quedo mirándole cuando hablamos, absorto en mis pensamientos, intentando saber qué se esconde tras su barba plateada y las arrugas de la risa.

Algunos días salgo a tomar el aire entre los árboles del bosque y termino inmerso en mi mundo interior. Quizá más de lo que debería. Creo que estoy en un punto en mi vida donde tendría que comenzar a plantearme ciertas cuestiones. Y aprender a dejar atrás partes de mi pasado para poder encontrarme a mí mismo. Al menos a mi “yo” de ahora, por así decirlo. Estos últimos meses siempre es esa la cuestión: yo mismo y lo que me rodea. Lo que me rodea se desmorona y se supone que yo debo seguir adelante. O eso tiendo a pensar.

Ya no recuerdo el momento exacto en el que llegué a este sitio. Lo que sé es que estaba perdido en más de un sentido y necesitaba mirar hacia otra dirección tras tanta decepción acumulada. Y él tampoco parecía estar en su mejor momento. Lleva varios días sin dirigirme la palabra. Es su forma de contrarrestar el exceso de información personal que me dedica en ocasiones. Dicho de otra manera, creo que se siente indefenso por dejar al descubierto una parte de su vida.

Y no es de extrañar que en su interior me comprenda mejor de lo que aparenta. Al fin y al cabo su caso y el mío no son tan diferentes. Son momentos de la vida en los que no quieres abrir los ojos porque te basta con lo que has visto hasta entonces. No quieres ver más allá de tu propia nariz y tampoco vas a depositar tu confianza en nadie más. Ya no.

¿Por qué? Porque cuando crees que lo tienes todo en la vida te levantas un día y descubres que cada momento junto a ellos ha desaparecido, y todo ello antes de que te pudieses dar cuenta que alguna vez estuvieron ahí.

Me di cuenta que no somos tan diferentes cuando acabó diciéndome que no tenía la fuerza necesaria para abandonar este lugar. Ni para volver a ser parte de la sociedad. No sabía cómo podía levantarse día tras día y seguir adelante.

¿Y quién podría seguir adelante tras ver como todo lo que has construido en una vida desaparece en un instante? Cuando lo último que escuchas en la noche es el susurro de la mujer con la que has compartido más de 40 años de tu existencia, con todos esos preciosos cristales impregnando el ambiente a cámara lenta, y el sonido de metal anunciando el final de una vida. Cuando las sirenas colapsan tu mente y las luces azules y rojas se reflejan en tu cara. Y quieres escapar, tener la certeza de que todo sigue como antes, que nada ha ocurrido. Quieres que los kilómetros no hayan sido más que parte de una noche más. Que aún siga ahí cuando la busques con la mirada al levantarte por la mañana. Que ya no sea parte de tu recuerdo. Lo darías todo por que esa noche hubieses llegado a casa tal y como saliste horas antes: con el asiento del copiloto rebosando de vida. Dedicándote una sonrisa y hablando de lo que podríais preparar para la cena de aniversario.

En ese momento comprendí que en él empezó una nueva forma de vivir… si es que eso puede llamarse “vida”. Y aunque eso no sea deseable ni justo, al menos él sabe que todo ha cambiado ahora. Pero en mi caso no tengo claro dónde está la línea que marca el final. Ni las razones para estar donde estoy. ¿Dónde se supone que tengo que ir ahora? ¿Cómo he llegado a esta situación? ¿Y cómo he llegado solo?

Se supone que tendría que guardar rencor, o bien sentir ganas de volver con ellos. En definitiva, sentir algo. Pero ya no siento nada. La única verdad que tengo delante es que en algún momento perdí el horizonte y no sé cuándo encontraré otro camino.

Quizás no sea mañana, pero espero recuperar la sonrisa que marcó una etapa preciosa de mi vida. Y aunque soy consciente que esos días no volverán, espero no perder la poca esperanza que me queda. Por esa nueva etapa que llegará. Y por el nuevo camino que espero encontrar.

Vaya, otra vez me he perdido soñado despierto paseando entre los árboles. Menos mal que ya prácticamente me sé el camino de vuelta. Tendré que volver a la cabaña antes de que caiga la noche. A decir verdad, no me importaría seguir aquí una temporada.

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