Bella infancia: Mucho mar

El mar está dentro de un caracol.

Yo tengo un pequeñito mar que si lo pongo a mi oído ruge tiernamente “ghhh, ghhh” suena cuando lo acerco, poco a poco bajo el sol de la costa.

Lejos de mi mar, mi caracol y el sol estival, están los padres. Ellos tan ajenos, tan despegados de los secretos que el universo guarda entre sus granos de arena o sus corales. Yo tampoco los conozco, pero parece que sí ¿no? parece que si hablo conmigo él se despliega, abierto y dispuesto frente a mis ojos.

“Ghh, ghh, ghh” hace el mar para mí. Yo lo escucho con el caracol entre mis manos, poniendo mi oreja sobre él. La realidad es que me da miedo que el mar se caiga sobre los agujeros de mi oído y llegue a mi cabeza. No me imagino con la cabeza llena de agua y estrellas porosas, ese marecito haciendo olas pequeñas, revolviéndose. “Ghh, ghh, hace el mar”.

Siento la mirada, también. Pero intento sofocarla con el oleaje, caminando, creyendo que un sentido apaga otro, que un sentido extingue el otro. No hay razón para pensar que cosas tan abstractas como lo que vemos, como lo que sentimos, no sean lo suficientemente grandes como para llenarnos enteros, para reemplazarse. Esa mirada es muy fea y me llena de calor la cabeza, la mirada de los padres arde. Tal vez por eso me gusta escuchar el mar.

“Ghh, ghh, ghh”, mi marecito. “Ghh, ghh”, mi marejada.

Me quita el caracol de las manos. Me dice que entre a la habitación, que él y mi madre tienen horas llamándome y yo, como imbécil haciendo no sé qué cosas a la orilla de la playa. Le digo que me arde la espalda, que el sol aquí quema (que aquí hay soy), que tengo un mar, un marecito adentro del coral que hace ghh, ghh y que… no me escucha y me toma del cuello como a los perros de las vitrinas cuando vamos a verlos. Le repito que me arde la espalda, y para esto, también el cuello. Quiero llorar porque ya no está mi coral. Grito, la arena se va por todos lados cuando la pateo y es que ¿por qué quitarme mi mar, mi marejadilla, mi oceanito? Lloro porque me gustaba cómo sonaba, porque por un momento olvidé que me ardía la espalda o el cuello y que la mirada me llenaba de calor la frente y el pecho.

Soy un malcriado, según información reciente. No merezco un mar, ni un caracol, ni el sol sobre mi espalda.

Termino de llorar y el cielo ahora negro se apachurra contra mis ojos. Me arde la espalda, el cuello. Pero ya no hay mirada en la habitación del hotel que huele a muy limpio y muy ajeno.

Cuando mi madre llegó a untarme algo que quitaba el dolor de mi piel, lloré más y con más ganas porque ella me veía. Si nos ven no estamos solos. Le conté de la espalda y por qué lloraba antes y por qué lloro ahora con más fuerza y que no tenía más mar. Me sonríe, hace sus manos un cuenco que pone sobre mi oído. Al principio no oigo nada,

luego

¡ahí está!

El mar está dentro de mis manos. Yo tengo un pequeñito mar que si lo pongo a mi oído durante las noches largas, durante las miradas, ruge tiernamente “ghhh, ghhh, ghhh”.

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