El novio brasileño
Una vez cada cierto tiempo, si el año es bisiesto y el clima óptimo, me doy a la tarea de desempolvar el cofre donde cumplen sentencia varios objetos que engranan instantáneas del pasado. Tomo los objetos uno a uno y, con mucho cuidado de no rasgar los recuerdos, los pongo delante de mis ojos. Están por ahí los boletos del tren de Berlín a Praga donde perdí a Salvador para vagar ebrio por el puente de Carlos; un billete de valor solo reconocido en Argentina, la cajita musical que huele a casa de la abuela… ya captan la idea. Lo que voy a contar es que hallé entre un llavero y un mapa, la carta que D. me escribió antes de tomar el avión de vuelta a casa.
Lo que me duele de Brasil es que no voy a volver a verte [corregí su ortografía], comienza. En cuanto mi cerebro procesó la primera línea, las propiedades físicas del papel, del sobre y de la tinta se alteraron hasta la toxicidad. La carta comenzó a pesar como un tabique, la carta se alternaba entre la pesadez de los materiales y la carta asumía una ligereza propia de la sorpresa… La carta me recordó a D. y con él la tarde empezó a hablar: Guardé el tipo de silencio que se guarda con la pérdida o la nostalgia, ya saben, esos silencios prolongados hechos de cristal.
El recordar ex amantes no es poesía, es el efecto de la intoxicación.
Sonaba un viento cansado lamiendo las paredes aún con rabia, fastidiado de llevar rostros de amores abortados y reacciones postergadas hasta su ocaso. El mismo viento que oíamos tirados sobre la cama individual de mi habitación francesa.
Quantas saudades de sol, menino. O algo así me dijo con esos tonos entre el cansancio y la verdadera necesidad de fotones. Llovía.
T’es bienvenu, quoi. Respondí en intención de demostrar que sí, en efecto no hacía calor afuera de la piel y que por dentro la historia era inversa. Y nuestros ombligos se abrían al calor a fuerza de dunas ardientes de cariño.
(viajera de corazón de pájaro negro
tuya es la soledad a medianoche
tuyos los animales sabios que pueblan tu sueño
en espera de la palabra antigua tuyo el amor y su sonido a viento roto.
A. Pizarnik)
Recordarnos a D. y a mí es un viaje meramente sensorial: Frío en las manos, el firme suelo sin zapatos en el medio de la Ópera, el algodón: desabotonaba su camisa, murmullos en portuñol antes del sol de mañana, beber hasta invocar una espesa niebla que cobijaba los ojos, la talla de sus zapatos, mis mejillas raspando vellos incipientes en barba ajena, sabor a saliva y vino barato.
Amar es cegarse ante el mañana. Recordar es cuando no nos cegamos a saber (solo se sabe con los ojos) que no nos queríamos tanto como para retar a los hilos del destino guiando nuestras ganas de decir adiós en el aeropuerto en medio de un abrazo, pero lo suficiente como para escribirnos cartas cargadas de decepciones por los kilómetros, plagadas de promesas que teníamos muchas ganas de hacer a sabiendas de que no serían cumplidas. Ay, D. y yo sentimos lo más cercano a querer querernos en medio de una cama individual, mientras llovía. Y a eso le llamo casi amor, miopía.
Después de unos años uno recuenta los afectos que se quedan como una canción infecta dentro de la cabeza, condenados a repetirse con el mismo ritmo pero no la misma claridad durante los días soleados, cuando los volcanes se ven a través del polvo o la muerte. Después de unos años, a uno se le ocurre abrir el cofre donde tiene los boletos, las llaves de parajes desconocidos, los secretos y las cartas para desbaratar recuerdos a base de roces. Se llama erosión y pasa hasta en las mejores montañas.
Me gusta cuando llegan estos días, de año bisiesto y clima óptimo. Son días como estos en los que se deshacen las rocas, donde se crean los mares y son días así en los que por fin se comienza a ver el mar.