Cicatrices

Todas las mañanas la ve mirándose fijamente la muñeca izquierda. Cualquier otra persona juraría que, simplemente, tiene la mirada perdida. Pero sabe que no es así. Sabe la verdad. La sabe porque también se mira su propia muñeca con la misma expresión, con la misma sensación de soledad.

El metro se detiene. Todo tipo de transeúntes suben y bajan. La joven vuelve al mundo real y corrige su postura para que todo el mundo quepa en el vagón. Está erguida, y parece incluso confiada. Pero el corazón es traicionero y no pasa mucho tiempo antes de que vuelva a centrar toda su atención en su muñeca izquierda. Suavemente, agarra con los dedos de su diestra la muñequera que la protege. Que la protege del mundo, de las preguntas. Que la protege de su pasado. La levanta y se coloca el reloj por encima. Pero, por más que lo intenta, no puede esconderla.

No puede esconder la cicatriz que atraviesa parte de su muñeca.

Su tono de piel hace que no sea tarea difícil discernirla. Al fin y al cabo, es un poco más oscura. Una cicatriz pequeña, horizontal, que se detiene justo antes de llegar a la vena. Quizá fue un atisbo de duda, quizá fue el arrepentimiento. Pero ahí se quedó esa cicatriz, grabada para siempre en su muñeca izquierda, recordándola a esa muchacha todo aquello que lleva años queriendo olvidar.

No puede esconderla. No eternamente.

El metro vuelve a detenerse. La joven despierta de su ensoñación y se dispone a bajar. Sus ojos se cruzan. Ojalá pudiera decir a esa chica todo lo que piensa. Que no pasa nada. Que no está sola. Que el pasado es un esbozo perfecto para poder escribir cada vez con más perfección la historia de nuestro futuro. Que hay que aprender, aprender de la experiencia. De nuestros errores y de nuestros aciertos. Que hay que querer nuestras cicatrices. Que hay que escucharlas, escuchar sus historias, que no hay que enterrar sus recuerdos. Que se deshaga de esa muñequera. Que luzca su imperfección con orgullo.

Sus ojos se cruzan e impera el silencio. Las puertas se cierran y la muchacha desaparece otra mañana más. Pero no pasa nada. Porque la volverá a ver al día siguiente. Y, por ende, podrá volver a seguir adelante un día más. «El mundo está lleno de personas como yo», se dice con una sonrisa.


Los rayos del sol nublan la vista de la joven al salir de la boca de metro. Una voz conocida llama su atención por la izquierda. Se besan.

-Siento llegar tarde.

-No te preocupes, sólo he estado esperando cinco minutos. ¿Vamos ya?

-Sí, por favor, que ya no soporto llevar la muñequera con el calor que hace.

-Es que no sé por qué te la pusiste en primer lugar.

-¡Porque es muy incómodo que me vaya bailando el reloj!

-¡Pues ajusta la correa!

-¡A eso vamos!

-¡Digo antes!

-Qué más da -extiende su mano izquierda. Sus dedos se estrelazan.

-Por cierto, ¿qué tal tienes la quemadura? ¿Te duele? -mira su muñeca.

-Qué va, está perfectamente. Pero me da que la cicatriz esta me va a durar un rato largo.

-Eso te pasa por no tener guantes para el horno.

La muchacha suspira. Recuerda algo.

-Por cierto, que no te lo conté, ayer me pasó algo muy gracioso.

-¿El qué?

-Una compañera de trabajo vio la llave que tengo colgada al cuello y empezó a ponerse muy filosófica. Me preguntaba por su significado, si me alentaba llevar conmigo una llave porque eso indicaba que tenía a mano la forma de abrir todas las puertas que encontrase a lo largo de mi vida.

-¿Y tú qué dijiste?

-Pues la verdad. Que muy bonito pero que no significa nada. Que es merchandising de un anime que me gusta y ya está.

-Madre mía. A la gente le encanta montarse películas.

Ríen.