Vuelvo a olvidar tu voz

Recordarte en todo tu ser. Eso es lo que más anhelo. Parecería una locura, pero siempre me sorprendo cuando soy consciente de que ya no logro hacer memoria de la última vez que compartimos nuestro Universo.

Es difícil escribir sobre una mitad que no está presente en mi rutina como antaño fue. Una mitad irremplazable con la que compartir miedos y logros.

Supongo que la vida consiste en buscar constantemente un equilibrio inexistente. Imagino que vivir es cambiar. A mejor o a peor, pero cambiar a fin de cuentas.

¿Y para qué cambiar?, me pregunto.

Igualmente difícil me resulta reconocer que vamos desapareciendo poco a poco con el paso de las circunstancias, hasta quedar irreconocibles entre tanta transición constante.

¿Y por qué cambiar?, insisto.

Pero los árboles y las casas que nos vieron crecer siguen inmóviles, nostálgicos de nuestras vidas pasadas.

La luz que entra en nuestras ventanas es la misma de siempre, y atiende atónita a nuestro nuevo rostro.

Es la paradoja de hablar siempre sobre el tiempo que pasamos pensando en el poco tiempo que tenemos.

Si tuviera esposas, arrestaría al tiempo por difuminar poco a poco todos nuestros lazos. Y lo haría sin pensar porque no quiero olvidarte en todo tu ser.

Quiero elevarme y olvidar el transcurso de los días. Quiero reunir todo lo bueno de cada etapa y congelarlo para siempre.

Quiero dejar de secarme las lágrimas cuando pienso en lo mucho que quiero vivir, y lo poco que he vivido.

Me odio cuando siento la impotencia de seguir inmóvil en medio de un mar de progreso. Y me odio cuando escribo sobre lo que no va a volver a ser.

Me odio cada vez que vuelvo a olvidar tu voz por culpa de la distancia.