El negocio del cine.

Hace un par de semanas, el actor Damián Alcázar escribió, a través de Twitter, una carta en donde critica fuertemente la decisión de los exhibidores cinematográficos nacionales de retirar su película de cartelera a tan solo una semana de proyección. Según el actor, la cinta, dirigida por Gustavo Moheno, fue condenada al fracaso por no haberle dado oportunidad de estar disponible el suficiente tiempo para que el público vaya a verla. “Ni mi hermano alcanzó a verla” remató el actor.

Hacer una película es un trabajo exhaustivo que puede durar desde meses, o hasta años de producción. Cualquiera que esté relacionado con la industria de la creación cinematográfica podría atestiguar que hacer una película es atravesar por el mismo infierno. Muchos directores y productores terminan con ataques de pánico después de su primera experiencia — lo digo con los pelos de la burra en la mano — Filmar una cinta es un trabajo de veintidós horas al día, los siete días a la semana. Las decisiones que se toman día con día no solo ponen en riesgo la manufactura de la misma, sino los millones de pesos, o dólares, que fueron invertidos para su producción. Si hacemos cuentas de todas las cosas que pueden salir mal a la hora de la realización de un largo metraje, cualquiera se sorprendería. Es un trabajo de locos.

Por eso mismo, es justificable la reacción del Actor Alcázar cuando sale a defender su cinta. Seguro le costó, como dicen en mi tierra, un huevo y la mitad del otro. Pero las declaraciones del actor, en mi opinión, y quiero pensar que es una experimentada, carecen de sustento y no se apegan a la realidad.

El negocio del cine, aquí y en china, (o mejor comparémoslo con la industria por excelencia, Hollywood), se divide en 3 secciones. La producción, la distribución y la exhibición. Para explicarlo mejor, hay quienes producen la película, oséa, juntan el dinero, contratan a los actores, pulen el guión, y luego filman la cinta (entre muchas otras cosas más). Están los otros que planean la venta, crean la estrategia de publicidad, diseñan los posters, agendan el tour de medios, trabajan en la matemática en cuanto al número de salas y ciudades a exhibir, y finalmente realizan las copias necesarias. Después está la parte de la exhibición; las salas de cine. Cualquiera pensaría que para ellos la cosa debería de ser más fácil, ya que lo único que tienen que hacer es exhibir un producto ya terminado. Pero de fácil tiene lo que yo tengo de astronauta.

Con un sin número de ofertas creativas a exhibir, los dueños de las salas de cine tienen que quebrarse la cabeza para decidir que cinta colocar en las salas. Tienen que monitorear su desempeño con el espectador y calcular, fría y desinteresadamente, cuando quitar algo que no está siendo productivo. Esto es un negocio, si tu película genera dinero, se queda hasta que deje de hacerlo. Si no lo creen, pregúntenle a “Nosotros los Nobles” o a “No se aceptan devoluciones”.

Y eso es lo que parece no entender el señor Alcázar. No entiende que esto es un negocio y que nadie es hermana de la caridad, especialmente en esta industria. El actor demanda un tiempo especifico para películas nacionales, para de esa manera darle tiempo a que el público se enamore de ella. A fuerza ni los zapatos entran.

Las reglas del juego son iguales para todos. Sea película gringa, sea mexicana. Ambas deben tener cierto estándar de calidad para atraer al público y deben tener un trabajo publicitario anterior a su exhibición. Es precisamente en ese periodo de tiempo que se debe enamorar al público. No después. Y no a la fuerza.

Tenemos que recordar que el cine es un negocio de entretenimiento y que quién manda, como en todo negocio al consumidor, es la gente. Si la gente pide la película, los exhibidores se la van a dar. Pero si no, la van a desechar tan pronto como se desecharía un cartón de leche vacío.