Cualquiera puede quemar las naves

Cualquiera puede quemar las naves. Son estructuras enormes (viajabas en ellas hace poco ¿recuerdas?) y, por lo que me han contado, se consumen rápido cuando existe la flamígera intención de hacerlas arder. Decir adiós, por ejemplo, es una buena forma de empezar el proceso de quema, pretender fulminar las mentadas naves involucra, por muy obvio que suene, tener el corazón entre los dedos y hacerlo arder un poco también a él, así como las uñas, las yemas y/o los vellos en los nudillos (si se tienen).

Quemar las naves es hacerse daño, pero no por ello se vuelve un acto de exagerada dificultad. Atarse las agujetas también roza y a veces lacera la piel que cubre las falanges y lo hacemos todos los días, lo mismo fumar un cigarro, rasurarse rápidamente antes de salir al trabajo… en fin, quemar las naves puede traer efectos secundarios sobre la salud corporal, pero como las aspirinas, casi siempre es enteramente inocuo.

Lo difícil, porque claro que debía de haber algo difícil, son los aditamentos frecuentemente utilizados junto con las ya famosas naves. Cualquiera que pretenda quemar las estructuras de las que estamos hablando (porque cualquiera puede, como se dijo desde el título) verá su intento escueto e incompleto a no ser que se encargue del trabajo que involucran los enseres. Me explico: Imaginemos que quemar las naves es demoler un edificio. Yo he visto rascacielos caer en cuestión de minutos pero ¿quién recoge los vidrios en el suelo, quién saca la basura, quién recicla el caucho, el cobre, quién barre (con lo mucho que odio barrer) los escombros? Quemar es sencillo, pero hay que atender a los detalles.

Hay que enfrentarse y lo lamento, si la piromanía está gestándose en calidad de deseo impostergable, a estos detalles: Encender los remos cada vez que alguien murmura su nombre en la calle o sobre la mesa, cuando se escapan las sílabas de los labios pertenecientes a cualquier desconocido, en el trabajo, en la tienda; reducir a cenizas las cañas de pescar (si es que las había) y evitar entonces canciones; rechazar la súbita elevación de temperatura en la sangre cuando se unen acordes que llevan su rostro, en especial si se trata de blues del bueno; hay que fundir las anclas (porque éstas no se queman) y entonces habría que mutar su voz en un registro sonoro volátil, transmutar su recuerdo a un microsegundo irrelevante del universo, comprender la sensación de sus labios como una muestra aislada de sentimiento casi cultural; hay que envolver en fuego las veces que caminaron de la mano por la ciudad, las noches hombro con hombro, la temperatura seguida de un beso largo, las bromas de buena gana, las citas mirando el atardecer o viendo una película, los cambios del clima; hay que terminar con las brújulas, el tiempo, el miedo a estar solo, la desesperación, los gritos, las lágrimas…

Quemar las naves es sencillo y cualquiera puede hacerlo, pero la navegación lleva muchos años de desarrollo como para poder incendiarse entera así como así y por un capricho de quien desea olvidar o dejar de volver la cabeza solo para mirar una nave ahí sin ser chamuscada.

Aceptar la imposibilidad de una saludable nave debida y enteramente quemada es la primera parte.

La segunda, si es que el lector gusta de aventurarse a tales rincones, es considerar que hay naves resistentes al calor, seguramente de fábricas muy soberbias, íntimas y que sobreviven, según la presente definición, a la temperatura, al fuego y a cualquier intento de quema. Son estos últimos casos donde conviene más alejarse del fuego, del navegar y sobre todo, si nos ponemos estrictos, incluso del agua.

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