De cómo empecé (de nuevo) a escribir con pluma fuente

Por Antonio Carlos Solórzano Santiago

Video que hice del Unboxing de mi pluma fuente. Suscríbete a mi canal de Vimeo.

Quito la tapa de mi pluma fuente. Es una Pilot Metropolitan negra que compré en diciembre del 2015. Es una pluma que me ha hecho disfrutar todavía más la escritura que antes. Durante toda mi vida he tenido una relación difícil con las plumas. Han estado presentes pues las cargo a todos lados junto con las libretas que traigo siempre para escribir lo que se me ocurre. Pero tenía la costumbre de perder todas las plumas, así que nunca reparé en comprar una pluma cara. Estaba convencido que era cuestión de tiempo en lo que mi pluma encontraría un dueño nuevo. En esta actitud tuve de todos los tipos: desde las más baratas marca Bic, pasando por las Zebra, las Azor y quién sabe cuántas más.


Cuando era adolescente mi madre me regaló una pluma fuente Parker, de color plateado. La pluma había pertenecido a mi abuela. No conocí a mi abuela pues falleció en los setentas. Crecí escuchando innumerables historias de ella, de su lucha por la independencia de Puerto Rico y de su amor por las letras. En particular su amor por las letras: pasión compartida a pesar de no habernos conocido.


Este amor por las letras se manifiesta tanto en el deseo constante de leer como en una necesidad de escribir. Mi madre me había contado cómo mi abuela se quedaba escribiendo hasta bien entrada la madrugada. Así que cuando recibí la pluma de mi abuela lo sentí como una herencia que, a través del simbolismo del objeto, nos unía. Pero, siendo completamente franco, he usado muy poco la pluma: por una parte por temor a perderla; por otra, por no acomodarme por completo a cómo escribe sobre el papel.


En diciembre del 2015 mi pareja se encontraba fuera del país, visitando a su familia. En esas fechas quería comprarle una pluma fuente, pues ella empezaría una nueva etapa, relacionada también con las letras, en su vida. Después de buscar en un par de tiendas en la Ciudad de México por fin encontré la que iba a regalarle: una Lamy azul metálico. Cuando estaba a punto de pagar la pluma y los cartuchos de repuesto, otra pluma llamó mi atención. Era una pluma color negro mate, con un detalle plateado.


Me acerqué a la vitrina para verla con mayor detenimiento. La silueta era curveada y era un poco más pequeña que la Lamy que había escogido como regalo. En letras pequeñas se leía la marca, Pilot. Y justo abajo de la marca, escrito en inglés, el país de origen, Japan. No lo pensé dos veces y la pedí junto con la otra. Unos minutos más tarde salí de la tienda con ambos regalos y sintiéndome satisfecho.


Envolví las dos plumas en papel para regalo. De alguna manera sé que en aquel momento todavía tenía miedo a escribir con pluma fuente. Como si escribir con una de ese tipo estuviera reservado para un tipo de escritura que yo me sentía incapaz de escribir. Pasaron los días y mi mujer regresó al país. Abrimos los regalos. A ella le encantó su pluma y yo abrí la mía. Por fin la tuve en mis manos. Sentí su peso específico, uno al que me he acostumbrado y que ahora extraño cuando escribo con alguna otra pluma. En ese momento supe que ya no había marcha atrás. No había pretexto para no escribir con esa pluma. Al día siguiente abrí una de mis libretas negras. Sentí la pluma en mis dedos y como quien se tira al agua, sin pensarlo mucho, empecé a escribir.


Un par de semanas después mientras estaba acostado en el diván en terapia, le dije a mi psicoanalista, ‘No sé por qué me tardé tanto en empezar a escribir con pluma fuente’. Proseguí a hablar de mi miedo a escribir con ese tipo de pluma, del simbolismo entrañado en ésta, del lenguaje volcándose en el papel, de no escribir con la pluma de mi abuela. Después me detuve a describir cómo se sentía la pluma en el papel: cómo trazaba y cómo iba colmando las hojas de mis libretas. Me di cuenta de que la descripción no era de cualquier pluma: era de mi pluma fuente.

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