Lo cocinaron.

Basado en una historia cruel y real.

Desde pequeña, como todos los niños, tuve una fascinación con los animales más los que eran pequeños y esponjosos, me parecían la cosa más tierna y solo podía pensar en abrazarlos todo el tiempo, así como Elvira de los looney tunes solo que sin tanta agresividad.

Recuerdo que cuando tenía como cuatro años, durante unas vacaciones en casa de mis abuelos, mi papá me compró unos pollitos y un conejo. Los pollitos no lograron sobrevivir porque en la casa de mis abuelos hacía mucho frío y se murieron, pobres pollitos. El conejo lo logró, yo me la pasaba abrazándolo, viendo como movía sus bigotes y como saltaba por todo el jardín. Evidentemente no me podía quedar para toda la vida con mis abuelos porque las vacaciones no eran eternas (ojalá lo hubieran sido porque yo me divertía muchísimo) y llegó el momento de decidir cual iba a ser la nueva residencia del conejo porque en mi departamento no podía vivir por lo chiquito y porque por si no lo saben los conejos son medio apestosos y necesitan bastante ventilación.

Lloré, hice drama, llore más y más porque no quería dejar a mi conejo en casa de mis abuelos, mis papás me dijeron que pensarían en algo que hacer pero que por lo pronto el conejo se tenía que quedar. Un par días después a mi papá se le ocurrió que tal vez el conejo podría vivir en mi kinder y fue a hablar con la directora para gestionar los permisos necesarios. La diectora dijo que si, que no tenía problema de que se quedara en su jaula en el patio y que así podíamos jugar con Mr. Esponjoso en el recreo.

Era la Ana más feliz de todas las Anas, me iba a poder llevar a mi conejo y lo mejor, mis amigos y yo íbamos a poder jugar con Mr. Esponjoso todo el recreo. Las primeras semanas fueron increíbles, ansiábamos todos que fuera la hora del recreo, nos atragantábamos el lunch para poder salir corriendo y poder ver al conejito. Se hacía una fila inmensa para poder acariciar y apapachar al conejito. Yo lo sacaba de la jaula y lo ponía sobre mis piernas para que se quedara tranquilo, el conejito se acurrucaba y mis amigos y otros niños del kinder se acercaban a acariciarlo.

Todo era felicidad y todos éramos los más felices de tener y poder apapachar al conejito, todos los días mi mejor amiga (con la que escondí las llaves, sino saben quien píquenle acá ) antes de irme a mi casa pasaba a darle de comer al conejito y a ponerle agua y esperaba con ansias que fuera el día siguiente para poder ver a mi conejito.

La tragedia comenzó un lunes que al llegar la hora del recreo el conejito no estaba, el conejito no aparecía por ningún lado y obviamente no era la única llorando, más de medio kinder estaba llorando porque el conejito no estaba, lloramos y lloramos y lo único que nos dijo la directora es que el conejito se había escapado y que nadie sabía nada más. Ese día fue uno de los días más tristes de mi infancia, moría de tristeza porque mi conejito ya no estaba.

Pasó el tiempo y el conejito se me olvido porque pues no me quedo de otra y porque supongo que cuando eres niño se te olvidan más rápido las cosas. Hasta que un día que yo ya estaba más adolescente que niña mi papá me confesó que el conejito no se había escapada sino que la directora tenía un sobrino Chef y que un día que había ido por ella al kinder le dijo que estaría bueno cocinarlo. La directora hablo con mi papá porque el conejito causaba mucho revuelo y desmadre en los recreos y a mi papá se le hizo fácil decirle: ah claro, cocinen al conejo.

Y esa fue la cruel y horrible historia de como cocinaron a mi conejito. Creo que ese día que mi papá me confesó todo eso llore como nunca antes había llorado en toda mi corta vida.

Si un día cocinan una mascota que no sea suya, asegúrense de no confesarlo jamás, porque pueden romper corazones.

A.