Volátil

Recorrí con paso firme otros caminos, más tortuosos y estrechos, oscuros. Deseché las viejas ideas, lo aprendido, los primeros y sencillos argumentos. Levando anclas descubrí lo bueno de dejarse llevar y su dificultad, los actos impulsivos, la trágica mezcla entre los excitantes principios y los inminentes finales. Supongo que conseguí el mejor de los disfraces para fingir que cada parte de mí estaba de acuerdo, cuando creía firmemente en esa forma de vivir. Y mintiendo y mintiendo me perdí entre las sombras de mi propia consciencia. Pensando: - ¡Qué valientes, qué felices, qué divertido! Cuando después de todo, ese de dentro, solo afirmaba: -Qué puta mierda.

Supongo que la realidad asoma antes o después, que aún vestida de colores o de incógnito se ve a simple vista, se percibe como el agua del río o los cascos de caballos en la acera. Y la realidad siempre vuelve y siempre golpea, fuerte, en la cara y en los huesos, en el centro de todo.

Algunos, más idiotas que obstinados, niegan que esa realidad venga, se empeñan en que la siguiente, no dolerá, que en la siguiente, la realidad se quedará en casa con el remordimiento. Y son ilusos, estúpidos y muy poco prácticos. Porque como dijo aquel sabio no puedes pretender que algo cambie, haciendo siempre lo mismo.

Y empiezas a quejarte, a generar y consumir drama, a llorar por las esquinas, a batir records de recuperación anímica, y a drogarte sin saberlo de los altibajos, a suplir sentidos y sentimientos. A olvidarte de lo que realmente quieres, a decir “si” de forma compulsiva, cuando ni en tu vida entera harías tal o cual cosa. Básicamente, a joderlo todo. Que arriesgarse nunca fue automutilarse, que una cosa es que duela y otra cosa recrearse en el sufrimiento.

Y reconozco que caí en esta trampa más de una vez, que perdí la cabeza por intentar encontrarla, como aquellas gafas que buscas desesperadamente hasta que te percatas de que ya las llevas puestas. La cabeza no se pierde y no es un comodín, la gente hace lo que quiere y de eso se trata, de querer. De descifrar, no qué coño quiere el resto del mundo, si no, qué diantres quieres tú, qué acto hará de tu vida un equilibrio entre lo que te pasa y lo que decides que pase.

Por eso celebro que la idiotez y la obstinación desaparezcan cuando sólo quedo yo, cuando las letras fluyen y suenan tonos de jazz, cuando me acuerdo de mirar de verdad.

Y sonrío y pienso que tocar fondo no es tan malo, ni es tan abajo, que se trata de seguir aunque no queden ganas, que sólo es necesaria una ilusión para continuar el camino. La ilusión de querer encontrarse de nuevo. Quiero calma, encuentro calma. Mi calma.