El clima limeño

“Algo se estrelló en el suelo”. Así comienza el poema que Óscar me envió el otro día, durante un almuerzo de negocios que se extendió demasiado en Larcomar.

Lo leí desde el celular todavía sudando discretamente con la corbata puesta. Lima tiene ese clima nublado que comienza a arder si te mueves mucho. Así, de pronto, la ciudad son ancianos por completo o son todo narices aguileñas, cuellos en V y pantorrillas apenas cubiertas por pantalones muy cortos, uno nunca sabe qué esperar de Lima la gris… Pero volviendo al poema, que es para lo que te escribo, amor, ¡qué poema! Duro, conciso, una joya de esas que nadie aprecia bien pero que saben que brillan como el “podría escribir los versos más tristes”, de ese tamaño. Con el tipo de tropos y ritmo que, sin saber por qué, se te quedan en la cabeza como un golpe de tequila (de pisco, si te pones regional), una luz arrojada adrede sobre los ojos.

Puto Óscar.

No lo busqué sino hasta días después, puesto que tu maravillosa editorial se propuso destruirme al mismo ritmo en el que sus ventas caían, al igual que mi salud. Por cierto, ya están arriba de nuevo pero yo no puedo estar hecho un manojo más grande de nervios o de nauseas. Encima viviendo en Lima, respirando agua. ¡Ay, las cosas que hago por ti! Crecer tu imperio (que espero pronto sea tanto tuyo como mío, me lo dice el anillo), mudarme al sur, soportar a tus escritores, a tus amantes; uno hace todo por amor pero hace absolutamente todo por dinero. Menos mal que, en esto que tenemos, nos queda claro cómo se mueve el universo.

Vuelvo al poema: Él no respondió a mi elegante y a la vez misterioso mensaje

(“esto es brutal. Tenemos que hablarlo porque esto, esto sí” Decía mi whatsapp).

porque ese algo que se estrelló con el suelo, me enteraría después, resultó ser su cabeza y no solo se estrelló sino que se derramó por alguna calle sórdida de La Molina (no conoces Lima, pero imagínate que si es un terrible lugar para vivir, es uno peor para morirse). Vaya que era buen poeta, sagaz y luminoso, pero también era un muchacho atormentado que o necesitaba mucha atención o mucho cariño. Por supuesto que laborando por dieciocho horas al día yo no pude dar ninguno de los dos, si acaso me limité a leer sus poemas y decirle que no se narcotizara tanto. Sí, “tanto”, porque yo lo prefería ligeramente drogado o de otro modo comenzaba a llamar al celular y, dios mío, una férrea molestia al ver su nombre en la pantalla solo para atender y escucharlo llorar por horas, preguntando cuándo alguien lo vería en serio, cuando alguien lo publicaría.

¿Te sueno egoísta? Bueno, pues intenta trabajar tanto, tener tan pocos amigos y estar hasta la mierda de deudas. No soy egoísta, cariño, es solo que no tengo tiempo. No tengo tiempo de sentir. ¿Te sueno abyecto? Igual y no, porque no sabes qué significa abyecto, pero te aviso que si lo soy es exclusivamente por adolecer de espacio vital para ponerme más amable. Probablemente en dos años, tú y yo ya casados en Manchester y sin trabajar recuerde a Óscar, el muchacho casi de mi edad al que le fue diez veces peor y se murió (bueno, realmente lo mataron, detalles) y fue una lástima.

No sé.

-Óscar, no te van a publicar, compadre. No te van a publicar porque nadie te conoce y no te van a publicar no porque no seas un excelente poeta, sino porque eres un excelente poeta y ya nadie lee poesía. Además, como buen poeta no sabes escribir otra cosa. No es como que te pueda recomendar de copy en algún lado. — Le dije el otro día, en mi defensa mucho antes de leer su poema y con unas copas en algún bar de Barranco. Él me miró por un largo rato como si estuviera probando cada palabra y el trago le hubiera sabido, más que extraño, familiar. Asintió, pagué la cuenta y nos fuimos. Ese día casi me siento mal en el taxi hacia la cena con el embajador de Italia.

El niño era un pequeño adicto que se sabía talentoso y joven, cuya madre se quedó sin trabajo y que hacía trabajitos para mantenerse mientras pernoctaba en el sillón de su amigo. Yo era amable con él pero no condescendiente y además, creí, el muchacho en cuestión se tendría que enterar eventualmente de que sería mejor hacer algo de telemarketing porque no podía vivir siempre de la beneficencia y mucho menos (dios lo sabe, muchísimo menos) de la poesía. Resulta que un poco de condescendencia probablemente hubiera impedido que pretendiera estafar a un narcotraficante de poca monta peruano, quien terminó por defenestrarlo. Pero tampoco me lo voy a anotar como una pérdida personal porque adulto sí que era, porque tengo muchos números rojos en mi vida y además, ahora al menos dejará de llamar. Espero.

Y sobre todo, porque tenemos un poema que arde para asignar a la ridícula de Amalia, quien se muere por poner su nombre en algo y vende como la que más en todo el mundo de habla hispana.

Lo que quiero decirte con toda esta carta, cariño, es que he conocido gente interesante en este país y que ya el negocio está más estable, pero que estoy harto de los clichés aún cuando sí son excelentes poetas y sí se mueren a causa de sus demonios. Quiero decirte también que todo marcha viento en popa (excepto el detallito de tu amigo derramado en La Molina, pues) y veo nuestra boda enorme y mi habitación de Inglaterra aún más. Pero sobre todo que este clima limeño… qué insoportable que es.

Cariño,

León.