Calor en la ciudad I

Qué bonito sentirse así, entero e inundado por mucho, mucho amor.

Con ojos casi muy grandes para la fineza de su rostro, miraba estúpido al rededor. Tenía un destello inverso, aquellos que no son radiantes sino que, de absorber la luz del lugar parecen tener una propia. Miraba a todos lados lo suficiente falto de inteligencia o rebeldía como para llamar la atención impúdica sobre sus gestos, sus pasos.

Poco de ello era fingido, puesto que el mundo para él era un pedazo de materia ardiente que intentaba quitarse con las manos a base de sueño y carajillos. Sin embargo no era que, como los menos sagaces, dudara de la bastedad del universo y sus secretos, sino que la idea de enfrentarse a ellos era por sí sola dolorosa.

Era así que bailaba, inflamado por el deseo de los ojos sobre su nuca, solo e hipnotizado, bañado de luces violetas, deslizando la mirada y la cabeza, siendo todo él un foro de inocencia perversa, mojándose los labios con la tierna lengua rosa.

Iban a dar las doce y el mundo seguía en trote. Pero él en el centro como un puñado de materia tierna para observar, una cosita frágil para besar sus pestañas y hacerle el amor.

A pesar de saber tan poco, tenía claro que con tanto encanto todos lo admiraban y solo debía seguir bailando. Ingrávido, lívido: Inútil pero (claro) hermoso grano de eternidad. Un muchacho sin lenguaje ni historia, huérfano de otra cosa que no fuesen ojos gigantes color miel y la estupidez que no temía mostrar como no se teme mostrar como gallardía ante la injusticia o pasión en el amor.

Por otro lado, afuera del lugar de luces moradas, la ciudad no había dejado de hervir a pesar de la hora. Los registros rompían los termómetros y era la peor sequía en décadas. La urbe ardía al punto del incendio: sus calles se revolvían entre el ardor del clima, a pesar de la falta del sol. Al otro día el mismo calor, el ingente calor, haría añicos incluso al asfalto. Todos lo sabían. El bochorno los aterraba y los condenaba a la noche y lo miraban a él con ardiente temperatura en el pecho. Adentro, todo también ardía.

Mientras tanto él bailaba como se baila cuando se tiene mucho que decir y pocas formas para saber cómo. Bailaba con un trago en la mano y apenas moviendo el cuerpo, fresco, como una pintura bailaría de tener más ardor, más energía.

Él quería sentir la frescura del cielo y de los mares sobre sus dedos, encarnándose a sus piernas que oscilaban entre la satisfacción y la eternidad. Quería él ser agua entre el calor de sus frases emitidas con picardía e intensidad al oído de extraños para pedir “Otro gin tonic”.

Un cuerpo sin culpa, un cuerpo abierto al deseo, al encanto, a la sicalipsis de un puñado de extraños observando cómo, de pronto, se había quedado solo en la pista, estúpido dentro de la música y lo fluído. Bailaba y el baile lo absolvía, el movimiento se aferraba a sus muslos para que todos pudieran verlo. Era una bocanada de aire fresco sufriendo de tan impoluto entre tanto nauseabundo calor.

Fue entonces como uno de aquellos hombres se acercó seguro, para tomarlo de la cintura y besarlo tímidamente. Una cosita frágil a la cual hacerle el amor. Aquel beso era por él mismo una promesa de admiración y de celos y de saciedad. Era un beso refrescante con labios nóveles que sabían hacer poco más que besar sin pensar adónde se va después de que el calor pasa. Era beber.

Afuera, el calor se hacía más feroz. Adentro, por otro lado, todos creían dejar de sudar. Adentro estaba él.

Bailaba, prendado de la boca saludable de aquel extraño. Parecía que se pedían, por momentos, quedarse por siempre en las estrías de sus labios, donde habían brotado lagunas y lágrimas, donde había babeado de pequeños o al dormir. El hombre le pidió que no se fuera mientras libaba su lengua.

Entonces llegó alguien más. Parecía lo más natural: Una manada de leones bebiendo del estanque. Es como llegó el tercero. Todos besaban, festival de erotismo tierno entre los labios, después con lenguas, con fuegos, con codicias, con la aguerrida necesidad de transmitir algo más allá del deseo, de la saciedad, más allá del hoy, que abarcara todas las esquinas de la pasión o del desenfreno.

Luces moradas, él seguía, entre besos, bailando.

Entonces un cuarto besador, cubriendo cada flanco.

Y es que afuera…. ¡qué calor hacía! Y adentro, qué frescura su beso.

Y un quinto haciéndose lugar con la lengua, los dedos gordos, los brazos tatuados.

Y entonces un sexto con ojos azules, pelo negro.

Y una mordida. Después varias risas como si se propagara la sarna.

Él seguía bailando, pero algo en la música se volvía más profundo, más loco, más intenso, más. Dos mordidas a sus labios. Él intentaba escabullirse entre la multitud que lo miraba como si fuera una brisa fresca, tundra, desierto blanco. Al menos doce manos lo mantenían a la fuerza en el centro. El lenguaje no era suficiente, ni de sus palabra ni de su cuerpo. Se sumergía, sin quererlo, entre las manos, entre dolor, entre los tonos y las luces. Perdiéndose, encontrándose entre más deseo y más calor.

Y afuera ¡Qué calor hacía!

Después una colección de violencia y de agua: La piel, el rechazo ignorado, los gritos, las manos que se aferraban a una huida, el placer, el dolor, el súbito y férreo miedo de no poder contar las veces que el cuerpo ha cedido por puro terror. Tantas manos que hasta el que tiene el color más bajo, el instinto más escondido, se une.

Él, sin quererlo ahora, sigue bailando pero en automático, entre el desgarre y el ardor.

Y luego más mordidas. Y más profundas. Y luego la carne cede y luego ya no hay casi piel sobre los labios rotos y sangrantes. Pero queda el resto del cuerpo. Y hay mordidas sobre el abdomen y las pantorrillas. Qué placer, qué frescura aquel diluvio escarlata entre sus costillas. La carne sabía bien sobre las mandíbulas de todos, como pedacitos, como bocados de frescura dentro de un mal mayor que era el cielo ardiente de la ciudad. Cuando la boca no fue suficiente, sirviéronse todos los presentes de las manos para poder arrancar aquí un pulmón, allá un ojo.

Sin culpa.

Eso es lo que distingue a las ciudades de los pueblos: Uno puede hacer lo que le venga en gana y, de nuevo, regresar la siguiente semana, para, tal vez, ver a alguien bailar.

Saciados todos, dejan el lugar. De pronto, lo admitirán a sus amigos o familiares o hijos, ya no hace tanto calor en la ciudad.

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