#SerRubioEnProvincia : Lo que perdimos en la mudanza.
En el transcurso de mi huída magistral de San Juan caí en cuenta de que mudarse es, encima de una acción entre alegre y melancólica, un ejercicio de honestidad con uno mismo (unx mismx, si nos ponemos mega inclusivos). Las cosas de las que uno se da cuenta entre tanto adiós, fíjense.
Sí, total que averigüé, gracias a mis finas habilidades de introspección (y excusas para no ordenar nada) que cambiarse de casa es aceptar que entre todo aquello que guardamos hay cosas que ya no corresponden con quienes somos: Nos cuestionamos en qué pensaban nuestros Yo del pasado al guardar la lucidora tacita del recuerdo de XV años o al comprar ese crop top (No comments). Sobre todo es tiempo de preguntarse, con cada maleta y cada foto impresa, si vamos a repasar su contenido pronto, si veremos las instantáneas del pasado o si los pantalones nos seguirán quedando.
Uno creería que entre tanto movimiento es natural ir puliendo las habilidades para hacer maletas, pero en mi caso puedo asegurar que no solamente me cuesta cada vez más despedirme, sino que me vuelvo un poquito peor en tal empresa: no entiendo de orden, ni de empaquetar pasados y siempre olvido cosas. A la fecha se me fueron dos pares de zapatos y los amantes de 4 calcetines que me seguiré poniendo aunque no sean iguales solo para que no se sientan inútiles, porque es una sensación horrible.
En estos momentos me gustaría ser más sencillo, una personita que va de casa en casa con medio libro y una cajita de ropa. Ya saben, pues, alguien práctico y transportable, casi un objeto de austeridad con pelito lacio. Pero la realidad es que mi deseo por siempre tenerlo todo y el alboroto de mi ensortijado cabello (creo firmemente en la personalidad capilar) me llevaron a almacenar una cajuela y media de cosas: Trapitos para limpiar los anteojos, pares de zapatos viejos, libros que leía a la mitad y muchas cosas de papelería…
MUCHAS
COSAS
DE
PAPELERÍA.
❤
Si creen que tengo sobre equipaje en el auto o el avión, deberían ver mi mundo interior. Es toda una suerte que la cantidad de maletas extra de éste último no las cobren en los viajes.
Dejar San Juan fue preguntarme si no vendría siendo momento ya de soltar (radicalmente distinto a dejar ir), darle un besito a mis libretas viejas antes de deshacerme de ellas, clasificar mi ropa en “no”, “¿pooor?”, “ok” y así empezar de casi cero. Preguntarme si no extraño el lugar (les adelanto que no, tanto quejarme del sitio para decir que lo extraño sería hasta grosero con usted, amable lector) o a la gente (otra historia, ciertamente). Huir fue interrogarme ¿a qué edad dejamos de desear tanto y comenzamos a enfocarnos? ¿A los cuantos años uno cesa de sorprenderse para comenzar a ubicarse en el mapa o a estacionarse a la primera en batería? ¿Cómo se hace un arroz decente que no sea de bolsita?
¿Por qué tiene eso que ver con hacer maletas?
Ay, que con la mudanza perdí mucho pero gané más, aunque sean dudas, que son muy útiles y no ocupan espacio físico en la mochila, cosa que siempre se agradece.
