De levantarse a las 5 am (casi)todos los días

Por Antonio Carlos Solórzano Santiago

En los últimos seis meses he estado levantándome a las 5 de la mañana de lunes a viernes. Tengo varias razones por las que hago esto. Durante muchos años no tuve una rutina cotidiana para despertarme. Todos los días me despertaba a una hora distinta. La constante en aquel escenario era de levantarme siempre con una sensación de letargo y pesadez, sin tener una claridad respecto de las cosas que quería hacer. Así que después de hablar infinidad de ocasiones en terapia de varios proyectos que quiero hacer y de hacer muy poco al respecto decidí tomar una decisión. Hice un recuento de las veces en mi vida en que mejor me había sentido y llegué a una serie de conclusiones. Entre ellas ir a dormir relativamente temprano todos los días para poder despertarme al día siguiente a la misma hora.


Levantarse diario a las 5 de la mañana no es cosa fácil, sobre todo si se tiene una rutina -o la falta de ésta- que lo haga más difícil de la cuenta. En mi caso despertarme a esa hora nunca fue el problema. Mas bien lo era acostarme temprano de manera tal que al día siguiente no me sintiera como piltrafa durante el resto del día si me levantaba a las 5 am. Con el tiempo se me ha hecho cada vez menos difícil. Me he dado cuenta de que muchas de las costumbres que se tienen a lo largo del día están relacionadas las unas con las otras. Pero no todo es perfección, qué hueva si lo fuera. Todavía hay días en los que me quedo unos minutos o una hora más en cama, buscando la manera de despegarme de ésta.


El proceso para acostumbrarme a esta nueva rutina se ha hecho más fácil teniendo una serie de actividades con las que me gusta empezar el día: meditar, escribir, preparar café, y hacer ejercicio. Cuando me levanto todo sigue a oscuras en el departamento. La temperatura de nuestra habitación se siente un poco fría porque el ventilador ha refrescado toda la noche. Bajo de la cama y siento el piso frío bajo la planta de mis pies. Después de ir al baño me enfilo hacia la sala y medito de 10 a 15 minutos. Es una actividad que empecé en la adolescencia y que se ha convertido en parte importante de mi vida, pues me permite estar presente. Las distracciones y, sobre todo, las preocupaciones, no siempre me permiten habitar el presente cuando es momento de hacerlo. La meditación me ayuda desde una perspectiva (pues no es panacea) a centrar mis conjugaciones temporales en el presente.


Cuando termino de meditar tomo un vaso de agua tibia con un limón exprimido. Después voy a la sala del departamento, prendo una luz indirecta y me siento en la pequeña mesa del comedor. Escojo algún disco que quiera escuchar ese día -generalmente uno instrumental- y me pongo mis audífonos. Una vez sentado escribo sin interrupciones durante 25 minutos. El proceso no tiene algo de extraordinario. Es mas bien un proceso que tiende a la repetición y la monotonía, y que echa raíces en la rutina. No obstante, me ha permitido avanzar bastante en mis proyectos de escritura durante los últimos meses. Aquellos de los que había hablado en terapia hasta el cansancio. Sentarme a escribir temprano se ha convertido en un proceso que, como la meditación, me permite estar presente, muy presente.


Cuando termino de escribir regreso a la cocina para preparar un café en una cafetera de espresso. La preparación se ha convertido en un ritual matutino. Lavar la cafetera, lavar la ollita en la que caliento la leche (es el único café que tomo con leche), sacar el café de la bolsa y oler los granos molidos. Escuchar la flama de la estufa mientras la prendo. Poner la cafetera y la ollita al fuego. Y percibir los cambios en los sonidos, en los olores, en las visiones conforme el café va colándose y la leche yendo al punto del hervor.


Cuando termino de preparar el café regreso al comedor. Dejo la taza humeante sobre la mesa y voy a la sala para hacer ejercicio. Caliento las articulaciones y después hago un par de minutos de ejercicio cardiovascular. Reviso una pequeña bitácora que tengo de ejercicio para saber qué rutina me toca esa mañana. Siempre divido los ejercicios por día y por parte superior e inferior del cuerpo. Algunos días hago ejercicios sólo con mi peso corporal (lagartijas, planchas, sentadillas); otros días los hago con un par de pesas que tengo. El tiempo total de la rutina es breve: va de los 15 a los 30 minutos, dependiendo a qué hora empiecen mis actividades fuera de casa.


Cuando termino de hacer ejercicio regreso a la mesa del comedor a revisar la temperatura del café. Para mi sorpresa casi siempre lo encuentro caliente. Le doy un primer sorbo y siento el líquido caliente llenarme el estómago. Imagino mis pupilas dilatándose justo después del primer trago. Pienso en el pasado, pienso en el futuro. Dentro de unos minutos vendrán las ocupaciones, las expectativas, las distracciones, el estrés y muchas cosas más. Pero esta mañana ya habité el presente.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.