#SerRubioEnProvincia : El trabajo y las cosas

Hace cinco meses me contrataron, básicamente, para escribir cositas y es lo que hago. Pero lo realmente fundamental en el relato se trata del trayecto que recorro para poder realizarlo.

*Raúl mira atento a una pantalla tras sus lentes de pasta y su chongo. Dirección: 245 E. 73rd Street, Upper East Side, los envidiosos dirán que es la Guadalupe INN. Soundtrack: Gossip-Girl-Opening Theme*

Es así como llegamos a el episodio de esta semana donde habría que especificar, también, que estas cositas que les mencioné que escribo son documentos corporativos: folletos de cómo se anexa una empresa pequeñita a otra que se la comió (hola, capital, tanto tiempo), invitaciones a eventos de ventas, guiones de videos corporativos y muchas otras divertidas “cositas” más. Está de más decir que el rubro dista mucho de escribir sobre la última novela de Kundera (a quien nadie le ha avisado tampoco que ya se murió), así que al principio pensé que me costaría.

Hay que recordar el ya afamado “#SerRubioEnProvincia: Raúl dice NO” donde Raúl (a.k.a. yo, a.k.a. “Estás bien güey”) detestó todo lo relacionado a las corporaciones y sus contenidos. Pero, irónicamente, en esta ocasión no me siento en lado equivocado de la historia, ya que o me lavaron mucho la cabeza o bien, la comunicación corporativa puede alinear la estrategiadenegociosdeunaemprzzzzzzzzz, y también da información relevante, entretenida y de apapacho a los trabajadores de los que se vale la economía de nuestro país.

Pa’acabar pronto: mi chamba es hacer que la chamba de otros sea más ligera o interesante a través de varias otras “cositas” como revistas, cómics, una puta escultura en medio de un patio (esto es súper neta) pero sobre todo en entregas bien concisas a las que les he tomado el gusto: ¿Han intentado hacer que la creación de una taparrosca sea, aunque sea ligeramente, interesante? Yo también. Ojalá alguno de ustedes un día sí lo logre del todo y me diga sus sucios secretos. Igual sigo intentando porque, como se estipuló desde el inicio, para eso me pagan.

Lo interesantes es trabajar con operarios. Esos empleados de fábricas que pasan diez horas al día con turnos rolados tocando la rebaba de las tapas, metiendo una parte del producto final en una máquina, sacándola, repitiendo, yendo a casa para, al otro día, volver a comenzar. Éstas personas que no tienen tiempo de compartirse memes y en las que pienso cada vez que creo que estoy a punto de decir que qué pesado día en la oficina con mi café y mi cojín de señora con los que vienen las sillas. Mi trabajo actual se enfoca en ellos, en compartirles qué hace ese lugar donde trabajan , qué servicios tienen, con qué derechos cuentan y cómo son importantes, que son muchas veces cuestiones que los dptos. de RH hacen súper súper bien al escribirlos en listados enormes que nadie lee.

Parte de esto es grabar videos, a veces para la gente misma o a veces para los clientes de la empresa. Aquí va cómo fue mi excursión-ejemplo-para-#SerRubioEnProvincia a la planta moldeadora de piezas de metal:

Ala de fundición: Oxígeno ahogándose por el olor a metal quemado, entre la nata de polvo y humo hecha por el mismo material. A manera de decoración o advertencia, alrededor de cada máquina ganchos colgando, fierros sucios, sonido de vasijas de metal haciendo estruendo entre ellas, sonando como truenos en una tarde calma. A lo lejos, pero sin salir de la misma ala de producción, en el cuarto en penumbra, destellos del hierro derretido baja la moldeadora y ese destello iluminando mi cara intentando alejar la rebaba del proceso. Ahí, dentro de la fundición yo me sentí grande, importante, caray, hasta macho… antes de que el director de planta me pidiera salir de la operación porque “ya somos muchos”, cuando a ojos vistas la realidad fue que un muchacho de 169, 57 kilos (OK, 58 pero tengo talla 28 de pantalones desde los 15 y me aferraré a ella) y además, exageradamente torpe, ponía en riesgo su vida y las finanzas empresariales ahí adentro.

Todo quien me conoce sabe que si me corto la mano al partir un pan, ponerme en una fábrica con material hirviente derramándose por todos lados es una seria condena a la desfiguración y a que nadie me vuelva a amar nunca O también era posible que no estuviera aportando nada y sí que fuéramos muchos. Lo estoy diciendo sin llorar.

Experiencias como éstas las tengo cada quince días: A Torreón para grabar cómo se fabrican los quesos, a Cuernavaca para observar la producción de ¡1,200 tapas por minuto! (nos estamos devorando el planeta con cada coquita), a Celaya para la fundidora de la cual me echaron… Esa es la idea.

Llegando a la oficina nadie hizo mi trabajo (¿POOOR? #BerrincheMillennial) y las cosas de oficina me llegan hasta el cuello. Pero aún así no es tan pesado, incluso es bonito, incluso me gusta. Hay botitas de planta que me doblan la columna, hay tardes sin comer, hay aviones que tardan mucho y pierden maletas, hay viajes en carro con aire acondicionado terrible, pero también hay gente muy muy admirable, promesas y sobre todo algo más bonito que no dejo de repetir a todos: mi trabajo es hacer que el trabajo de todos sea más llevadero, menos estresante, ligeramente más humano … Mejor*, carajo. No es una revolución en toda regla y temo que aunque nosotros la empezáramos en serio no es nuestra generación quien la viviría. Es un simple paso medio cobarde que doy desde la comodidad de una oficina a diez minutos caminando de mi casa, pero me gusta creer que es algo y algo no tan malo. No me contradigan en esto, que he estado durmiendo muy bien.
*Mejor según estándares neoliberales.

Y si es así, si la narrativa de mi destino me trajo aquí por algo que sé más o menos hacer, pues pásenme las botitas de planta culeras, que estoy en este barco.

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